Prado, un sueño hecho barrio

(Un paseo entre guayacanes, palacetes y leones sentados)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La diversidad arquitectónica, con caserones construidos según el “buen gusto” burgués, en tiempos en que la ciudad todavía asistía a las funciones del filme Bajo el cielo antioqueño (1925), cuyos fotogramas no alcanzaron a mostrar aspectos del que iba a ser el barrio más hermoso de Medellín, según las palabras de su fundador, Ricardo Olano, es una de las característica del bautizado en 1926 como barrio El Prado.

 

Prado se creó bajo los parámetros de la “ciudad-jardín” y, como el mismo Olano lo advirtió, la excentricidad de sus habitantes primigenios lo convirtió en una mezcla de ensoñación y realidad de asombro. Recorrer sus calles de dieciséis metros de ancho, con antejardines y una arborización que todavía recuerda lo dispuesto por su forjador, es toda una aventura sensorial. Ya veremos.

 

Un caminante podría seleccionar solo las formas de los ventanales, con maderas de caobas o comino crespo, hierro forjado, arcos y alas batientes o de una sola pieza, vitrales belgas y se daría un gusto visual, un banquete de dimensiones estéticas. Y si selecciona portones, ni hablar. Arqueados, rectangulares, inmensos, con aldabones en forma de cabeza de león o de diablo, algunos ya alterados por rejas espurias debido a los nuevos sobresaltos. Prado es curvilíneo, con ochavas, con torres y torrecillas, entejados españoles o ingleses, casas de dos y tres plantas, algunas como palacetes, otras como castillos medievales, y sin faltar la que se parece a un vapor de aquellos que navegaron con su alcurnia y músicas de trópico por el Río Grande de la Magdalena.

 

Hay chalets a la suiza y alguna casona que evoca arquitecturas escocesas. Todavía hay faroles que parecen tener aire de tango. O de calle parisina. El transeúnte, o, de otra manera, más una suerte de flâneur, o de caminante con criterio, descubrirá en las fachadas todas las características de lo republicano, de lo europeo, de algún vestigio colonial. Rosetones, cornisas, decoraciones con hojas del triunfo, de flores extrañas que evocan las de un libro de la catalana Mercé Rodoreda. Todo es posible en su geografía, hoy un poco venida a menos.

 

 

Prado, cuya primera calle (mejor dicho, carrera) fue la prolongación de la vieja Palacé, en cuya esquina con Darién se construyó la primera mansión (hoy metamorfoseada en la iglesia del Espíritu Santo, con un curazao rosado que puede ser el más grande de la ciudad), la de Joaquín Cano, es todavía una muestra de aquellas lujosas distinciones de los “ricos de Medellín”. Olano promovió la siembra de guayacanes amarillos y lilas, distribuidos estos por las calles; por las carreras los primeros. Y cadmios, para que las brisas del Pandeazúcar (con luna incluida) repartieran aromas por el barrio. Pimientos y carboneros completaron el jardín, que luego aumentó con los casco’evacas.

 

En el único barrio declarado patrimonio cultural de la ciudad usted puede encontrarse con la casa donde habitó uno de los ingenieros más preclaros de Antioquia, Juan de la Cruz Posada, cuya mansión todavía está en la esquina de Palacé con Belalcázar, en la que hoy (con el nombre de Casa Prado) está la sede de una empresa de moda femenina.

 

El barrio, delimitado por Popayán (carrera 50C, algunos lo prolongan hasta Neiva, 50D), San Martín (carrera 46), Cuba (calle 59) y Jorge Robledo (calle 65) creció con la columna vertebral de Palacé (carrera 50), con otras paralelas a ella, como Venezuela y Balboa. Tal vez la construcción más extraña del barrio es el Palacio Egipcio, diseñado por Nel Rodríguez para el optómetra y aficionado a la astronomía Fernando Estrada. Está en Sucre entre Cuba y Miranda.

 

Edificado a la manera de un palacete de Luxor (ciudad egipcia que está sobre las ruinas de Tebas), su dueño, un amante de la cultura y la historia de los faraones, lo bautizó como el Palacio Ineni (“princesa hereditaria de noble familia”). Columnas que representan papiros sin abrir, de granito rosado, pictogramas y jeroglíficos, un observatorio, reuniones de masonería en sus cuartos altos, patios centrales con salones alrededor, convirtieron la vivienda del fundador de la Óptica Santa Lucía, en la más curiosa de Prado. Hoy, sin embargo, está amenazando ruina.

 

Caminar por este barrio, de eclécticas arquitecturas, es hallar un poco de lo árabe en Casa Blanca (Balboa con Darién) y de castillos galeses, como la Casa Walsingham, en la esquina de Balboa con Jorge Robledo y diagonal a la mansión que habitó la señora Luz Castro de Gutiérrez, donde en otras calendas se realizaban los desfiles de Señorita Antioquia.

 

Prado, que aún conserva un alto valor ambiental, es, hoy, una mixtura de asilos de ancianos y conventos (hay veintidós), con sedes artísticas, corporaciones de salud y clínicas siquiátricas, oncológicas y pediátricas. Su único parque, el Olano, tiene dos ceibas y nuevos jardines. La casa de su fundador es hoy una sede de la Facultad de Educación de la Universidad de Antioquia, en Balboa con Jorge Robledo. Entrar en ella a través de un gigantesco portón a modo de arco, es recorrer un laberinto de dos enormes plantas.

 

Casi todo lo que en Prado se conserva es digno de verse. Narra historias. Transmite emociones. Hay leones sentados y buhardillas bohemias. Torreones y mansiones que parecen habitadas por antiguos fantasmas. Su añejo esplendor todavía brilla en muchos de sus caserones, a veces inverosímiles. Todavía sus frondosos árboles cosechan pájaros. Pasear por sus ámbitos es una experiencia de entrar en otro tiempo, el de los días en que las muy encopetadas familias de la élite medellinense erigieron el sector en una conjunción de exquisitez y comodidad. Y sigue siendo, pese a su decadencia, un “sueño hecho barrio”.

 

(A los noventa años de un histórico barrio digno de preservarse)

 

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Mansión de Prado, junto a la iglesia del Espíritu Santo, de la que se aprecia su cúpula. Fotos Carlos Spitaletta

 

 

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Epifanio o el perfume de la libertad

(Crónica con poeta de manicomio y un himno huracanado)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

A los que ejercimos la infancia en los albores de los sesentas, digo, en estos breñales de Antioquia, en particular en el Valle de Aburrá, tal vez nos marcaron en las escuelas públicas con himnos de altoparlante, como el inútil Canto a la Bandera que batía sus pliegues allá en Boyacá, y con la aberrante letra del Himno Nacional, que no es más feo porque no es más largo. También con el himno de Antioquia, con unos versos en los que no hay lugares comunes y es, me parece, sin caer en chauvinismos deleznables ni en regionalismos de pacotilla, uno de los más bellos cantos del mundo a la libertad.

 

Lo creó uno que, nacido en Yarumal (1838), vivió buena parte de su vida en un manicomio y cuando residió en Medellín, en la calle del Chumbimbo (hoy Maracaibo) se iba hasta la quebrada Santa Elena y, en sus orillas, ido, piantao, como el loco de un tango contemporáneo, le recitaba versos a las nereidas, náyades y otras ninfas que él veía en el exuberante entorno de ceibas y pedruscos.

 

El Canto del Antioqueño (nombre original del poema), con música del payanés Gonzalo Vidal, sonaba en las bocinas y al principio uno no entendía casi nada sobre selvas, excepto las que se apreciaban en las tiras cómicas de Tarzán, pero la palabra huracán sí era una manera, una metáfora, de la fuerza, aunque lo del hacha, más que la enunciación de una herramienta, era un modo de recordarme a mi abuelo materno, que tenía varias en su finca de Rionegro y con ellas astillaba troncos y me hacía desear que, en cualquier momento de la faena, se llevara un pedazo de pierna. La crueldad infantil.

 

Por aquellas épocas el himno de Antioquia se mezclaba, en los salones de clase, con cánticos religiosos de vírgenes innumerables y uno muy profano que nos hizo desear el mar y los barcos de bandera negra con calavera y tibias cruzadas: “soy pirata y navego en los mares donde todos respetan mi voz…”. Todavía faltaba mucho tiempo para la aprobación de la absurda medida de poner en las emisoras, a las seis de la mañana y a las seis de la tarde, el himno de Oreste Sindici y Rafael Núñez. Y de hacerlo sonar en los estadios, antes de los partidos de fútbol.

 

Uno sabe que la patria no es un himno ni un escudo ni una bandera ni un presidente y menos una selección futbolera. Tal vez la patria sea solo la infancia, tan redicho por poetas de ayer y hoy. O la casa. O la calle en que se descubrieron los primeros asombros. Bueno, y de pronto hasta la escuelita, como aquella de Bello en la que hacían sonar himnos y músicas patrioteras. No sé por qué el ingeniado por Epifanio siempre me gustó, aunque al comienzo no entendiera mucho aquello de “llevo el hierro entre las manos porque en el cuello me pesa”.

 

Después, al final de la escuela, y para seguir con Epifanio, nos aprendimos dos de sus poemas, que, si vamos a ser justos, son poco poéticos: La muerte del novillo y La historia de una tórtola. En cambio, en casa, y sin saber quizá que era una composición del nacido en las faldas yarumaleñas, mamá decía en momentos de efervescencia familiar: “Todos estamos locos, grita la loca / ¡qué verdad tan amarga dice su boca!”.

 

Pasados los días, y ya no sé cuándo, en algunas clases se hablaba de Epifanio, como un orate, un desquiciado, que nos había legado unas hermosas palabras que ensalzaban la libertad. No sé ya cuál profesor nos refirió del encerramiento del poeta en el manicomio de Bermejal, y se llegó a decir que, a orillas del río Medellín, de seguro límpido y vivo entonces, el vate se quedaba extasiado viendo correr el agua, y tal vez pudo pensar cosas como Heráclito, quién sabe, y tornaba a mirar con sus ojos volados los cuerpos etéreos de las míticas muchachas de la corriente infinita.

 

Al escritor Mario Escobar Velásquez le escuché decir alguna vez que, dándose a una tarea como de coleccionista, se puso a escuchar himnos de todas partes y llegó a la conclusión de que el más bello era el de Antioquia. Idea que había plasmado en un artículo sobre el poeta: “A Epifanio, digo, que prefería el hierro en las manos como espada o puñal o lanza no en el cuello, como cadena, acabaron encerrándolo en un manicomio, y en él pasó sin libertad treinta enormes y largos años”. O sea, allí, en esa suerte de prisión para enfermos mentales, se quedó sin viento, sin canto, sin hacha, sin huracán, sin los perfumes de la libertad.

 

Digamos que las veintitrés estrofas del Himno Antioqueño, que no todo el mundo canta ni se sabe, son una oda a la libertad, a los seres libres, a la resistencia frente a la tiranía y la esclavitud. Publicado en 1868 en la revista El Oasis por el alucinado poeta que era amigo de sirenas y espíritus acuáticos, es, hoy, una representación de identidad que trasciende lo bucólico. Dije un día en Facebook que en todos los parques principales de cada pueblo de Antioquia (incluido el parque Berrío de Medellín) debía erigirse una estatua a Epifanio Mejía, y no faltó quién preguntara si se trataba de una broma o trastada de mi parte.

 

Y en este punto quiero recordar al Indio Uribe (al que Carrasquilla llamó “Petronio del prosal”), maestro de la lengua, fundador de El Correo Liberal, desterrado por Núñez, que en un discurso expresó sus admiraciones por Mejía, no sin antes aclarar que en Colombia se acostumbra “recibir lo forastero con proporciones de aumento y reducir lo propio a tamaño insignificante”:  “lo proclamamos (a Epifanio Mejía) el primero de los poetas sobrevivientes, como lo quiere el pueblo que ha recogido sus canciones, las mujeres que suspiran sus endechas, y por los fueros de su desgracia”.

 

Epifanio, el melancólico, el de los delirios, el cantor de montes y pájaros, se murió en 1913 (año del centenario de la Independencia de Antioquia). Tal vez su poema mayor, el de los vientos eternos, es aquel que en una escuela nos hizo comprender en qué consistía la libertad. Su voz, de poeta y loco, sigue sonando: “He tenido horas tristes / y placenteras horas: / por eso son mis versos / crepúsculos y auroras”.

 

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Poeta Epifanio Mejía

 

 

 

 

Jack London, el gran vagabundo

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Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. La agitada vida de un escritor

 

No hay ningún descubrimiento si digo que en tiempos de la aventurera adolescencia, en la que había fútbol y calle y charcos y cine, además de estudio en liceos, los escritores que nos llegaron para abrirnos la imaginación y las ganas de saber más, eran Poe, Verne, Salgari, Hesse, Edgar Rice Burroughs y uno que otro de aquellos que escribían westerns, como Marcial Lafuente Estefanía y Zane Grey. Sin embargo, con ellos, y en un lugar especial, estaba Jack London.

 

En un tiempo en que tenía mal recuerdo de perros bellanitas (uno, negro y lanudo, se llamaba Júpiter), que me habían mordido mientras corría por las calles de barrios como El Carmelo y Pénjamo, London nos introdujo en un mundo en que los canes, salvajes unos, domesticados, otros, eran parte de un universo literario que atravesaba la congelada Alaska o que, en otras latitudes, navegaba por los Mares del Sur y por la isla de Hawái. Cómo no decir que un impacto entre triste y maravillado era el que causaba la lectura de La llamada de la selva (me parece que debía ser El llamado de lo salvaje), sobre Buck, una mezcla de San Bernardo y de pastora escocesa, que tuvo un descomunal infortunio: tras estar muy contento en el valle de Santa Clara y en el mismo momento en que, en 1897, en la oscuridad del Ártico, unos hombres encontraron oro, la vida del perro cambiaría de modo radical.

 

No sé, digo, si London sea un escritor para adolescentes. Que no es, ni más faltaba, ningún pecado ni minusvalía. Me parece que, en muchos de sus cuentos y novelas, está tan bien retratada la condición humana, y las maneras de trascender los cambios repentinos de las acciones, que podría decir que es para todas las edades. Y sus aventuras, las diversas peripecias que introduce en su narrativa, con un hondo conocimiento de la geografía, los climas, las corrientes, el frío, los animales, como que además London es un escritor del siglo de la biología y el desarrollo de múltiples ciencias y disciplinas, el XIX, lo ubican en el pedestal de los que sabían de la naturaleza y del hombre. Conocía las teorías de Darwin y había leído, para desventura de patrones y esclavistas, el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, publicado en 1848, además de la filosofía de Nietzsche y Herbert Spencer.

 

No sé, vuelvo a decir, si London sea, como se ha escuchado en oscuros círculos, un “escritor menor”. O es que, por haber sido uno de los primeros bestseller del entonces joven siglo XX, y además, por haber sido un socialista,  un defensor de los derechos de los trabajadores, haya caído en desgracia de un sistema que no admite disidencias y ve con ojos de inquisición a los que luchan por la igualdad, la fraternidad y la riqueza para todos. Creo que era, por encima de todo, un escritor. Un hombre que hizo de su vida una novela. Un sujeto de acción. Con el conocimiento del mundo alimentó sus ficciones y cultivó su magín.

 

Entre sus escritos agitacionales y de carácter social, London se refirió a los vagabundos, a los esquiroles, a la guerra de clases y la necesidad de la revolución. Una de sus proclamas tuvo que ver con la obra La Jungla, de Upton Sinclair, una novela de denuncia sobre las horrendas condiciones de los trabajadores de Chicago: “Este es un libro que verdaderamente merece ser leído, un libro que puede quedar como un trozo de historia, al mismo nivel que la Cabaña del tío Tom… Es una Cabaña del tío Tom de los esclavos del salario”, escribió London.

 

Es probable que Colmillo blanco, en toda su belleza, sea una obra para jóvenes. O literatura de iniciación, que también le dicen. Lo que sí es más acertado es que estas obras citadas son para descubrirlas en la tierna juventud, lo que no sucedería, me parece, con El vagabundo de las estrellas, la historia de Darrell Standing, un condenado a muerte en una prisión californiana, que, a punta de imaginación y teorías sobre la reencarnación, es capaz de volar por encima de la prisión y viajar a otros ámbitos. El libro es un alegato de alcurnia contra la pena de muerte.

 

London, cronista y escritor, era hijo de un periodista y astrólogo ambulante y pendenciero que siempre renegó de él. Cuando nació, en 1876, en San Francisco, su mamá (Flora Wellman), una espiritista hipocondriaca,   abandonó al marido, que quién sabe qué clase de comportamientos destilaba, y más tarde se juntó en nupcias con un droguero de Oakland, de nombre John London, del cual el muchacho asumió el apellido con el que firmaría sus obras. A los quince años, Jack dejó la casa paterna y se enroló en un barco. Después sería soldado, estibador, marinero en un viaje a Japón, Corea y Siberia, buscador de oro en Alaska, pescador de ostras, empacador de conserverías, contrabandista, cazador de focas y, a los diecinueve años, militante socialista, de buena oratoria y agitador callejero.

 

En un momento en el que decidió convertirse en escritor, inició lecturas de Kipling, Sinclair Lewis, Upton Sinclair, Mark Twain y otros autores, además de leer crónicas periodísticas, de las cuales extraería varios de sus argumentos literarios. Y en su corta vida, apenas cuarenta años, logró la escritura de cincuenta títulos, entre ellos la obra autobiográfica Martín Edén (1909), que concibió y plasmó en su yate The Snark. Su existencia agitada, le alcanzó además para tomar miles de fotografías, beber hasta el delirio y ser en su tiempo el escritor mejor pagado, tanto en literatura como en periodismo.

 

Le rindió el tiempo a London. No es de poca monta escribir diecinueve novelas, dieciocho colecciones de cuentos y artículos, tres dramas, además de varios libros autobiográficos.

 

Como a otros escritores norteamericanos, de antes y después de él (como Hemingway, Dos Passos, Mailer, Joyce Carol Oates…), el boxeo le parecía un tema literario de abolengo. Cubrió combates y, en la ficción, dejó su Knock Out: tres historias de boxeo (Un buen bistec, El mexicano y El combate). Era, no hay duda, un creador disciplinado, que escribía más de seis horas al día, aunque estuviera bajo una tormenta o borracho.

 

  1. Cara de luna

 

London, ensayista, cronista, novelista, también dejó cuentos de antología, entre los que está Cara de luna, que, en parte, y lejanamente, se me parece a La vendetta, de Maupassant, en el que la mamá de un hombre muerto a traición diseña una venganza mediante una perra como asesina. Y, hacia adelante, a otro que el norteamericano no conoció, en cierta tonalidad de El jorobadito, de Roberto Arlt. Bueno, son pareceres y especulaciones. Lo importante es que, en un cuento, como el mencionado del inquieto escritor californiano, hay una exploración de cómo alguien le pueden entrar las ganas de matar porque sí, o porque determinado sujeto le “cae gordo”, porque no se lo aguanta, como acaece, digamos, en algún relato de Edgar Allan Poe.

 

Comienza con la descripción de una fisonomía en la que, en esencia, la cara de la víctima, del que no sabe que por su aspecto lo van a asesinar, es todo un trasunto de luna llena. El otro, el que se convertirá en victimario, odia a aquel que será presa de su animadversión extraña y caprichosa, de una “antipatía instintiva”.  De esa que surge a poca distancia, a simple vista. Y que no tiene explicación racional. Aunque, de a poquitos, como si contara gotas, va exponiendo motivos el narrador, en primera persona.

 

Le incomodaba, casi hasta el asco y la desesperación, que el otro fuera un optimista, risueño, alguien que todo lo encontraba bien, así no más. Le incomodaba la risa de Juan Claverhouse, así era el nombre, lo sacaba del planeta: “aquella risa, me irritaba, me enloquecía, me ponía furioso, fuera de mí…”. Sí,  le parecía, según dice, una risa estentórea, gargantuana, homérica. Una manera fastidiosa, una muestra de lo inaguantable, de lo que no se resiste.

 

El de la cara de luna y la risa insoportable tenía un perro, Marte, mezcla de mastín y galgo, un amigo inseparable de su dueño. Y el otro, el enemigo gratuito, le dio estricnina al pobre animal. Pero la risa de Juan continuó, y su visión optimista de las cosas. Nada cambió. Excepto su cara que, según el narrador, se parecía cada vez más a la luna llena.

 

Y como si fuera poco lo del envenenamiento del perro, le incendió trojes y granero. La risita, sin embargo, continuó. Qué hacer entonces, cómo deshacerse de esa cara lunática, de esa manera de ser del vecino, que ni siquiera respondía a los insultos que el narrador le hacía para ver si lo sacaba de casillas. Los planes funestos, traicioneros, malhadados, continuaron. El otro seguía imperturbable. Qué manera de ir tejiendo la tensión, de ir subiendo la intensidad del cuento. ¿Cómo acabar con un tipo cuya cara se parece a la luna llena y que ningún desastre parece alterarlo?

 

Y ahí, en ese punto, aparecerá una perrita de nombre Belona (como la diosa de la guerra, la esposa de Marte) y el asesinato, que nunca lo parecerá, comienza a urdirse de un modo en la que la inteligencia bien pudiera usarse para asuntos menos tenebrosos. Un cuento, como otros del autor de El pagano y La hoguera, con las palabras y las caracterizaciones medidas, con una capacidad para arrastrar al lector, para conmoverlo y llevarlo a reflexiones sobre la vida, la muerte y, en particular, sobre el crimen, pone en alto el talento de London.

No es fácil destacarse tanto en narraciones de largo aliento como en las de brevedades. London lo consigue en ambos territorios. Dejó cuentos y novelas para la posteridad.

 

London, el de los perros y los lobos, el de las nieves perpetuas, el conocedor del rio Yukón, el socialista y el todero, se murió una noche de noviembre tras calcular las dosis de morfina y atropina que lo llevaran hasta los lugares donde en átomos quedó para siempre el hombre de la cara de luna llena.

 

Al conocer el trágico final de London, declaró su amigo y también escritor Upton Sinclair: “Fue el verdadero rey de nuestros narradores de cuento, la estrella más brillante que pasó por nuestro cielo. Nos trajo la ofrenda más grande de genio y cerebro y es penosa la historia de lo que los Estados Unidos le hicieron”.

 

(En el centenario de la muerte de un venturoso imaginador, noviembre 22 de 2016)

 

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La Boa que yo conocí

(Un bar de bohemias ochenteras y un tanguero señor de la noche)

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Iván Zuluaga, dueño de la vieja Boa

 

Por Reinaldo Spitaletta

A principios de la década del ochenta, cuando frecuentaba más que todo La Arteria, un bar de la avenida La Playa de Medellín, conocí La Boa, de Iván Zuluaga, en la calle Maracaibo, entre El Palo y Girardot. Había en la pared una foto-afiche de una mujer añosa tocada con un pañuelo rojo, medio sonriente ella y creo tener la imagen de que le faltaban dientes. En una mesa estaba el poeta Alberto Escobar, el de Los sinónimos de la angustia, con otros contertulios, entre ellos Aldemar Betancur, jefe de relaciones públicas del Colombo Americano.

 

Yo era un reportero incipiente, que además escribía crónicas urbanas en un suplemento literario. Me parece que fui a dar a aquel lugar, no de noche, sino al atardecer, porque debía hablar con Betancur no sé sobre qué tema cultural del Colombo. Y esa, La Boa, era parte de su oficina. El dueño era un señor narigón, a veces seriote, pero, en otras, según las circunstancias, simpático. Lo primero que me dijo, tras saludar y presentarnos, fue que en aquel bar el escritor Manuel Mejía Vallejo, años atrás, había escrito parte de su novela Aire de tango.

 

No recuerdo qué era lo que Aldemar, un tipo de voz abaritonada, que escribía poemas y leía entonces libros de Cesare Pavese, como el de Lavorare Stanca (Aldemar lo pronunció en italiano) quería promover. No sé quién recitó entonces unos pocos versos de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos / esta muerte que nos acompaña / desde el alba a la noche, insomne, /sorda, como un viejo remordimiento / o un absurdo defecto…”.

 

En todo caso, días después, Aldemar me regaló un libro de Pavese, La playa, y tengo un confuso recuerdo en el aquel me está hablando de gaviotas ciegas. El asunto es que me comenzó a gustar La Boa, porque sentía un aire distinto, una especie de hermandad, conectada con las palabras y, como lo supe después, con el tango. Seguí yendo, a veces solo a tomar café en la tarde. Y de a poco su dueño y yo nos bordamos una amistad en la que, de por medio, estaba la voz de Roberto Goyeneche. Con Gabriel Restrepo, un escultor con el que solíamos practicar la bohemia en distintos bares de Medellín, nos volvimos asiduos de La Boa. Yo le llevaba, a veces, casetes con grabaciones del Polaco. En muchas ocasiones, encontré a Iván, la cabeza contra el mostrador, escuchando en un acto reverencial Naranjo en flor, La última curda o Niebla del Riachuelo. Creo que lloraba.

 

Por esos días, el mostrador estaba junto a la única ventana, que daba a la calle, y que era parte del bar. Después, Iván lo trasladó a la parte de atrás, cerca del único orinal, cubierto por una celosía de colgaduras cafés y negras. A veces, Gabriel y yo, junto con otros “patos” del Centro, íbamos primero a La Arteria, de Guillermo Suárez, y más tarde visitábamos La Boa, en la que muchas veces encontrábamos ebrio o a punto de una magnífica borrachera a su dueño, que era por lo demás un conversador agradable.

 

No sé cuándo, en una noche aguardentera, me habló de que, cuando estuvo de aventura en el Bajo Cauca, había fundado un pueblo, un caserío, y ponía voz de importancia y no sé si evocaba a viejos colonos de Antioquia o a antiguos conquistadores. “Lo bauticé Muribá”, me dijo y agregó que teníamos que ir por allá, donde además había dejado amores. Era, según sus coordenadas, cerca de Puerto Bélgica. Nunca fuimos.

 

Las noches de la Boa estaban atiborradas de Goyeneche y conversación. El paisaje de sus mesas, con sillas rústicas de madera gruesa, albergaba poetas y vagabundos. Que, en esencia, puede ser lo mismo. Iban escritores y tipos que posaban de saberlo todo. Sin embargo, que me haya tocado, nunca hubo un malentendido que hubiera terminado a puñetazos. Porque creo que a taburetazos, por lo pesado de ellos, era un imposible. Ah, claro, también iba uno que otro plomo. O tipo “pesado”. Gajes de bar. Y de la bohemia.

 

No era un bar de atracciones locativas. Paredes con uno que otro cuadro (por aquellos días no estaban ni Gardel ni Goyeneche; después, aparecieron en su decoración), y a veces algunos artistas colgaban allí muestras. Cuando yo iba solo, me sentaba al mostrador a conversar con Iván, y ahí iba armándose un círculo en torno a literaturas y la ciudad. Pasaba como en La Arteria: los circunstantes eran su mejor adorno, porque había palabras de un lado a otro. Y de vez en cuando, alguien tocaba la guitarra.

 

En aquellos ochentas, en que todavía no se había instaurado a fondo el terror mafioso en la ciudad, La Boa era una sede de poetas, de algunos nadaístas extemporáneos, de conversadores profesionales y por allí, claro, pasaba a cantarnos sus Spirituals el Negro Billy. Aldemar Betancur, que tuvo fama de tacañerías para el licor, a veces leía en su mesa poemas suyos o a recordar los tiempos en que iba a Lovaina, ya en decadencia, a buscar muchachas para que le oyeran su parla de voz de locutor.

 

Iván, en todo caso, era el alma de La Boa, con sus tangos e historias de desamores familiares y noviecitas adolescentes. Una de ellas, según nos contó cuando ya el hombre no podía con el alcohol ni con la vida, lo había “tumbado” no recuerdo ya en qué pueblo, dónde él le puso un almacén. Al final de sus días, dormía en el café, en el que armaba un cambuche junto al orinal.

 

En otras jornadas, iban ajedrecistas, como Fernando López, con el que, en ocasiones, a medianoche, él en la esquina de Girardot y yo enfrente de La Boa, nos desafiábamos: cada uno cantaba (gritaba) un tango, en turnos ininterrumpidos. Casi siempre, terminábamos a dúo con el vals Bajo un cielo de estrellas. Iván solo se reía, pensando quizá que estaba en presencia de dos orates.

 

Durante espaciados meses y años, me alejé de La Boa, pero cuando aparecía, Iván siempre tenía listo un abrazo y un trago de bienvenida. Y, por supuesto, los tangos de Goyeneche. A veces recordábamos los días de antes y su voz se entrecortaba con sollozos. Iván había envejecido, como la calle Maracaibo, como todos los que por allí fuimos asiduos. Y llegó la muerte y tuvo sus ojos, los ojos tristes del dueño de La Boa. Murió en septiembre de 2011.

 

Después (“¿qué importa del después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado…”) poco volví a La Boa. Supe que la ventanita de arrabal ya no está. Y que son otros los circunstantes. Pero la voz de un poeta vuelve siempre, abriendo memorias: “Oh querida esperanza, / también ese día sabremos nosotros / que eres la vida y eres la nada”

 

En diciembre de 2014, ya La Boa tenía otros dueños. Aquí, en la ventanita, con varios contertulios.

Los crisantemos: entre lo bello y lo triste

(El de John Steinbeck, un cuento con luz interior)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

John Steinbeck, un novelista de altos quilates, solo publicó un libro de cuentos, El largo Valle (The Long Valley, 1938), que primero se desgranó en revistas como Esquire, North American Review y Harper’s Magazine. En sus relatos, en los que, como en su mayoría de novelas, el nacido en Salinas, California, incluirá su valle natal como territorio geográfico (y literario) no solo físico sino mental de personajes y situaciones diversas, que oscilan entre granjeros y cosechas, esposas insatisfechas, braceros de ranchería, agitadores de revueltas sociales y ciudadanos domesticados, con los cuales pinta un fresco que, más que de materialidades y conocimiento del mundo real, se torna una metáfora de dosificada belleza y hondura sobre la condición humana.

 

Aventuraré en esta nota una hipótesis, arriesgada si se quiere, sobre el cuento Los crisantemos: es, en la vasta literatura estadounidense, uno de los más bellos, en que el escritor, que casi siempre abordará el mundo del afuera, que en su parcela literaria siempre tuvo que ver con piratas, leyendas artúricas, cosecheros en búsqueda de redención, guerras como la que pinta en su novela La luna se ha puesto, en fin, una obra de dimensiones colosales que le mereció, entre otros galardones, el Nobel de Literatura, digo que además de lo exterior, en este caso, con un personaje femenino como Elisa Allen, explora lo interior, con los símbolos y las inquietudes de una mujer que, así, de sopetón, tiene una como especie de epifanía.

 

Decir “uno de los más bellos” es ya un establecimiento de fronteras. Una aseveración peligrosa que puede excluir (también convocar) a tantos y tantos escritores, maestros del relato corto (y del largo), que vienen desde Poe, Hawthorne, Melville, O. Henry, Bierce, London, pasando por los de la Generación Perdida y llegando a Carver, Cheever y el nacionalizado Isaac Bashevis Singer. En un género moderno que los de ese país son los “inventores”, el cuento, es una osadía denominar a uno de ellos como una perla (valga el término en tratándose de Steinbeck) o un diamante.

 

Habría, por supuesto, que discutir y establecer qué es la belleza, y más en un cuento. O por qué uno se pone, casi que desde una óptica provocadora, a expresar que Los crisantemos es uno de los más bien logrados cuentos de la literatura de un país rico en literatura. Vamos al meollo del asunto. Muy discutible, por cierto. Porque, no es extraño, que a otro lector o especialista en tales disquisiciones literarias le parezca, digamos, que de los del autor de novelas como Las uvas de la ira y De ratones y hombres, sea más interesante (o gozar de más belleza) uno como La serpiente o Johnny el Oso. De acuerdo. Hasta razón puede tener. Pero lo que sucede y cómo sucede en Los Crisantemos, una pieza de sutilezas bien engarzadas, de conocimiento hondo de la naturaleza femenina, además de flores y ganados y granjas y carreros y hasta con la sugerencia de combates de boxeo, lo convierte en una creación de antología.

 

Como cosa rara, bueno, mejor dicho, como casi una inevitabilidad en este escritor, el cuento comienza con una descripción del Valle de Salinas, de carácter climático, pero con una conexión indispensable con lo que acontecerá. Y con la luz, una luz amarillenta que es la única que destaca en la grisitud melancólica del ambiente. El rancho de los Allen, con ganado, manzanos, unos compradores que visitan al dueño y con un jardín en que una mujer de treinta y cinco años se convertirá en ficha clave para expresar lo que sería una suerte de esplín, un descubrimiento, quizá tardío, de nuevas sensaciones corporales y del espíritu de una fémina que a veces tiene apariencia hombruna por sus indumentarias y movimientos.

 

La mujer va ingresando en el paisaje, se muestra su figura, su ropaje, la madurez y el entusiasmo en el manejo de las tijeras de jardín, en los cuidados de las flores, en su habilidad. Y de, pronto, como sin querer queriendo, en un segundo plano la condición femenina, de no ser solo una pieza más en la producción de la finca, sino una dama que requiere cuidados, que no solo está dedicada a una faena preciosa, con la que ella seguro disfruta, sino una esposa. Todo esto se va introduciendo con detalles escogidos, con una medida como de gotero, para que resulte un final intenso y pleno de simbolismos.

 

El lector recibe información precisa de aspectos del rancho: tractores, perros, gallinas, voces de visitantes, la voz de Henry, y así, de súbito, esta, la de su marido, que saca de concentración a la mujer. Y las palabras que, en el fondo, son un reproche porque ella, la de la “mano de jardinero”, milagrosa y eficiente, bien pudiera ayudar para que en vez de crisantemos de diez pulgadas los manzanos de la hacienda alcanzaran las dimensiones de las flores.

 

He ahí, en ese como cocotazo que el marido le da a su cónyuge, una cáscara en la que, más adelante, la mujer resbalará, pero no para caer, sino para tener otra visión de sus relaciones, del mundo que se reduce a un universo de hermosos crisantemos y a una vida sin más paisajes. Es una revelación la que va teniendo Elisa. Y que le ayudará, tal vez  sin conciencia suficiente de la situación, a combatir el aburrimiento. O, mejor, aquella sensación que los italianos denominan la noia y de la que ella no era del todo consciente.

 

Un suceso, en apariencia sin significados relevantes, una aparición en el rancho, cuando ella ya sabe que el marido, para celebrar una venta de reses, la convidará a la ciudad a cenar en un hotel y al cine, cambiará la existencia monótona, aunque feliz frente a sus flores, de la señora Allen. La presencia de un carromato de ballesta, tirado por un caballo y un burro, conducido por un hombre barbado, un reparador ambulante de herramientas y recipientes, le va a dar otra perspectiva del mundo a la mujer que a estas alturas del relato muestra energía y un carácter fuerte.

 

Los diálogos entre la señora Allen y el carretero, que además está acompañado por un perro desmirriado, son de alta precisión frente a lo que cada uno hace. El encuentro fortuito sirve para que ella muestre su pasión singular por los crisantemos, para que además, le crea con entusiasmo al buhonero que hay una vecina que quiere cultivarlos. Y, de contera, para que ella, con convicción, le diga que no hay nada para él en la finca, nada que arreglar. Por algo, el hombre se desvió de su ruta, por alguna razón está allí, en un rancho en el que la irritación de la mujer cambia cuando el forastero le pregunta “¿qué plantas son esas, señora?”. “Son crisantemos gigantes, blancos y amarillos”, le contesta ella y se inicia un estado de excitación sin límites, que va en crescendo desde que él visitante agregó a modo de interrogación que si esas flores son las que parecen una nube de humo coloreado.

 

Lo que sigue en el cuento es la demostración, de un lado, de la destreza del escritor para poner en escena a los dos personajes, con una conversación que sube en intensidad, y, del otro, la especie de metamorfosis que sufre Elisa, no solo gracias al amor que les tiene a los crisantemos, sino porque una aparición inesperada le ha cambiado la manera de ver y sentir el mundo. Y le ha conferido un conocimiento de ella misma, de su fortaleza, de su feminidad, de sus ganas de no ser más un agregado de la granja, solo la mujer de Henry y nada más.

 

Sin duda, el relato tiene símbolos bien dispuestos en la narración, unos conectados con la ruptura frente a un mundo que parece incambiable; otros, al sentimiento de una mujer-esposa, que siente que hasta esos momentos solo ha sido decorado, y para su marido una especie de mujer amachada, fortachona, sin otros atractivos, pero que, con metáforas boxísticas, descubre que es fuerte en lo sentimental y que hay otros ámbitos, otras emociones. Quizá a esa percepción novísima la conduce el haberse percatado con pesar de lo que el carretero hizo con los crisantemos que ella le sembró para la presunta vecina… Pero quizá ya sea un poco tarde, o eso parece representar el débil lagrimeo final de Elisa, su hallazgo sin consuelo de que tal vez su tiempo mejor ya pasó.

 

Los crisantemos destilan belleza, y dolor contenido, y un hondo conocimiento de los elementos que componen la interioridad de una mujer, que, en todo caso, sabe que por encima de todo le ha otorgado con creces su amor a las flores, que parecen importar poco al resto del mundo.

 

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“Elisa agachada a los pies del vendedor, rozando sus pantalones sucios, gastados por el polvo del camino. Elisa desnudándose a solas delante del espejo…”.

Que pase el aserrador: ¿el vivo vive del bobo?

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Por Reinaldo Spitaletta

En 1885, cuando el federalismo y la Constitución de Rionegro estaban en crisis, en particular por las andanzas y ánimos de centralismo del movimiento político de la Regeneración, liderado por Rafael Núñez, Antioquia se convertirá en un bastión para los intereses conservadores frente al desmoronamiento de los radicales. Entre los líderes godos del entonces nombrado Estado Soberano de Antioquia, parte de los Estados Unidos de Colombia, estaban, entre otros, Marceliano Vélez y destacados miembros de la familia de Mariano Ospina Rodríguez.

El radicalismo tenía su punta de lanza en Santander, y para 1885, el país estaba convulsionado. La guerra civil, en la que los radicales intentaban derrotar las aspiraciones centralistas de Núñez, estalló en el territorio nacional y en Antioquia se erigirá un escenario propicio para la confrontación. Los radicales van perdiendo terreno y un ejército de regeneradores marcha hacia el norte, entre ellos el general Juan N. Mateus, militar que sostendrá a su paso enfrentamientos desde el Cauca y Caldas, hasta llegar con sus huestes a Antioquia.

En este marco histórico, se desarrolla el cuento antológico de Jesús del Corral Que pase el aserrador, escrito en 1914, y erigido por la cultura como una representación sociológica y cultural del antioqueño entrón, avispado y que no se arredra ante los riesgos ni las dificultades.

A partir del primero de enero del 85, el presidente del Estado de Antioquia Luciano Restrepo declaró turbado el orden público y tras la toma de tal determinación los radicales de esta zona entraron en la guerra, en una disputa que involucra buena parte de la provincia. La complejidad de la conflagración no se nota, desde luego, en el cuento del escritor nacido en Santa Fe de Antioquia en 1871 y que, en su producción, no logró jamás ningún otra creación similar, de tal contextura y perfección literaria, cuyas cualidades lo han hecho figurar en las antologías del género en Colombia y erigido como un relato símbolo de aspectos clave de la llamada “antioqueñidad”, que es dicha condición la que Carrasquilla, el gran escritor de transición en esta parte del país, retrata  y radiografía con solvente profundidad y cuestionamientos a granel.

En aquella confrontación política, en armas, comienzan a destacarse figuras del talante de Rafael Uribe Uribe, Benigno Gutiérrez, Rafael Reyes, entre otros, aunque en el cuento, que no es tratado de guerra, sino esta condición como trasfondo, solo aparece Mateus, cuya campaña arrasadora avanzaba desde el sur y al cual se rendirán las tropas antioqueñas radicales.  El caso es que, Simón Pérez, mayordomo, el héroe del cuento de don Jesús, había sido reclutado y lo llevaban para la Costa por los llanos de Ayapel, de donde decidió, con un indio boyacense, tomar las de villadiego, es decir, desertar una noche en la que, ambos, estaban de centinelas. Y ahí, con esa circunstancia, es el inicio de un relato en el que la picaresca se combina con la malicia de un antioqueño que, para salvar la vida, y para no morirse de hambre, se ve obligado a decir, cuando llega a la mina y hacienda de un extranjero, el conde Nadal, que él es un aserrador.

El muy medido cuento, una joya del género, en el que hay diálogos, poca adjetivación, mucha acción y una capacidad de narrar y verbalizar el mundo de parte de Simón Pérez, el protagonista, es una muestra de escritura con sapiencia y genio. Y en los contenidos, de la conformación de una cultura, de una manera de ser que no es individual sino colectiva, o, al menos, una señal de comportamientos que, para ciertos analistas, podrían reñir con lo ético.

Simón, un tipo de pensar rápido, dotado de astucias y dueño de una natural capacidad para convencer a los otros, llega hasta la mina de Nadal, en el Nus, y sabe que si logra entrar, junto con el boyacense, será la única tabla de la salvación. En ese lugar, que puede tener lo que ahora se conoce como un fuero, no podrán detenerlo. Sabe que si lo apresan antes de entrar allí, lo conducirán al cepo y lo apalearán.

Cuatro días llevan los desertores en fuga, sin comer, con los pies maltratados por las espinas de las chontas, en medio del boscaje, y entonces Simón, que tenía noticias de la empresa que estaba fundando el conde, decidió orientarse con su compañero hacia esas coordenadas, siguiendo la orilla de una quebrada que él sabía que iba a desembocar al Nus. A los siete días de hambrunas y desesperanzas, encuentran la ansiada mina.

Y en este punto del relato, el lector sabrá de las audacias de Pérez y del apocamiento (o sinceramiento improductivo) del boyacense. El antioqueño acude a una mentira piadosa, rápida, convincente. Sí, él es aserrador, que es el único oficio en el que hay vacantes en la heredad, al tiempo que el indio boyacense se tupe, solo dice que él es peón. “¡Que pase el aserrador!”, expresa el encargado. Y uno entra; el otro, se queda. “No me dio tiempo de aleccionarlo”, contará después Simón al narrador.

Y, en el interior, en ese mundo que para Simón representa la salvación, el estar lejos de la guerra, el no caer en manos de los que lo pudieran enjuiciar por haber huido de una revuelta que no era suya, que de seguro no incluía sus intereses, el novísimo “aserrador” dialoga con el conde y comienza a mostrar sus vivezas. Un canchero. Un tipo despierto (otros dirán que se pasa de avispado), sin complejos. Sin ser aserrador (pero necesita que él otro crea que sí lo es) pide una paga ajustada a la de un “profesional”.

Después, en una especie de descanso porque es sábado y el hombre ya se ha alimentado hasta con cáscaras de plátano, que la hambruna era larga y tormentosa, el presunto aserrador va a mostrar sus dotes de juglaría, toca la guabina, alegra a la señora y los hijos del conde, se va convirtiendo en un ser querido por aquellos. Y a punta de tiple y trova llega al domingo con jalea de guayaba, galletas y jamón. Y todavía no ha trabajado nada.

Simón Pérez, como una suerte de Scheerezada masculina, se salva en rigor por las palabras, las músicas, porque cuenta relatos del folclor, de la tradición como Sebastián de las Gracias y el Tío Conejo. Porque, por su forma de ser, abierta y simpática, se gana el cariño de la familia del conde. Sí, es un mañoso. Pero, a la larga, aprende el oficio, tras una serie de peripecias y después de haber perdido dos dientes y quedado con “un ojo que parecía una berenjena”. Por atrevido.

¿Es ético el tal Simón? ¿A quién daña? ¿Comete alguna barbaridad? Sin duda, se trata de un hombre ventajoso, pero que en la faena no está por causar agresiones y ataques en los otros. Es un fresco, sí. Pero no se podría afirmar que es un delincuente. Ni siquiera un mal compañero. En la mina del extranjero se queda dos años como aserrador principal, con un sueldo de doce reales diarios “cuando los peones apenas ganaban cuatro”. Y como si fuera poco lo obtenido, además de haber aprendido el oficio, se casa con la sirvienta del conde.

Jesús del Corral, que pasó a la historia con la escritura de un cuento maestro, lo demás de su producción periodística y literaria se lo tragó el olvido, obtuvo la gracia esquiva de quedarse en la memoria de una región, de una cultura. Y su breve obra, de extraña perfección, ha dado para discusiones sobre el variopinto (y polémico) asunto de la “antioqueñidad”, de si el antioqueño es un avivato, o alguien que no se vara, o un arribista. O un simulador. ¿Da la personalidad y comportamiento de Simón Pérez para establecer cánones y formular hipótesis acerca de una compleja manera de ser como la de los que en Antioquia han nacido y crecido?

Se podría preguntar si mediante este cuento pudiera afirmarse, como se ha estilado en medio de guasonerías y charlas de café, que “el vivo vive del bobo… y el bobo, del trabajo”. Se podría enjuiciar, claro, a Simón por sus actitudes, y, después de deliberaciones y cotejos, saldría bien librado.

Que pase el aserrador es un cuento que, por lo demás, ha servido para que los que estudian las teorías sobre el género, tengan en uno como este, del autor que se dedicó más a los menesteres de la política que a los de la literatura, todas las características sobre componentes estructurales como la tensión, la intensidad, un conflicto o asunto único, y un final que es como un golpe en la mandíbula del lector. Su título y desarrollo, su técnica y forma, pero, en particular, su historia, dan como resultado una obra redonda, impecable.

La literatura tiene, entre otros, el poder de ofrecer las posibilidades de la polisemia, de las diversidades interpretativas. Y Que pase el aserrador es, en su extrema brevedad, en sus exactitudes verbales, un cuento trascendental, una clave para una hermenéutica de los antioqueños.

¡Ah!, y no está por demás agregar que, al acabarse la guerra civil de 1885, comenzaría casi de inmediato la hegemonía de los conservadores (1886-1930). Por aquellas calendas el cartagenero Rafael Núñez diría: “La Constitución de 1863 (la de Rionegro, Antioquia) ha dejado de existir”. Era el nacimiento de la todavía llamada República de Colombia.

 

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Muchacha de bar

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Muchacha de alunado rostro

mapamundi

en la mirada

va y viene sin regreso

entre vasos rotos

vino en el suelo

una mano

que acaricia el paso

irreversible

muchacha de tiempo muerto

caliente espalda

mano caliente

que se posa

en su solar

como un pájaro herido.

 

(Reinaldo Spitaletta)

De cómo un periódico convierte en asesina a Katharina Blum

 

(Una novela de tesis del escritor alemán Heinrich Böll, Nobel de Literatura 1972, sobre los peligros de la prensa sensacionalista)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La Guerra Fría, en los setentas, había alcanzado un punto cumbre de tensiones mundiales, de distribución del orbe entre las dos superpotencias de entonces (la gringa y la soviética) y de tira y afloje entre ellas. Alemania, donde desde 1961 se construyó el denominado “muro de la infamia” que separó a Berlín, estaba dividida entre la pronorteamericana y la promoscovita, en Federal y Democrática. La literatura de entonces, la misma que va a originar los libros de espionaje, tiene aspectos que dan cuenta de aquella situación.

 

La Alemania derrotada en la Segunda Guerra, tras la conflagración comienza a narrarse en su nueva manera de salir de los escombros y la literatura no es ajena a aquella reconstrucción. Un escritor como Heinrich Böll (Colonia,  1917-Langenbroich, 1985) va a ser parte de la generación de la Posguerra y al que se le concederá el Nobel en 1972. En ese año, en nuestra casa paterna, sita entonces en Copacabana, en un barrio de casitas uniformes y de amplios antejardines, pertenecientes a la parroquia, comenzaron a aparecer en la incipiente biblioteca familiar varias novelas de este autor: Opiniones de un payaso, Billar a las nueve y media, El pan de los años mozos y ¿Dónde estabas, Adán?, las que llevaba mi hermano Rodolfo, estudiante entonces de un liceo en la vecina población de Bello. Las leí con un entusiasmo de adolescencia a punto de acabarse y cuando, según la legislación de aquellos días, todavía me faltaban más de tres años para sacar la cédula de identidad (a los 21).

 

Años después, cuando ya era estudiante de la carrera de comunicación social-periodismo, en la Universidad de Antioquia, leí una obra del mismo autor, el Honor perdido de Katharina Blum, publicada en 1974. Me pareció por esos tiempos, muy apropiada para discutir en torno a la prensa amarilla, la mentira como lema de ciertos periódicos, pero, ante todo, porque había en su contenido una suerte de técnica, retomada, a propósito, de los diarios sensacionalistas, en particular del alemán Bilt-Zeitung, en el cual, sin duda, se basó el novelista para escribir su relato, al que él denominó años después como una “novela de tesis”.

 

Por esos mismos almanaques, eran muy mentados en el mundo los golpes de la banda terrorista de Alemania Federal, la Baader-Meinhof o Fracción del Ejército Rojo, con una manifiesta tendencia hacia lo que se llamaba el foquismo, una deplorable desviación (parte de la etiquetada como la enfermedad infantil del izquierdismo), según los marxistas clásicos, que le hacía más daño a la revolución proletaria que a la burguesía y el imperialismo.

 

Hoy, la lectura de El honor perdido de Katharina Blum puede ser, para lectores jóvenes, una suerte de “tour de force”, porque hay que acercarse a los contextos históricos, a ciertas condiciones sociales, a circunstancias específicas de las dos Alemanias existentes entonces. Y aun así, es una narración reveladora, fundamentada en hechos reales, que son tratados con rigor y documentación pertinente. Su autor, en el epílogo que adicionó diez años después de la publicación original, advierte que se trató de un panfleto “disfrazado de narración”,  con la salvedad, según Böll, de que este género, el panfleto, es parte de la “mejor tradición de Occidente”.

 

El escritor, un simpatizante de izquierda, apeló para su novela de tesis a la historia del macartismo y a las prácticas del anticomunismo que entonces eran una rutina en la Alemania capitalista y aunque la protagonista nada tenía que ver con política ni militancias, los métodos utilizados, en particular por un diario sensacionalista, sí estaban acordes con la tergiversación y calumnias, propias de aquellas formas políticas y en uso (bueno, creo que todavía en 2016) del amarillismo, como el del “Periódico”, que así nombra el autor a la publicación que va a acabar con el honor de una muchacha,  doméstica en casas de burgueses, que se enamora de un bandido,  Ludwig Götten, defraudador y desertor de las Bundeswehr (fuerzas armadas alemanas).

 

La obra maneja una hipótesis, que, además, le sirve de subtítulo: Cómo surge la violencia y adónde puede conducir. Y, pese a que en su tiempo se señaló al escritor de estar haciendo una novela de terroristas (nada que ver), es una narración casi a lo folletín, en la que una muchacha “delinque por amor”, y, sobre todo, cuando calumniada por un periódico, cambia toda su manera de ser y en plena época de carnaval asesina al periodista que le convirtió su vida más o menos apacible en un infierno.

 

El escritor, como si fuera un reportero o un historiador, maneja fuentes primarias y secundarias, las que cita desde el comienzo de su narración (que podría estar emparentada con el género de novela negra) y se basa en atestados policíacos y sumarios judiciales, y desde el principio, también, presenta disculpas por el uso de términos como “fuentes” y “fluir” que de hecho no “parecen compatible con el de composición literaria”, en la que, según el propio autor, habrá recursos de la ficción, y ficción misma, y se utilizará en el libro el mecanismo narrativo del dato escondido, amén de la pesquisa detectivesca. Lo que permite mantener al lector en vilo hasta el final.

 

Böll, un escritor que quizá hoy pocos leen (aventuro una hipótesis, cuya demostración no es parte de este breve ensayo), demuestra en la obra un dominio absoluto de personajes y situaciones, de datos y caracterizaciones, que hacen emparentar el texto, digo ahora, con un retrato no solo de los métodos de desecho y contra la ética (o antiética) que utilizan los medios de comunicación, no solo los sensacionalistas, sino con una radiografía histórica. Una panorámica de aquellos años de agitación mundial, de conflictos y disputas ideológicas de gran calado.

 

El asesinato de un periodista, bueno, tiene ese título de oficio, pero en la práctica no es más que un delincuente, un tergiversador de la realidad, una especie de “sicario moral” (término que hace años utilizó en Colombia un alto asesor del gobierno de Virgilio Barco contra un destacado periodista y columnista), que empaña y demuele la vida personal y social de algunas de sus fuentes, con la utilización de mentiras y sugerencias vulgares, digo que ese crimen cometido en las carnestolendas, es producto de una venganza inútil, asumida por Katharina, a quien el Periódico no solo enloda, sino que con sus reportajes falseados es causa de la muerte de la madre de Blum.

 

La novela es un tratado sobre pesquisas, seguimientos, transformaciones psicológicas y, más que todo, un cuestionamiento de alto nivel a un tipo de prensa dañina y abusiva. De Katharina Blum se sugiere, cuando no se dice en forma directa (y falsa) que es una prostituta, cuando en la práctica no lo es; una farsante aliada a grupos de izquierda, una mujer peligrosa para la sociedad, y así, con el uso de “inmundicias”, como en algún momento calificará las informaciones amañadas y calumniosas del Periódico la ofendida, se teje sobre la mujer de veintisiete años, divorciada, metódica e inteligente, una red que la conducirá a un desenlace fatal, sangriento.

 

En la novela, en la que desde el principio se sabe que Katharina ha asesinado a un periodista (asesinato que el Periódico despliega con grandes titulares, ediciones especiales, obituarios exagerados, “como si —en un mundo en el que se disparan tantos tiros—  el asesinato de un periodista fuera algo excepcional, más importante, por ejemplo, que el de un director, un empleado o un atracador de banco”, dice el narrador), se mantiene la tensión con la utilización de fragmentos de declaraciones, con hechos alrededor de Katharina, los defensores, los fiscales, los amigos de la acusada y las investigaciones alrededor de un crimen.

 

Entre tanto, el lector se va enterando cómo acaecieron los hechos, qué detalles (incluidos los disfraces del carnaval) hubo para que Katharina se trasformara en una delincuente y se derribara su mundo, en el que había conseguido un apartamento pequeño, un carro, algunas amistades en la clase alta (que el Periódico utilizará a su manera para irla catalogando como una bandida). Quizá una de los ángulos más asombrosos, y que causan náuseas, es el de la tergiversación de los hechos que el diario sensacionalista realiza para poner como un ser detestable y amenazante a Blum, sobre la que adulteran parte de su pasado familiar, la relación con sus padres, y llegan al límite injuriante de decir que la madre de ella murió cuando se enteró de lo que había pasado. La culpable, entonces, según la aberrante óptica del libelo, es Katharina.

 

El buen nombre de la muchacha sufre un severo enjuiciamiento social, las informaciones corrompidas la van aislando. La estigmatizan. Es, se dice, cómplice de un bandido, ayudó a su fuga, aprovechó su puesto en un apartamento de alta sociedad para facilitarle el escape. Y en pocos días, mejor dicho, en cuatro, ya es toda una antisocial dadas las características que los “periodistas” le atribuyen. Todo un montaje pervertido. Se trata del ejercicio de un periodismo venal y mentiroso, al que nada le importan los acontecimientos, sino, más que todo, la desinformación acerca de ellos. Katharina, en un callejón sin salida, está de boca en boca, por culpa de la vergonzosa prensa, que entre sus premisas tiene el cultivo pernicioso de la irresponsabilidad.

 

Pero a la joven no solo le esperaban más sustos, sino más desgracias, todas arraigadas en las páginas del nefasto Periódico. No era suficiente con que algún vecino la llamara para ofrecerle caricias con “palabras malsonantes”, sino que su buzón se llenara de cartas, una de las cuales, de un sex-shop, le ofrecía toda clase de artículos, y de tarjetas postales anónimas con ofertas de relaciones sexuales, en las que se le decía, además, “cerda comunista”, otras con insultos de intención política, que la señalaban de “pájara al servicio del Kremlin” e “intrigante roja”. También le mandaron recortes del Periódico, con apuntes marginales en tinta roja. Uno de ellos le advertía: “Lo que Stalin no logró, tampoco lo conseguirás tú”.

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La desesperación ante tanta infamia junta hizo presa en Katharina que de un momento a otro comienza a estrellar contra las paredes botellas de jerez y de whisky, de vino tinto y aguardiente de cerezas, además de envases de salsa, aceite, vinagre, lo mismo que en su baño acaba con polvos, cremas y sales. Es posible que estos eventos fueran sintomáticos del inicio de sus deseos de asesinar. Metida en un lío enorme, por estar acusada de proteger a un delincuente, en Katharina, y según se publican las informaciones del grosero pasquín, se van gestando las ganas de vengarse, de matar a quien ha destruido su vida.

 

El “periodista” Tötges, que entrevistó en el hospital a la mamá de Katharina, publicó en el periodicucho una nota en la que, tergiversando las palabras de la progenitora, la hace decir cosas contra su hija. Este nuevo ataque y la consecuente muerte de la señora Blum, hacen cambiar a Katharina sus modales y el respeto que tiene por la vida.

 

“La primera víctima segura de la misteriosa Katharina Blum, que todavía se encuentra en libertad, ha sido su propia madre, que no superó el shock sufrido al tener noticia de las actividades de su hija. Si ya es bastante raro que esta última bailara con entrañable ternura con un atracador y asesino, mientras su madre se estaba muriendo, el hecho de que este fallecimiento no le arrancara una sola lágrima ya limita con la perversidad”, dice un reporte del Periódico, que también continuará disparando calumnias y despropósitos contra la honra no solo de Katharina sino de sus patrones, defensores y aun del fallecido padre de la muchacha, muerto cuando ella tenía solo seis años.

 

Después, el lector sabrá cómo diseñó el plan de asesinar a Tötges, por qué Katharina sabía manejar armas, cómo en pleno carnaval cita a su casa al reportero tras no hallarlo en un lugar que él frecuentaba, pero después de dejarle la invitación a su casa para una entrevista, y cómo, al final de cuentas, sucede el desenlace. “Fui al bar de los periodistas solo para conocerle. Queria saber qué aspecto tiene un individuo así; cómo gesticula, cómo habla, bebe y baila el hombre que ha destrozado mi vida”, dice Katharina, en el clímax de la narración.

 

Böll, un novelista de largo aliento, consignó en este libro corto una crítica contra el poder y la prensa desvirtuada en sus orientaciones y contenidos. Contra aquellas publicaciones irresponsables, calumniosas y putrefactas que actúan con villanía y sin respeto por los derechos humanos. Ni por las fuentes ni por los lectores. Una auténtica inmundicia, que aún sobrevive en muchos países.  El honor perdido de Katharina Blum, es, se ha dicho, una novela de tesis, es decir, aquella que se crea para demostrar o ilustrar una teoría, una manera de ser de una ideología, o para suscitar un debate en torno a asuntos sociales, políticos o de otra índole. O a una injusticia. Del diario en cuestión, el novelista dice: “está tan empapado de mentira que incluso un hecho no falseado, viniendo de él, parecería falso. En pocas palabras: embrutece hasta la verdad cuando la recoge de forma ‘verídica’”.

 

Böll, en su posdata al epílogo, advierte que en la realidad el diario Bild se volvió un periódico oficial del gobierno alemán, con espacios generosos para los comunicados oficiales. Nada extrañas estas alianzas entre el poder (una inmundicia) y los periódicos, casi todos otra manera del asco y la náusea, como bien lo cantara, en una balada de los setentas, el cantante argentino Piero: “Y todos los días, y todos los días, los diarios publicaban porquerías…”. Ah, y parece que a muchos compradores de periódicos les gusta leer esas porquerías. El Bild sigue siendo uno de los más vendidos en Europa.

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Fotograma del filme El honor perdido de Katharina Blum, dirigido por Margarethe von Trotta y Volker Schlöndorff.

Guárdame las vacas y otras ubres

(Crónica con menciones a vihuelas, abuelos muertos y Luis Buñuel)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El campo me produce, desde siempre, una suerte de urticaria anímica, una sensación de vaciedad, como de estar lejos del brutal encanto de las calles, de parques y esquinas, que —digo ahora, tras tantos años— ir a la finca del único abuelo que conocí me originaba un desespero de agonía. Era una tierra extensa, con árboles nativos (sietecueros, carates, amarraboyos, encenillos, mortiños y no sé qué otras especies) y también coníferas. Había helechos y musgos y ladridos perrunos y, en especial, mugidos de vacas lecheras.

 

Digo que en esa heredad, sita en una vereda de Rionegro, Antioquia, llamada Abreíto, pasteaban unos cuantos vacunos que, en las madrugadas frías, el abuelo ordeñaba y a veces me hacía levantar en los días en que más deseaba quedarme dormido, los días de temperar en las vacaciones escolares de mediados y fin de año, para que observara la faena. No me llamaba la atención. Ni me gustaba la leche caliente, porque, en rigor, estaba acostumbrado a la pasteurizada que era, por aquellos tiempos, una dificultad comprar en las tiendas, en las que se formaban filas para el efecto.

 

Mi abuelo, que tenía nombre de protagonista de película (Marcelino), las llamaba en el día, con pitos de guadua o con una onomatopeya larga que me causaba cierta sonrisa de burla: “¡te, te, te, teeeee!”. Las vacas además tenían nombre: Sultana, Doncella, Dulcinea, Reina, Princesa, Mortiña y otros que ya son parte de la amnesia. Lo único que me gustaba de aquellos rumiantes era su olor dulce, inconfundible, olor azucarado que me disminuía mis repulsiones frente al campo, aquel lugar terrible, sí, home Oscar, irlandés querido, por donde los pollos se pasean crudos.

 

Y llegaban a abrevar en troncos ahuecados que a mí me daban la impresión de rústicas canoas en los que había sal y no sé qué otras sustancias. Entonces, el paisaje de las vacas con un fondo de verdores y cantos de pájaros, me parecía lo único atractivo, me comunicaba apacibilidad (digo hoy). Muchos años después, una periodista de la que nunca volví a saber nada, me dijo que las vacas deberían ser el símbolo de la paz, en vez de las palomas. Por aquellas jornadas, cuando ella me lo comunicó, acababa de pasar el asalto y posterior destrucción del Palacio de Justicia. Y, según ella, las palomas parecían gozar con las explosiones y los fuegos, en un vuelo de incomprensible celebración.

 

Pero no quiero desviarme. En realidad la intención que tengo de hablar de vacas, y no de las que Luis de Narváez, un vihuelista granadino del siglo XVI puso a sonar en la historia y que yo conocí la pieza en el conservatorio de la Universidad de Antioquia (Guárdame las vacas), surge porque en estos días recordé un paisaje urbano pleno de vaquería, en algunas calles de Bello. En uno de los primeros barrios por donde discurrió mi infancia, muy cerca de una acequia y de los “filtros” del perverso acueducto que tuvo aquella población de obreros, había vacas deambulando por aceras y calles sin asfaltar. Eran las de “doña Elena”, así las reconocía el vecindario. Pues bien, una de esas, que yo ya había fijado sus maneras de ser como pacíficas, revolcó a un mi hermano y si no es porque mamá y algunos vecinos llegan a tiempo para salvarlo, lo hubiera atravesado con la cornamenta. El pobrecillo quedó, en medio de llantos y gritos, con el vientre lleno de cardenales.

 

Digamos que más tarde, por otras calles de Bello, olorosas a algodón crudo, se armaban jaleos cuando algún novillo se escapaba del matadero y corría con desenfreno mientras la persecución de los “vaqueros” y de espontáneos manteros era toda una fiesta urbana, un ejercicio de algarabía y gozadera. Las vacas no hacían tal cosa. Eran y son más recatadas, creo.

 

En el escudo de Barranquilla, que tiene cañones y aguas del Río Grande de la Magdalena, debía estar la figura de una vaca, puesto que fueron esos cuadrúpedos de ubres colgantes las que la fundaron. Lo que sí es una sensación de viejas fotos de Medellín, es que en sus callejuelas, en distintos lugares, las vacas eran parte común del panorama. Ya bien metido el siglo XX, todavía en algunos sectores de la ciudad, en una especie de contradicción entre la ruralidad y lo urbano, entre el nuevo mundo de la industrialización y el ascenso terrible del automóvil y los restos de “campechanidad”, se presentaban contrastes en la urbe. Había vagabundeo de animales por las ya modernas calles de la Bella Villa.

 

Y, al parecer, dentro de un cúmulo de animales, entre perros, caballos, toros y vacas, estas últimas no parecían una representación de la apacibilidad. Lo digo porque, a finales de la centuria del ochocientos, una vaca produjo una noticia judicial tremenda, según relato titulado Accidente desgraciado, publicado en el periódico El Cascabel: “El martes por la mañana bajaba una viejecita por la Avenida Izquierda de la Quebrada Santa Elena; una vaca que tranquilamente rumiaba yerba en la orilla de la dicha quebrada, partió sobre la infeliz mujer y la levantó en alto. Cuando cayó al suelo ya era alma del otro mundo”. (El Cascabel, Medellín, septiembre 29 de 1899).

 

Ahora, mientras escucho una versión de Guárdame las vacas, con la guitarra de Andrés Segovia, vuelven imágenes de una ya extinguida finca de abuelos con vacas de olor dulzón, y el recuerdo de un niño atropellado en una calle por una de ellas, que al parecer (así tuvo que haber sido) tenía los cachos recortados, y aparecen en la memoria fotogramas, primeros planos, de una teta de vaca y una mano que la ordeña con suavidad en la película Viridiana de Luis Buñuel, un filme pleno de símbolos sexuales y de irreverencias.

 

Y no sé si darle la razón a la colega que un día, con cara de acontecimiento, me dijo que la vaca debía ser el auténtico símbolo de la paz. Me parece, más bien, que lo debe ser de la paciencia.

 

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Los asesinos o el perfecto minimalismo

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Por Reinaldo Spitaletta

Hace años, como que estaba terminando la adolescencia, cuando leí por primera vez  Los asesinos, de Ernest Hemingway, pensé que era una tragedia inconclusa, en la que el destino, sobre todo el del hombre que iba a ser “matado”, era ineludible. Solo se trataba de una prórroga. Si se había salvado de que lo tirotearan los dos sujetos de abrigo que habían entrado al restaurante Henry (antes un bar), era asunto de suerte.

El cuento, una lección de cómo usar el diálogo, me impresionó en aquellas temporadas en las que todavía no había escuchado hablar de sicarios, aunque aquí y allá había asesinos y otros desalmados. Después, cuando ya leía más allá de la peripecia y de los anecdotarios, y aprendí a buscar datos escondidos, sugerencias, ambientes y otras informaciones, vi que en aquel pueblo llamado Summit, cuya traducción (bueno, suponiendo que los nombres propios tengan traducción) era así como cima, pináculo, montaña, me condujo a tener la idea fugaz de que si hubiera sido donde yo habitaba entonces, el poblado se llamaría Quitasol, pero el cuento tal cual como lo bautizó su creador.

El título, para iniciar por ahí, es el más adecuado. No se podría llamar Al y Max, por ejemplo. Tampoco Ole Andreson, o el hombre que espera la muerte. No. Los asesinos. Y punto. En este pueblo, en el que se siente una opresión producida más por el vacío que por la abundancia de habitantes, por ejemplo, hay un tranvía. El restaurante, en el que el cocinero es un negro al que ninguno se refiere a él por el nombre, excepto el narrador en tercera persona, tiene un espejo justo al otro lado del mostrador que, según el narrador, es porque antes allí había funcionado un bar. Se pudiera pensar, sin gastos de mucha materia gris, que en un bar pudiera haber más jaleo que en un lugar de comidas.

Parecería que allí, en aquel pueblo, no pasa nada. La aparente calma del Henry se va alterando con el ingreso de dos presuntos clientes, con gabán, con abultamientos en el mismo, que abrieron la puerta y se sentaron ante el mostrador. Hay preguntas sobre lo que quieren, hay dudas en los dos. Se sabe que está oscureciendo. Los tipos, lo sabemos en el tercer párrafo, han leído la carta y están hablando con George. Más allá, y con sutileza se van introduciendo los otros personajes, está Nick Adams, que, como sabrán todos los lectores de Hemingway, era una suerte de alter ego del escritor y que aparecerá en otros relatos, como decir, uno que es maestro también: Campamento indio.

Las provocaciones, muy medidas, sin alteraciones de personalidad ni de genio, van surgiendo de parte de los dos visitantes. Nos enteramos, con sutileza, que en la pared hay un reloj, sabemos la hora que allí muestra, pero después se sabe que el reloj está adelantado veinte minutos, dato nada superficial. Los diálogos suceden en torno a lo que desean comer y beber aquellos dos que aparentan sangre fría y control de la situación. Hay un dato sobre el clima (hace calor y casi al final el lector sabrá que es un día de otoño). La conversa sucede en torno a lo que se sirve, a lo que no hay en el restaurante, a lo que ofrecen y no cumplen, todo con una exactitud en las palabras, en los gestos, sin ningún exceso. Todos, los que entraron y los del comedero, hablan sin abundancias.

De una manera que va en crescendo, la tensión aparece según las palabras, las órdenes, las miradas, alguna imprecación. Los dos hombres toman control del interior, tanto de la parte de las mesas y mostrador como de la cocina. Y de pronto, se suelta la intencionalidad de los forasteros: “vamos a matar un sueco”, dijo Max. Se desgrana el nombre del que van a asesinar, se sabe que casi siempre llega a lo de Henry. Los visitantes  tienen el control de todo. En la cocina, dejaron al negro y a Nick, amarrados, con la boca tapada con toallas. Y todo el que entre a pedir algún servicio, ya George, instruido por los asesinos, le tendrá que decir que el cocinero no está.

El cuento, que llega a altas cumbres de suspenso, está determinado por el tiempo, por un reloj que avanza y que hace que al fin de cuentas los asesinos salgan del restaurante, que el sueco no llegue y que, como una especie de “tour de force”, el muchachito Nick vaya a buscar al sobreviviente en una pensión. La utilería es nombrada y usada, como en el buen teatro. Nada aparece gratis. Todo tiene una funcionalidad, unos empleos, no es solo decorado.

Las pistas que da el narrador llevan a sospechar que el boxeador de los pesos pesados haya cometido una trasteada a gente malosa de Chicago; también a que ya haya llegado al tope de la existencia, de que para él ya nada tiene remedio ni sentido, y lo inexorable no se puede eludir. En la creación de este cuento, que cumple con todas las prescripciones modernas del género (tensión, intensidad, un asunto, un conflicto…), Hemingway renueva su talento para la narración corta y pone al lector en vilo. Maestro en la economía del lenguaje, en mostrar acciones, en no adjetivar, torna a Los asesinos en una breve obra de elevada alcurnia literaria.

Pero, y aquí trato otra esfera del relato, Los asesinos (publicado en 1927) puede ser una pieza para el ejercicio de discusiones en torno a la ética (como, digamos, lo pueden ser en nuestro ámbito colombiano Que pase el aserrador, de Jesús del Corral, y Espuma y nada más, de Hernando Téllez, por solo nombrar dos). Con alumnos de Periodismo de Opinión en la Universidad Pontificia Bolivariana cuando llegamos al tema, acordamos en la discusión que ética es, en última instancia, la posibilidad de no dañar al otro, y menos de matarlo, y así recorremos desde aspectos de la ley del Talión, pasando por partes del Código de Hammurabi, hasta los modos modernos de destrucción del hombre por el hombre.

Algunos estudiantes, en el debate, advierten que los dos asesinos son éticos porque bien hubieran podido matar a George, Sam y Nick, pero que en su oficio, en su arribo a un pueblo en el que nadie se esconde impunemente, iban era a cumplir un cometido, quizá una orden, una acción a sueldo (o una venganza). También está la posición contraria. Y se deja ver en la argumentación de los que dicen que no son éticos, que ambos iban equipados con la intención categórica y brutal de matar a la víctima señalada. Lo que queda en el ambiente es que Al y Max son asesinos profesionales.

¿Y sobre Ole Andreson? Hay en este personaje un género de resignación, de no luchar más, de no defenderse, una actitud kafkiana de dejar que las cosas pasen, sin repulsa. O, en otro sentido, como podría acaecer en una tragedia griega, en la que ya contra lo predestinado, contra lo escrito por los dioses, no hay reversa.

El cuento puede tener sutiles referencias a los tiempos de la Prohibición en los Estados Unidos y, asimismo, ancla algunos detalles en la realidad de entonces, cuando en Chicago y otras ciudades florecieron los mafiosos, los capos evasores de impuestos y controladores del contrabando de licores. El boxeador puede estar basado (al menos en la sonoridad del nombre) en el sueco Andre Anderson, noqueado en aquellas calendas por el legendario Jack Dempsey, campeón mundial de los pesos pesados.

Sí, después de todo, Los asesinos (que bien puede leerse en el tranvía, en el metro), con una visión y técnicas cinematográficas, se constituyen en una joya de lo que algunos han llamado el “minimalismo objetivo”, sin mundo interior, con toda la fuerza y sustento en lo que afuera está pasando, en las acciones, en lo sustantivo. Es un cuento de circunstancias, sin antecedentes de los que allí aparecen, sin pasado, sin flashbacks. Es el ahora, controlado por los relojes, por la inexorabilidad del tiempo. Y por lo que ya no tiene remedio.

 

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El escritor y periodista Ernest Hemingway