Cuadra de pedradas y otras bullas

(Recuerdo de una calle con bar y cataratas en los entejados)

 

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                                                                                                                                                   Pintura de Luis Sala

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aquella cuadra, en la que vivían un bombero, una muchacha de caminar exquisito, otras de uniformes de cuadros y zapatos colegiales, unos muchachos que solo se asomaban por la ventana, otro que una vez se arrojó del tercer piso para huir de un castigo familiar, y que tenía en una de sus esquinas, un bar y una tienda, carecía entonces de asfalto.

 

En esa cuadra, con una casa inconclusa (permaneció así muchos años) a la que, por encima de los muros, se colaban algunos atrevidos a fumar marihuana y a ver crecer las malezas, vivió una señora cuya atracción para la muchachada era la venta de helados. Doña Cruz, que casi nunca salía a la calle, solo se asomaba por el postigo a entregar los pedidos. Decían que su marido, un obrero de fábrica textil, no le permitía ni mostrarse en las ventanas; quizá era un hombre celoso.

 

El bar que había por allí se llamaba Florida, con traganíquel, coloridas sillas y mesas de metal, cuatro ventanas y dos puertas. Se escuchaban tangos y baladas, también música antillana y, en menor cuantía, horrorosas canciones de campesinos. Al frente, estaba la tienda mixta de un tipo alto, al que le decían el Llanero, que una vez levantó en vilo a un muchacho que a lo mejor se estaba riendo de su estatura. La imagen mostraba a un chico que pataleaba mientras el hombre lo subía para soltarlo desde más arriba de su cabeza. Creo que hubo risas de los otros. A mí me causó indignación. Pero nada dije.

 

Sobre la tienda, una casa con tejas de asbesto, que en el día debían calentar a temperaturas de incendio, albergaba a una señora de la que nunca supe su nombre. Le decían La Perra. De vez en cuando, su entejado sonaba con las piedras que, por las noches, le arrojábamos. También habitaba Leonardo, al que, con gracejos y burlas, llamábamos el Orejón. Había obreros con bicicletas inglesas y don Silverio, dueño de un almacén de telas y cacharros, que tenía tres hijas por las que el mundo barrial suspiraba.

 

En la otra esquina, aparte de la del bombero, estaba la casa de don Abel, un señor con toda la pinta de proceder del monte. En los desagües que bajaban del techo a la calle, en diciembre poníamos papeletas cuyos estallidos hacían eco y producían temblores en las tejas. El hombre salía con un machete pero ya no había nadie a quien darle siquiera un planazo. Al frente de mi casa, estaba la tienda de doña Marta y don Pedro, y enseguida de ella, una sastrería. En una casa de dos pisos habitaba, en el primero, una gordita sonrosada y, arriba, una muchacha linda, cuyo hermano, al que por su poder en el “chute” apodábamos Cañón, jugaba con nosotros partidos de calle y de manga.

 

En el Florida, cuyo dueño, Arturo el Bizco, era bueno para el machete como para freír chorizos, iban tipos que, cuando había batidas policiales, guardaban los puñales debajo de las mesas metálicas o, en casos de emergencia, los resguardaban en periódicos que tenían sobre la mesa, húmedas de cerveza y pasantes de aguardiente. En diciembre, el bar se adornaba de guirnaldas y el piso se cubría de aserrín.

 

Mis vecinos de al lado eran artistas de circo, que viajaban de pueblo en pueblo, sobre todo por los que estaban a orillas de las estaciones del tren. La mamá de ellos salía de noche, vestida de negro, y tornaba al amanecer. En casa, con dos patios grandes, había jardines y atrás, tres albercas que no solo servían para recolectar el agua de consumo diario sino, de vez en cuando, como una suerte de piscinas domésticas.

 

La otra era un solar semiconstruido, abandonado, del que nunca supimos quién era el dueño y por qué había dejado empezada la casa, con puertas y ventanas condenadas con ladrillos. Era una suerte de pequeña selva urbana, con ratas y basuras. Después, estaba la casa de Jaime, cuyas hermanas, altas y delgadas, se caracterizaban por tener nariz larga. Y, más allá, una casa de dos pisos y terraza, desde la cual una vez el negro Arturo, que era buen futbolista, se tiró pero cayó en un montón de arena (una “volquetada”) sobre la acera. Más fue la bulla.

 

En invierno, el pantanero abundaba, como el polvo en el tiempo seco. Por las mañanas, se escuchaba la voz delgada del vendedor de periódicos. En casa solo lo compraban los domingos. Las ruedas del carrito de helados, cuyas campanas aceleraban corazones, se metían en los huecos de la calle. En las madrugadas, se oía el paso de las bicicletas obreras. A veces, algún ciclista, como para interrumpir sueños, hacía sonar el cornetín.

 

Los cables eléctricos eran bajos y estaban, sobre crucetas y otros dispositivos, agarrados a los muros. A veces, en la acera se improvisaban, con pelotas pequeñas, partiditos de baloncesto, para aprovechar a modo de canasta aquellos sujetadores de alambres. Una vez, hubo una pelea a pedradas y machete entre los hijos de don Abel y unos tipos que estaban bebiendo en el Florida. Hubo uno que otro descalabrado. Nadie murió.

 

Aquella lejana cuadra, hoy pavimentada y con renovados habitantes, a veces aparece en mis sueños, con tropeles de fútbol callejero y juegos de canicas y “pelota envenenada”. Los barquitos de papel ya no naufragan en los rápidos, tras las lluvias abundantes que formaban Niágaras en los entejados. Y, como en un tango, “todo, todo ya se fue”. No es hora de regresos. Con el recuerdo basta.

 

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Fiesta de flores

 

Fiesta con flores de antiguas servidumbres

El sol agobia a los caminantes de asfalto

Con espaldas viejas de cargaderas humanas

La tarde sin arreboles dice con nubes tristes

Que la vida poco florece en el valle de tinieblas

Donde la muerte acecha y cobra su cuota fatal

Alguien arroja una flor a una tumba sin nombre.

 

(Reinaldo Spitaletta)

 

 

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Álbum tanguero para un escritor

(Entre Nada, Ninguna y La última se fue formando una crónica)

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era la directora ejecutiva de una empresa de salud de Bogotá. Comenzó a escribirme porque le parecía que algunas de mis columnas de prensa tenían sabor y color local. Resultó que, después de variados intercambios epistolares, me dijo que le celebraría en su casa los cincuenta años al escritor William Ospina y el homenaje consistiría en un regalo de dos discos con una selección de tangos.

 

Se llamaba Victoria Eugenia Zuluaga, una señora antioqueña, culta y de buen trato. “Ve, a vos que te gusta el tango”, me dijo un día, “por qué no me ayudás a seleccionar unos para William (Ospina)”. Tenía la idea de los dos discos, con cancionero y diccionario de lunfardo incluidos. Yo le mandaba, a veces, escritos de tango, como un artículo de la uruguaya Rosalba Oxandabarat sobre los hinchas de Gardel y los antigardelianos. “Hola, mi Rei: qué tan posta el texto de la Rosalba, te cuento que uno de los tangos que más me gusta es La última. La letra es de Julio Camilloni y la música de Antonio Blanco, tango de 1957”, me contestó en un correo electrónico el 2 de febrero de 2004. Y se dejó venir con toda la letra: “No me importa tu pasado ni soy quién para juzgarte porque anduve a sopapos con la vida yo también”. Y así. Esa vez, aprovechando la ocasión, me dijo que ya tenía muy adelantada la selección para los “50 de William”.

 

Me anunció en la misiva virtual que incluiría los que, de Roberto Goyeneche, yo le había insinuado: Gricel, Naranjo en flor, Canción desesperada y Cada día te extraño más. Valga decir que en la escogencia también participaban el tiplista David Puerta y el poeta Darío Jaramillo Agudelo. A propósito de La última, le escribí una nota a la señora que, por lo demás, había tenido la idea original y la producción ejecutiva del homenaje tanguero al autor de Es tarde para el hombre.

 

El martes 3 de febrero de 2004, le envié este correo: “Mirá pebeta de mi cuadra que eso de la fiesta conmemorativa, con tangos y cancionero, sí que está bacana. Ve, tengo un hermano que una vez se fue a un bar de tango y pidió Uno, y, claro, le pusieron cualquiera. Y luego, un poco desconcertado, dijo que quería oír Nada, y el cantinero, tan literal, nada le puso. Entonces si no es Nada, Ninguna. Que tampoco sonó. Y ya, en medio de la verraquera, solicitó La última, y se le dejaron venir con otra vaina. Total, no pudo escuchar lo que quería”.

 

Después, en el mismo mensaje, le conté una breve historia: “En Bello, tierra de mis pasiones altas y bajas, hay o había un señor gustador de tangos. Y creía que cantaba. Se sabía, para la interpretación, La última. Tenía un barcito y una noche le dijimos que nos la cantara. Empezó y el tipo se veía mal. Hacía grandes esfuerzos en las subidas y se puso morado. Creímos que el infarto estaba cerca. Bueno, en medio de las risas, lo bautizamos El Morado. Y así se le conoce en Bello entre los amantes del gotán…”.

 

La correspondencia continuó, casi toda referida al tango, a sus armonías, composiciones, letras… El 18 de febrero de 2004, cuando ya se acercaba el cumpleaños de Ospina (nació el 2 de marzo de 1954), y los discos estaban en producción, recibí un correo de David Puerta: “Siempre soy más inteligente diez minutos o diez días después de lo necesario. Me quedé pensando que, para un literato como William Ospina, hubiera sido apropiado el disco con los cincuenta tangos que se mencionan de manera explícita e implícita en Aire de tango, de Mejía Vallejo. Ya no me atrevo a proponer el cambio porque mi prima Vicky, que ya tiene hasta el cancionero con el primer listado que hice, me convertiría en ‘amurado sexual…”.

 

El intercambio prosiguió, con referencia al tango, a novelas y cuentos en los que este género aparece, pasando por Cortázar, Benedetti, Borges, Onetti, en fin. Para Victoria Eugenia, Homero Expósito era autor de “los tangos más tristes del mundo —como Percal y Yuyo verde— (…) Ellos (los tangos) nos traen a la vez datos de nuestras propias zonas oscuras: las tristes, que se aceptan fácilmente, y las sensibleras, que casi nunca se aceptan para uno mismo. Pero ahí están. El que esté libre de pecado, que vaya a escuchar a Schönberg”.

 

A William Ospina, en sus cincuenta años, Victoria Eugenia, alias Vicky, le hizo una fiesta de no olvidar, con una asistencia de caricaturistas, pintores, escritores, músicos, poetas… No pude asistir y entonces hubo que contentarse con las fotos del festejo. El álbum de los “50 de William”, con 52 tangos, dos más de la cuenta, es una joya. Aparte de fotografías, cancionero y diccionario, la introducción, pensada por Vicky, tiene el siguiente título: “Entre e-milio y e-milio se fue formando el tango”, en la que incluye algunos correos de aquellos intercambios que siempre tenían, como trasfondo, la inevitable poesía del tango.

 

Entre los seleccionados, están La última grela, La última curda y, claro, La última: “Sos la última que llega a perfumar mi rincón / y esas gotas de rocío que no te dejan mirarme / me están diciendo a las claras que alcancé tu corazón”. Poco tiempo después, Victoria Eugenia Zuluaga se murió en Bogotá, quizá rememorando melancólicas melodías o imaginando saltos en una rayuela lejana, con cielos de un tango surreal.

 

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Pagliaro, cantor de la libertad *

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En tiempos neoliberales como los de hoy, los juglares, esa especie en extinción, son seres extraños, pero necesarios. Si se les mide con el rasero del “éxito”, con esa vara del arribismo neocapitalista, que proclama que hay que estar en la cumbre sin importar por encima de quien haya que pasar o pisotear, se verán ante los ojos del magnate o del dueño del negocio, como unos desadaptados y anacrónicos. No aptos para la ganancia metálica.

 

Sin embargo, para los que todavía conservan su capacidad de reflexión y crítica, para los que no tragan entero y sueñan aún en utopías y en futuros de gloria para el hombre, los juglares, los poetas, los cantores son absolutamente imprescindibles para recordar la condición humana, las contradicciones sociales y las intrínsecas al ser, y, también, por qué no, para mantener viva la esperanza, en tiempos de absolutos desamparos.

 

Gian Franco Pagliaro, el de la voz ronca de cigarrillo y asfalto, es, sobre todo, un juglar. Un cantor que canta para pocos, sin masificaciones ni vulgaridad, en calendas en que, precisamente, estas dos condiciones comerciales son el símbolo del “éxito”. Uno le siente, en ocasiones, esa voz de canzonetta tristona que habla de mares remotos y de naufragios de amor. En otras, se le descubre el sentido irreverente de un anarquista contemporáneo que, con sus letras y su música, lucha por espacios de libertad e intimidad para el hombre. Es un trovador —término también en desuso— del amor y, al mismo tiempo, de lo contestatario, dos asuntos que tampoco son excluyentes, sino, si se les examina bien, complementarios.

 

 

Porque Pagliaro, el ítalo-argentino, cuando le canta al amor, que es, dentro de su repertorio, un alto porcentaje, lo hace sin pildoritas de azúcar ni cursilerías de demagogo. Sin populismos ni concesiones a lo fácil. Canta de amores contrariados, de amores retardados, de amores a primera vista o de amores entre los cuales jamás se ha pronunciado un “te quiero”. Y cuando les canta a los combates por la vida, lo hace sin caer en lo panfletario ni en la consigna y el cliché. Sus canciones, no solo las de un tiempo de ardientes militancias y persecuciones, sino las que han adquirido un aire más universal y perenne, tienen ese agridulce sabor de las cosas que siempre acompañarán al ser humano. En cualquier época.

 

Como todos los napolitanos, Pagliaro nació cantando. Su padre, agente textil, quería que fuera arquitecto, pero al joven Gian Franco le gustaban las Letras. La Filosofía. A los 20 años todavía no tenía un oficio definido. A veces, vendía cosas, a veces realizaba trabajos artesanales. Cuando llegó al barrio Caballito, de Buenos Aires, a los 16 años, con todos sus bártulos de inmigrante, en la barra la muchachada le decía: “pero si vos tenés buena voz”. Un productor —siempre hay un Colón de todas las cosas— le dijo que grabara en castellano con acento italiano. Lo primero que compuso fue Otra vez el mismo barrio, una canción que habla de la rutina, el conflicto de una pareja, el derrumbe de los sueños. Era un cuestionamiento al amor color de rosa. Comenzó a sonar en Buenos Aires, en 1967, mientras profundizaba en ideologías, en los vientos renovadores de aquellos años, pero sin militar en partidos. “No me gustan los partidos, no acato direcciones de partidos. Un artista no puede estar militando si quiere ser libre, si quiere tener libertad de opinión”, me dijo en un reportaje.

 

Sobre él, como sobre tantos otros de la Generación del 60, cayeron los aires contestatarios del Mayo Francés, las palabras de Sartre, los ecos incendiarios de la Revolución cubana, el romanticismo revolucionario del Che, los tambores de las guerras de liberación nacional de muchos pueblos del mundo. En 1968, compuso Las cosas que me alejan de ti, que con rapidez comenzó a sonar entre la juventud.

 

Todavía en la Argentina no se tenían sospechas de que, unos años después, aparecerían grupos parapoliciales, la Alianza Anticomunista Argentina, la barbarie y que advendría la dictadura militar, en cuyo nefasto balance quedan treinta mil desaparecidos. Pagliaro, que era, según sus propias palabras, “un bocón compulsivo, con pasaporte italiano”, apareció en las listas negras. Era un cantor prohibido. Se marchó en 1976, precisamente el año en que se inició la dictadura, hacia Venezuela. Ya había compuesto uno de los temas que más lo darían a conocer en América Latina: Yo te nombro… libertad, que tiene reminiscencias de Paul Eluard. Fue, según él, una canción premonitoria de la terrible carnicería de los militares argentinos. “Por el verso censurado / por el beso clandestino / por el joven exiliado / por tu nombre prohibido”.

 

Y Pagliaro continuó, con renovado vigor, cantando contra la intolerancia, contra las represiones y cuestionó no solo a la derecha sino a la izquierda. Era —sigue siendo— un hombre libre. Ese cantor de origen italiano, seducido por los poetas castellanos, ha sido un buen lector de sus compatriotas Ungaretti, Quasimodo, Montale, Leopardi, pero sus palabras españolas las aprendió en Neruda, Guillén, Vallejo. Después se asombraría con el descubrimiento de Fernando Pessoa, que, según confiesa, le abrió el corazón y la cabeza.

 

Quizá Pagliaro podría ser el último romántico, y, también, el último de los cantores irreverentes de un mundo que se idiotiza en la robotización, el facilismo, la uniformidad de los discursos. Sus palabras penetran en el corazón de los que aún creen que el amor está lleno de dudas, de miedos y soledades. Y, claro, de olvidos. También sus palabras hablan, por ejemplo, de Verónica, tan joven y tan bella, una de las treinta mil desaparecidas por los militares argentinos. (Dedicado a Verónica: “Nunca más la vi en ningún bar, en ninguna librería de la calle Corrientes en ninguna facultad…”).

 

Estos textos, estas canciones, estos epigramas y aforismos, de un raro juglar de estos tiempos apocalípticos, nos ayudan a llevar con más valentía y con mayor entusiasmo las cargas de un mundo desigual y lleno de porquería. El cantor es la memoria, es la tierra que camina, el recuerdo de lo que será. El poeta es tal vez el último hombre de un mundo paleolítico, y el primero en alertar acerca de la vigencia de los sueños. Sigamos nombrando la libertad. El canto continúa.

 

(Escrito en Medellín, ciudad de asombrosos desasosiegos, agosto de 2001).

 

*Prólogo al libro Gian Franco Pagliaro. Todas las palabras. Todas las canciones

 

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Gian Franco Pagliaro, cantautor ítalo-argentino, fallecido en marzo de 2012.

El milagro de las palabras*

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

En un sonoro poema de Edgar Allan Poe, un cuervo repite un estribillo melancólico: “Nunca más”. El hombre es el único ser de la naturaleza dotado con la palabra inteligente, no la palabra mecánica del loro, o del cuervo, o de la urraca, sino con un instrumento complejo que lo diferencia del resto de animales. Y lo encarama a la parte más alta de la evolución.

 

Con las palabras, si son creadoras, el ser humano puede alcanzar la dimensión (y la condición) de un dios. Suena a prepotencia y a herejía, pero es una verdad de fácil demostración. Las cosas empiezan a existir cuando las nombramos. El nombre no es solo signo de identidad, lo es también de vida, de ocupar un lugar en el universo. Por eso, con las palabras se crean mundos y personajes, historias y hasta monstruos de la razón y la sinrazón.

 

Acordémonos que Dios, el hebreo, el del Génesis, crea mediante la palabra. A su pronunciación aparecen las cosas y durante seis días se dedica a esa labor colosal de fundar el mundo mediante el verbo. “Hágase la luz…” y de inmediato las sombras se apartan para dar paso a la claridad, a un mundo visible. Con la palabra podemos hacer oscuridades y soles, hombres y fieras, jardines y selvas vírgenes.

 

Sin la palabra creadora no existirían ni Moisés, ni don Quijote, ni Úrsula Iguarán, ni los caballeros medievales, ni aquel otro que solo era una armadura sin nada por dentro. La palabra crea imágenes. Y sonoridades. Las palabras duelen y festejan. Son posibilidades para mejorar el mundo y a nosotros mismos. ¿Qué imagen nos llega cuando pronunciamos la palabra cristal? ¿O campana? ¿O acuarimántima?  Múltiples imágenes: visuales, sonoras, olfativas… Sin la palabra no hay lugar a la imaginación. El miserable mundo, sin ellas, sería tenebroso y sin memoria. Qué tal llegar a olvidar el nombre de las cosas y nuestro propio nombre. Qué tal caer en una amnesia colectiva, estar siempre navegando sobre las aguas del Leteo.

 

El desconocido (e impronunciable) nombre de Dios dio origen al gólem. Borges y Meyrink lo supieron. Qué sería de aquel hombre que, sentado en un templo, enmudece de pronto y no puede comunicarse con la deidad, que ya no puede decir “padre nuestro”. Ese es el infierno. Un lugar donde no hay palabras, en el cual nadie puede comunicarse, sino sucumbir ante un silencio que no es musical, sino doloroso. El desamparo. Lo enceguecedor.

 

El paraíso, entonces, es ese lugar (o no-lugar) en el que seguimos teniendo el privilegio de la palabra. Nadie, si conocemos los secretos de la palabra, nos puede expulsar de él. La palabra es una conquista, un ascenso hacia la libertad y hacia el conocimiento de mi semejante. La palabra es vida.

 

Filón, griego y judío, anunciaba que las palabras crean las cosas. Palabras como hálito, como una propiedad de las deidades para crear y permanecer. El verbo es una suerte de taumaturgia, una mezcla de fórmulas e ilusiones, que devienen una alquimia de novelas y cuentos. ¿Cómo suena el esplín en la ciudad? ¿Y la italiana noia? ¿Qué palabras se quedan en los nidos y qué otras van tras el vuelo de las golondrinas?

 

En este recorrido que vamos a emprender, en una caravana verbal, con beduinos de desiertos imposibles, con donjuanes de conquistas a punta de palabras y no de espadas, nos encontraremos con el portento de Scheerezada, la que a bien tuvo, por su cultura, por sus viajes, por su audacia, salvarse gracias a las palabras. A las creadoras y encantadoras palabras. Y seguro viajaremos por mares desconocidos, antiguos, medievales, en los que había leviatanes y una zoología fantástica. Como el calamar de Verne. Como la ballena de Melville, portentos de un siglo de ciencias y revoluciones artísticas.

Caminemos hacia la luz. La palabra nos guía. La creadora palabra nos ilumina. La peligrosa palabra, que es antorcha y chispa que puede prender las praderas de la imaginación, nos hace ascender por una escalera al cielo. O al infierno, que también está hecho de verbo.

 

*(Introducción del libro Sustantiva Palabra, Reinaldo Spitaletta, Editorial UPB, Medellín)

 
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Lámparas de todas las maravillas

(Recorrido con mención de cuentos orientales y juegos de la noche)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La luz, en la simbología de antiguos pueblos, es un camino hacia el reconocimiento de la denominada verdad (cualquier asunto que tal concepto signifique), hacia la superación trascendental del mundo terreno, a espacios más íntimos en los que el alma (el hálito de la vida) se reconozca como lo esencial en el hombre. Es una metáfora de sabiduría. La luz está ligada al saber, como las tinieblas a la ignorancia.

 

No es gratuito que los primeros dioses sean identificados como el sol y la luna. El hombre siempre ha necesitado un arma contra las oscuridades, contra las cuales la luz se encuentra en perpetua lucha. Y tal vez como resultado de la búsqueda de la claridad, tras esas palabras mágicas pronunciadas por la deidad oriental (“hágase la luz”), el hombre inventó la lámpara.

 

Me parece que más sonora (y luminosa) que la palabra lámpara, lo es lucerna, voz latina para designar todo utensilio dispuesto para dar lumbre. En los tiempos de mucho antes, como decir en los homéricos, no había aún lámparas, pero estaban las teas, de cera y aceite, para iluminar esas largas noches de los primitivos.

 

Después, y quizá con la participación necesaria de los alfareros, también sirvió para dar origen a otra luz. Las lámparas, con su milagroso poder, también pueden generar crepúsculos y albas. Permiten una breve evocación del día en medio de las sombras, y a su alrededor no solo pueden revolotear las polillas, sino que se reúnen los hombres para hablar, o para estar en silencio, o solo para observar cómo fluye la luz.

 

En la antigüedad, las lámparas estuvieron enlazadas a los rituales y ceremonias religiosas. Con luz se adora la luz. Quizá fueron los hebreos los primeros en enseñar a otros pueblos el uso de las lámparas en las festividades y oficios del culto. Entre los griegos y romanos, se manufacturaban lámparas con las figuras de los dioses, a fin de tenerlos no solo bien iluminados sino muy cerca.

 

En los oficios cristianos las lucernas (o las candelas) cumplen un papel protagónico, a veces en forma de cirio, de veladora, de lámpara votiva. En las iglesias católicas es normal ver una lamparita que representa la “luz eterna”; esa que se dedica a la memoria de los que se han ido a otros mundos, donde a lo mejor estén repletos de luz. O de innúmeras sombras, pese a aquello de “brille para ellos la luz perpetua”. De igual modo, los musulmanes albergan en sus mezquitas preciosas lámparas, para tener un puente de luz entre los fieles y el Paraíso.

 

Había antes gentes, un tanto extrañas, cuyo oficio era cambiar lámparas viejas por nuevas, porque, en una de aquellas, era probable hallar a un genio que las pudiera redimir de sus miserias. Valga recordar, entonces, a ese “pobre diablo” oriental, hijo del sastre Mustafá, al cual un hechicero africano condujo a regiones de misterio y maravilla, donde pudo acceder a la revelación: en el centro de la tierra había dos talismanes de desmesurado poder: una lámpara vieja y un anillo. El resto de la historia, como se sabe, está repleta de asombros, que se renuevan en cada lectura de Las mil y una noches.

 

Hay lámparas que se hallan incrustadas en la nostalgia, como aquella que alumbraba las noches de una casa de abuelos, cuando, en medio de arpegios de guitarra, la  Coleman arrojaba sus haces lumínicos en las caras de los circunstantes, y de los que cantaban canciones de náufragos y de ebrios. Era una lámpara de caperuza, cuya luz blanca hacía palidecer las tapias y les posibilitaba a las tías la lectura de novelas románticas.

 

Ahora, en algunas calles de la ciudad, en particular en la atiborrada de chécheres del viaducto del metro, hay artesanos que reparan lámparas Coleman, en lo que parece ser un extemporáneo oficio, un enlace con tiempos de arqueología. Volverlas a ver es un pasaje para emprender vuelo hacia viejos días en los que aún la imaginación era “la loca de la casa”.

 

En esas noches oscuras cantadas por algún místico, una lámpara puede ser como una revelación, como un cachito de luna asomado por una ventana de nubes. ¿Qué sería, por ejemplo, de un parque sin lucernas, sin un sitio para el hospedaje de los abrazos, sin una generosa fronda? Hay lámparas que jamás se encienden, o porque se tornaron vano adorno doméstico, o porque se les agotó la luz. O porque no hay quien las prenda. En el teatro, en la iglesia, en la taberna, las lámparas son parte de la utilería y los ambientes. Algunas de ellas pertenecen a la fascinación que producen las simples cosas.

 

En un cuento de Felisberto Hernández, en que un lector en una sala antigua lee relatos en voz alta, una mujer va todos los días a un puente en el que piensa suicidarse, pero cada vez surgen obstáculos. Los oyentes ríen y al final, cuando la luz natural se ha ido, y casi todos los circunstantes también, nadie encendía las lámparas, y entonces el mundo se llenaba de tristeza y expectativa.

 

Un día, en una calle que ya es recuerdo aparecieron luminarias, amarillenta la luz, casi como las de las pálidas luciérnagas, que nos revelaron que en esa extensión de asfalto y aceras, se podía jugar al futbolito de la noche. Aquellas lámparas urbanas nos acrecentaron las jornadas de juegos en la barriada, con gritos y correndillas inacabables.

 

 

A veces se piensa, como algún poeta de crepúsculos y arreboles, que sería bueno poder cambiar la vida de uno por una lámpara vieja. Puede que así no se gane el pan, pero sí la luz. Lo cual ya es bastante decir en un mundo  de incertidumbre en el que siguen predominando las sombras.

 

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“Cambio mi vida por lámparas viejas”, decía León de Greiff en el Relato de Sergio Stepansky.

 

 

Bicicleta de calles obreras

(Crónica con Tour de Francia y una obra de Samuel Beckett)

 

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Fotograma del filme Ladrón de Bicicletas

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aprender a montar en bicicleta es una experiencia de la infancia, o, a más tardar, de la adolescencia. Es, además, una vivencia feliz, una conquista del equilibrio andante, una especie de interpretación de la libertad y la imaginación. Su predecesor, con el nombre de celerífero o caballo de ruedas, fue inventado por un francés que jamás existió: el conde Mede de Sivrac, en 1791. No obedeció a un desarrollo de tecnologías, a ningún perfeccionamiento mecánico, sino a la alegría de diseñar un artefacto ambulante.

 

Precursores fueron también la draisiana alemana y el velocípedo escocés, hasta cuando en 1860, en Francia, Pierre Michaux le puso pedales y ahí sí surgió la bici, la de los bulevares, las aceras y las calles, la sucedánea urbana del caballo. Toda una presencia móvil capaz de seducir a jóvenes y viejos.

 

Hubo días en que tener una cicla era un lujo. Cualquiera no la conseguía. En algunos pueblos y ciudades, se erigió con rapidez en un medio de transporte para los obreros. Crecí en un poblado de chimeneas fabriles y talleres ferroviarios, con bicicletas de todas las horas que conducían a los trabajadores a sus turnos de factoría. Tenían parrilla y bombilla delantera, dinamo y corneta. Había Philips y Humber, pesadas, llenando las calles, algunas sin asfalto, convocadas por los pitos de las fábricas, que se escuchaban desde cualquier barrio, como si se tratara de un reflejo condicionado.

 

No hubo, en mi caso, ninguna bicicleta de infancia. Ni siquiera un triciclo. Las alquilábamos, ya en la adolescencia, donde Medina, en el barrio Prado, y a veces en otro “alquiladero” del barrio El Congolo. Eran armatostes descaecidos, descovalados, chocados. Cuántas caídas en esas “burras” que se alquilaban por un cuarto de hora, por media hora, por sesenta minutos. En ellas íbamos a Manchester, a La Cumbre, a Niquía, y en ocasiones por la autopista hasta Copacabana. Cuando no teníamos cómo pagar, las tirábamos en la acera y salíamos corriendo. Era sellar una condena: jamás nos volverían a alquilar ninguna de esas “chatarras”.

 

La bicicleta, y, más que ella, los ciclistas, nos volvieron adoradores de héroes de la Vuelta a Colombia, en días en que uno no se podía perder la llegada de una etapa y había que ir a las carreteras a ver el paso de leyenda de Cochise, el Ñato Suárez, el Tigrillo de Pereira, el León del Tolima, y a veces, a esperar a un pedalista que se volvió parte de una mitología, porque siempre arribaba último a la meta: el negrito Lucumí. Años después, cuando ya la adolescencia era un recuerdo, nos dimos cuenta de una situación: Godot, el de Samuel Beckett, era un ciclista que tardaba mucho para llegar a su destino en el Tour de Francia, sí, así como el negrito Jesús María Lucumí.

 

Conservo una inolvidable imagen de domingo por la mañana, cuando las piernas de Lucía pedaleaban lentas, seguras, el sol sacándole brillos sensuales a la piel. La chica, con su “short”, mostraba los muslos móviles y se sentía única en el mundo, en ese mundo que entonces era apenas el barrio, con sus calles alargadas y sus casas de antejardines florecientes. Tenía una Monark, turismera, cachoncita. Se veía ella, Lucía, tan atractiva en su pose de ciclista avezada, y se sentía bien, cual reina, siendo observada por ojos lelos, quizá concupiscentes. Flor matinal sobre dos ruedas en perfecto equilibrio.

 

La bicicleta, hoy sinónimo de ecología, de conservación del medio ambiente, en fin, ha tenido presencias literarias y en el cine. Ladrón de bicicletas (1948), filme de Vittorio de Sica, no solo es una destacada muestra estética del neorrealismo italiano, sino un hito cinematográfico que marcó a muchas generaciones. Es la aventura de un desempleado de los arrabales de Roma que, de pronto, se hace a un puesto: pegador de carteles, que requiere una cicla. La suya la había empeñado antes y su esposa, para ayudarle en el trance, entrega tres pares de sábanas para recuperarla. Y después comenzarán las peripecias cuando al hombre le roban su bicicleta.

 

Una hermosa leyenda cuenta que una tarde el escritor irlandés Samuel Beckett se detuvo junto a una carretera cuando ya había pasado la caravana del Tour de Francia. Había un corrillo que en apariencia esperaba a un ciclista que faltaba por pasar. “¿A quién esperan?”, preguntó Beckett. “Estamos esperando a Godot”, que era el más viejo y lento de los ciclistas participantes. “¿Acaso será un esteta de la derrota?”, se pudo preguntar el dramaturgo que, en 1952, publicaría Esperando a Godot, sobre el absurdo existencial. ¿Existió Godot? Qué importa. Le sirvió al poeta para su obra sobre el tedio de vivir. Beckett ganó el Nobel de Literatura en 1969.

 

El antropólogo Marc Augé escribió uno de los libros más interesantes sobre la bicicleta (Elogio de la bicicleta) en el que, entre otros asuntos, recuerda sus días de infancia y adolescencia, pero, sobre todo, la mitología que creaba el Tour de Francia, con ciclistas como el italiano Fausto Coppi y el español Federico Martín Bahamontes, el Águila de Toledo. Tiempos en que el evento lo cubrían escritores como Dino Buzzatti y Boris Vian. En su texto, plantea la utopía de la bicicleta como transformadora de la ciudad.

 

En sus Historias de Cronopios y de Famas, Julio Cortázar tiene un relato sobre la bicicleta (Vietato introdurre biciclette). Hemingway, Tolstoi, Sylvia Plath, Miguel Delibes, entre otros escritores, ponen a la bicicleta como un vehículo estelar que promueve imaginaciones y otras aventuras.

 

El uso masivo de la bicicleta debería, como lo sugiere Marc Augé, hacer una revolución en las ciudades. El hombre y la bicicleta, una sola entidad, deben ganar la lucha. La utopía surrealista de la cicla ya la concretaron Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, con una polca/tango, La bicicleta blanca que tenía como manubrios los cuernos de una cabra: “vos sabés que ganar no está en llegar sino en seguir”, como Godot, como el negrito Lucumí.

 

Nota: El conde Mede de Sivrac lo creó un periodista francés del siglo XIX que quería atribuir el invento de la cicla a uno de sus compatriotas.

 

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La bicicleta también es tema de arte pop. Matias Angulo Canales, «Bici Roja». Categoría: Gráfica y pintura digital. Expo Arte y Bicicleta 2008.

Dos miniaturas

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cristal

Los hombres antiguos inventaron el cristal para atraer a los dioses. En vasos transparentes, como una réplica del alma de los bondadosos, vertían agua de manantial. En el momento del ocaso, los dioses llegaban a mirarse en ese espejo líquido y sólido. Y se quedaban ahí, brillando, para acompañar a los humanos en las horas de tinieblas.

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Sobrecama de estrellas

Los ojos de la noche son las estrellas. Una leyenda, tal vez de la India, cuenta que para tener sueños de luz, las sobrecamas deben semejar un cielo nocturno. Así, las estrellas soñarán que son fuegos helados. Y los durmientes despertarán con una constelación bajo la almohada.

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Borges el antifútbol

“El fútbol es popular porque la estupidez es popular”, dijo el escritor argentino.

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El día en que Maradona marcó dos goles legendarios (uno con la “mano de Dios” y el otro el Gol del Siglo), ya Jorge Luis Borges se hallaba en la eternidad. Era el 22 de junio de 1986, y el escritor y poeta argentino había muerto una semana antes, tras haber odiado el fútbol y diciendo, por los días previos a su fallecimiento en Ginebra, que no sabía quién diablos era Maradona.

 

Durante su vida, de erudiciones e intelectualidades de alto coturno, el autor de El Aleph condenó un deporte que él calificó de estúpido y no acorde con la inteligencia inglesa, a la que se debe, en una suerte de descalabro (según la mirada de Borges), la invención del fútbol moderno. “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”, declaró el escritor.

 

Borges no entendía cómo un deporte “innoble, desagradable, agresivo y meramente comercial” había llegado a ser una disciplina con tantos adeptos en el orbe. Tal vez no aspiraba a apreciar en esa práctica una demostración de esteticismo, de “buenas maneras”, de racionalidad, pero tampoco creía que fuese de seres inteligentes volverse fanáticos.

 

Es posible que su animadversión se fundamentara en el excesivo paroxismo que el fútbol causaba (todavía es así) en su país, en una mixtura de nacionalismo y religiosidad. En la Argentina, la pasión y la naturaleza irracional del hincha, puede provocar catástrofes y enceguecimientos colectivos. Para él, fútbol y nacionalismo eran la cara de una misma historia: “El nacionalismo sólo permite afirmaciones y toda doctrina que descarte la duda, la negación, es una forma de fanatismo y estupidez”, escribió alguna vez.

 

A diferencia del ensayista y poeta, hubo otros intelectuales, no solo en su país, sino en el resto del mundo, a los que el fútbol les causaba una gran emoción e, incluso, veían en él, cuando había en el juego demostraciones de belleza, una manifestación del arte. Como sucedió, por ejemplo, con el Brasil del Mundial del 70, en México, luminosa constelación que asombró a los aficionados de todas partes. André Maurois, en un discurso pronunciado en 1949 en gracia de un aniversario del fútbol en Francia, dijo, entre otros tópicos, que “¡cuántas faltas comete la inteligencia porque el cuerpo no está bien enseñado!”, en una cita socrática, para rematar con su célebre frase: “el fútbol es la inteligencia en movimiento”.

 

Entre la pléyade de escritores y poetas que han apreciado al fútbol están Rafael Alberti, Miguel Hernández, Eduardo Galeano, Albert Camus, Osvaldo Soriano, Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti, Camilo José Cela, con un adjunto de decenas de intelectuales, entre cineastas, filósofos, artistas plásticos e historiadores.

 

Volviendo a Borges, el mismo que el día del partido inaugural del Mundial de Fútbol de 1978, en Argentina, programó una conferencia sobre la inmortalidad, a él le parecía el fútbol una variante del tedio. Jamás practicó este deporte ni ningún otro (solo le gustaba el ajedrez). “Detesto el fútbol, es un juego brutal que no requiere un coraje especial porque nadie se juega la vida…”. Y así como el estadio Monumental se llenó en el partido inaugural entre Argentina y Hungría, la biblioteca que albergó a Borges en su conferencia también se atiborró de concurrentes.

 

César Luis Menotti, el técnico de la Argentina campeona del Mundial del 78, entrevistó a Borges para una revista literaria, poco tiempo después de haber conseguido el palmarés con el elenco gaucho. El escritor era una de las figuras admiradas por el entrenador. Cuando el autor de Ficciones estaba frente a Menotti, le espetó estas palabras: “Usted debe de ser muy famoso…”. El otro no sabía qué decir. Quiso articular algunas palabras. No le salieron. Y Borges finalizó la jugada: “Porque mi empleada me pidió un autógrafo suyo”.

 

Enrique Amorim, escritor uruguayo, autor, por ejemplo, de una novela alucinante como La Carreta, casado con una prima de Borges, fue con este a un partido entre Uruguay y Argentina. A ninguno de los dos les interesaba el fútbol. Durante el encuentro, ambos hablaban de literatura y otros temas. Al terminar el primer tiempo, salieron (creían que ya había finalizado el cotejo). “Bueno, le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay –le dijo Borges— para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz”. Y Amorim respondió: “Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para quedar, también, bien con usted”. No se enteraron del resultado y ambos trascendieron el apasionamiento y las rivalidades de un partido.

 

Como se sabe, con su amigo Adolfo Bioy Casares Borges escribió el libro Cuentos de H. Bustos Domecq, en el que al alimón crearon personajes como Isidro Parodi y el prologuista Gervasio Montenegro, el de la “fatigada elegancia”. Uno de los relatos, con el título Esse est percipi (“ser es ser percibido”, que sintetiza la filosofía de Georges Berkeley) es sobre fútbol. Es todo un cuestionamiento a ese deporte, a su parafernalia efectista, a sus complots y engañifas. Es un precursor de la realidad de corrupciones que luego se volverán paisaje con la FIFA.

 

En el cuento (con estructura de crónica), Honorio Bustos Domecq asiste con asombro a las revelaciones sobre partidos arreglados y otras patrañas, con la complicidad de la publicidad y los medios de comunicación. En la brevedad del relato hay una suerte de drama acerca de las puestas en escena sobre las triquiñuelas y el apoderamiento del mundo por un deporte como el fútbol.

 

En el Mundial del 86, hubo un partido adobado por asuntos históricos. La Guerra de las Malvinas, entre Argentina e Inglaterra, ocurrida cuatro años antes, fue un suceso que hirió el orgullo y patriotismo de los argentinos. Y aquel encuentro estaba lleno de expectativas y se respiraba un ambiente de vindicta. El 22 de junio, en el Estadio Azteca, hubo dos hechos descomunales: uno, el primer gol de la selección gaucha, anotado por el genio Maradona, con la mano; y el otro, pocos minutos después, el mismo número diez, desde la mitad de la cancha dejó regados ingleses, abatidos por la inteligencia y habilidad de uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol. Y marcó el segundo: el Gol del Siglo.

 

Ocho días antes, en Ginebra, Suiza, había muerto Jorge Luis Borges, a quien semanas antes muchos periodistas le preguntaban por Maradona. Y él, siempre dueño de un extraordinario humor negro, les contestaba que no tenía ni idea de quién se trataba. Prefería el gran escritor el juego de soñar infinitos mundos, de poetizarlos y alcanzar con las palabras el grado de divinidad que, a veces, algún futbolista también logra.

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“La lectura debe ser una de las formas de felicidad, ¡Sigan buscando la suya!”: Borges