Meursault o el hombre absurdo

(El extranjero como símbolo del descalabro de la razón y del sujeto)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

I.

 

En El Extranjero, de Albert Camus, novela publicada en 1942, hay, a escala, una representación del destino de Europa en dos guerras mundiales, la pérdida de la identidad del sujeto, el hombre convertido en una pavesa “al viento y al azar”. Es la simbolización de la apatía, del ya no me importa nada después del acabose. Hay en el protagonista de esta obra breve —que también, como otras muy famosas por sus primeras palabras, tiene un comienzo que trastorna al lector— una indiferencia por el transcurrir de las cosas, por la vida, por sus contradicciones. Meursault, un tipo sin ambiciones (así se lo dirá el patrón en algún momento cuando le propone irse a trabajar a París), es, por si hubiera dudas, un inyectado por las agujas hipodérmicas del desdén.

 

La novela, con una estructura temporal que avanza en presente continuo, dividida en dos partes, comienza de un modo en el que se expresa una duda, una aparente despreocupación por un hecho si bien no fundamental, sí singular en la vida de alguien: “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé”. Y en este encabezamiento hay una especie de condena, de actitud impasible, de aparente desprendimiento del mundo, que a un hombre como Meursault, despojado de prejuicios, lo puede perjudicar y hundir en el fango de las desventuras.

 

Habitante de Argel, el telegrama que le anuncia la muerte de su madre, lo hará viajar ochenta kilómetros en autobús a Marengo, pueblo donde está el asilo en el que él internó a su madre, cuando ya ninguno de los dos tenía nada que decirse. El extranjero, como el lector lo verá, es también una obra sobre la comunicación o, más bien, la falta de ella, con silencios y actos en los que la pronunciación de determinadas frases puede ser usada en contra del hombre que, en superficie, no exteriorizó ningún dolor ante la muerte de su mamá y, por el contrario, se mostró sereno, sin síntomas de ninguna pena. No es un tipo convencional.

 

Meursault —gran observador— padece una especie de extrañamiento del mundo, aunque para él, todavía un hombre joven, la culpa no es un tormento. Ni siquiera es una posibilidad de desequilibrio emocional. La novela, narrada en primera persona (Meursault es el narrador-protagonista), muestra en su antesala al hombre en medio de ancianos, del féretro de su madre, del director del asilo y de la vejez como un escalón muy próximo al final. Todo lo que en esta fase se dice tendrá, después, un sentido (¿un sinsentido?), y más aún, una consecuencia. Fumar un cigarrillo muy cerca del ataúd de la mamá, tomar café con leche, no derramar ninguna lágrima, no aparentar ningún dolor por la ausencia definitiva de su progenitora, serán marcas que prevalecerán en el desenlace de la historia.

 

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“Pues bien, habré de morir. Antes que otros, era evidente. Pero todo el mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivida”.

 

Meursault (¿un hombre absurdo?) es la caracterización de un ser que al menos en la vida exterior es un despreocupado. Sabe que, aun sin creer en ningún dios, de tener una visión del trabajo como si fuera una irremediable condena, el mundo seguirá. Y él no podrá cambiarlo. Existe en su condición un destino ineludible, una intrínseca forma de no poder eludir nada. Así se irán concatenando circunstancias, hechos, sociabilidades, encuentros, casi todos en un mundo estrecho, en el edificio de inquilinato donde habita, en la oficina, en las relaciones con María (antigua compañera de trabajo y sensual amante), Raimundo, un sujeto que vive de las damas, como si fuera un cafishio; Salamano, el viejo del perro sarnoso; Celeste, el dueño del restaurante… Todos son parte de una retícula, de una azarosa predestinación a la que no se le pueden hacer esguinces. Como en una tragedia de Sófocles.

 

Meursault sabe que ninguna muerte, ni siquiera la de su madre, cambiará nada. Ni acostarse con María. Ni servir de testigo a Raimundo para salvarlo de un juicio por maltrato a una amante. Quizá por eso, es un hombre que no se interesa por ningún cambio. Tal vez, aunque más que las palabras son los hechos los que lo van pintando, no es de los que se preocupa si las cosas siguen como están o no. Y, como el lector descubrirá, el amor no está hecho para él. Llega y listo. No hay una voluntad de alterar el curso de los acontecimientos.

 

¿Por qué debe alguien sentirse desgraciado con la muerte de su madre? Es una pregunta que flota en el ambiente y puede ser que hasta la pronuncie un cercano a los eventos. En este punto, puede ser interesante conectar El extranjero con El mito de Sísifo, de Camus, que es un planteamiento acerca del absurdo, con una hipótesis clave: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”.

 

¿Cuál es el sentido de la existencia? ¿Tiene vigencia la razón después de la catástrofe de las dos guerras mundiales, de los campos de concentración, del exterminio del hombre por el hombre? “Lo absurdo nace de esta confrontación entre el llamamiento humano y el silencio irrazonable del mundo”, como se plantea en el libro El mito de Sísifo. Y estos avatares, estas sensaciones y preguntas se expresarán en un personaje como Meursault, a quien la existencia o inexistencia de Dios no le interesa ni es una preocupación vital. Da lo mismo.

 

¿Y qué tiene que ver Meursault con Sísifo? Este personaje de la mitología griega, cantado por Homero, es condenado por los dioses a subir sin cesar una piedra hasta la cima de una montaña desde donde la roca volverá a bajar por su propio peso, haciendo que ese trabajo, esa labor del “proletario de los dioses”, fuera inane y se convirtiera en un eterno subir y bajar. “Trabajo inútil y sin esperanza”. Y la meditación de Camus va hasta encontrar que Sísifo es un héroe absurdo, “tanto por sus pasiones como por su tormento”. Está condenado a no acabar nada. A repetir una tarea siempre inconclusa, pero que, en el trayecto, sobre todo de vuelta para reanudar su pena sin fin, podrá reflexionar, tener nociones del tiempo, acceder a una conciencia sobre su atroz castigo. Y ahí, entonces, Sísifo será dichoso.

 

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II.

 

En la novela de Camus el calor, el sol, las metáforas sobre espadas de luz, sobre espadas ardientes, las arenas playeras, son una clave para determinar algunos comportamientos del protagonista.  El sol de Argel, un sol obnubilante, fabricador de sofocos, ¿un sol de justicia?, puede penetrar en el cerebro, quemarlo, ponerlo a delirar y luego hacer que un hombre que padece de extrañamientos dispare una vez, y después cuatro veces más, contra un árabe que ha esgrimido un cuchillo en una playa fatal.

 

Y antes del crimen, hay una serie de hechos, de amarres literarios en pro de la narración, de situaciones que conllevan a que un domingo trágico María, Raimundo y Meursault vayan a visitar a Masson, dueño de una cabaña. Y que por allá, en medio de los paseantes, estén unos árabes, entre ellos el hermano de la muchacha que Raimundo oprobió. Un cúmulo de circunstancias, de miradas, de encontrones, de ganas de venganza se irá tramando. Y el sol, como un leitmotiv, pero a su vez como un elemento perturbador, enceguecedor, estará acompañando la irremediable construcción y desenlace de la tragedia.

 

El sol resplandeciente, quemante, atronador. Con rojas fulguraciones, como una metáfora de sangre, como símbolo de la muerte y la violencia, estará calentando el cerebro de Meursault, que no podrá “vencer al sol y a la opaca embriaguez que se derrama sobre mí”. Y en esa primera parte de la novela, en la que el protagonista se pinta como el dueño de una ilimitada indiferencia por la vida, se vuelve a sentir con su canícula el sol, el mismo sol del día en que él enterró a su madre. No podrá librarse del sol ni de sus brillos enloquecedores. Es un condenado sin redención alguna. Un oficinista opaco que, de pronto, se ve transmutado en asesino. Qué absurda es la existencia.

 

Todo está planeado (¿por los dioses? ¿por las circunstancias? ¿por el inexplicable destino?) para que Meursault se convierta en culpable, en asesino. El extranjero es una obra en la que, más que calor, hay un resplandor que ciega la razón, un encandilamiento de los sentidos, un ineludible camino hacia la desgracia. Y así, el hombre-absurdo, el que lleva una vida sin muchos paisajes, entrará en los terrenos pantanosos (también pueden ser arenas movedizas) de la ley y sus mecanismos.

 

En El extranjero hay una particularidad: Meursault, tras el asesinato, se metamorfoseará. La segunda parte es como un despertar, una adquisición de conciencia y un apuntalamiento de las creencias y convicciones filosóficas de un ser que se enfrenta a un sistema envolvente. Sabe que no hay esperanzas. Es otro Sísifo. No tiene nociones del tiempo. Sentirá que todo es como un día, una repetición, una incesante permanencia en la celda. La misma espera. El mismo transcurrir, el mismo estar. Al principio, tendrá pensamientos de hombre libre; después, ante la opresión del encierro, sus pensamientos serán de presidiario.

 

“Todos los seres normales habían, más o menos, deseado la muerte de los que amaban”

 

En aquella detención sabrá que la ley está “bien hecha”. Que contra ella no procede nada. La instrucción durará once meses. Y el hombre, que recibe una visita carcelaria de María, sabrá que no hay salida. Se enterará de la mediocridad del abogado defensor y de la suficiencia del acusador. Pondrá contra las cuerdas al cura, que queda como un entrometido, como una suerte de marioneta religiosa, un pelele de la sinrazón, y se dará cuenta de que la vida no vale la pena de ser vivida. A nadie le importa si mató a un árabe, pero sí es muy sospechoso y denigrante su comportamiento desusado ante la muerte de su madre, su falta de dolor, su ida a un cine con María para ver, pocas horas después de enterrar a la señora Meursault, una película del cómico francés Fernandel…

 

El extranjero es una novela que quema. Todo en ella está bien urdido, sin espectacularidades verbales, con tasa y medida de conexiones, de pistas, de entrecruzamientos de causa-efecto. Apenas lo necesario para montar un tinglado de tensiones con una narración de impecable factura literaria. El acusado, que sabe que no hay desgracia completa, aspira a la apelación, pero, en el fondo, presiente la condena. Sabe, sin decirlo, que es una representación del Mito de Sísifo, como una reencarnación de aquella entidad griega. Un ser que, en la segunda parte de la obra, se abre a la luminosidad del conocimiento.

 

Meursault, ante la ley y ante la sociedad, es un desalmado. Un ser indolente. Una especie de cínico que puede hacer tambalear creencias, el estatus quo, lo establecido, las convenciones, la moral. Y así no merece vivir. Es un peligro. Solo la guillotina lo redimirá. Y librará de riesgos a los demás. Después de todo, de que la cuchilla (la ducha fría) “haga justicia”, el sol de Argel seguirá alumbrando.

 

(Reseña a propósito del Seminario de Novela Europea siglo xx)

 

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“No creo en Dios, me aburre”.

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Mamertos del mundo, uníos

(Origen y metamorfosis de la palabra mamerto en Colombia)

 

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Líderes del proletariado mundial. Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La muchachita, medio arribista y esnob, se infla los carrillos (o los desinfla) para decir, sin dársele nada: “ese man es un mamerto”. Y con acritud lo expresa alguna cara de palo de la “godarria” más rancia y reaccionaria, que hasta el propio Laureano se sonrojaría por tan extremas ideologías ultraconservaduristas, y sí, damas y caballeros, lo dice como si estuviera a punto de un orgasmo, no, no, más bien de un ataque de histeria: “¡mamerto!”. Puede ser la misma señora que se hizo famosa por haber pronunciado una frase tonta y sin gracejo alguno: “estudien vagos”.

 

A cualquiera que exteriorice cuestionamientos al orden (más bien desorden) neoliberal, al gobierno, a los partidos clientelistas y corruptos, quien se atreva a criticar a un sujeto que se cree el “mesías”, pero no el de Händel (ni siquiera el de la trilladora Handel, tan cara a López Michelsen), sino uno que ahora anda diciendo que las masacres deben ser con “criterio social” y al que algunos llaman “Él”, y otros —menos crípticos— el Innombrable. Bueno, el cuento es que si vos te ponés a “dar de baja” el discurso de la privatización de lo público, de darle madera al paramilitarismo y sus adláteres (los de la parapolítica), bueno, si estás controvirtiendo al poder y sus lacras, pues sos un mamerto.

 

Lo dice la señora de rosario de seis y la otra que cree que todo el mundo se va a “homosexualizar”, y la de allá, que dice que a las muchachas las quieren volver lesbianas, y así, en medio de la “propaganda negra” (ah, y por qué negra y no blanca o mestiza, o de otra tonalidad, “etnia” o condición), los que tienen sentido crítico y no tragan entero, no son parte de la grey desconcertada ni ejercen la “servidumbre voluntaria”, esos son ¡mamertos!

 

En cualquier caso, la palabra se volvió sinónimo de izquierdista, de comunista (no siempre disfrazado), de progresista, pero, a su vez, según la óptica derechosa, de bobote idealista que cree en utopías y sueña con la revolución social. “Ay, mamerto”, dice el gomelo. “¡Gas, mamertos!”, se le oye rebuznar a cualquier doña burguesa apergaminada que la cogió la tarde para ir al te-canasta o a tomar el “algo” al club de exclusividades. Sí, esos que están en el mitin; los que marchan; los que gritan consignas; los que paralizan el tráfico; los que convocan a plantones en solidaridad con los desplazados por la violencia; los que apoyan la minga indígena; aquellos que están por la prevalencia de la educación pública e impulsan una educación científica y popular, bueno, esos son los mamertos.

 

Se sabe que las palabras, en su uso y desuso, en sus ascensos y bajadas, van cambiando. Llegan nuevos significados y desaparecen los viejos. Son los gajes del lenguaje. Sus dinámicas. El origen del término en Colombia está conectado con varias circunstancias históricas y con una colectividad, el Partido Comunista Colombiano, el mismo que se fundó por allá en los años 30 y al cual López Pumarejo denominó, no sin ironía y guasa, el “partido liberal chiquito”. Ese mismo partido que, en las elecciones de 1946, apoyó a Gabriel Turbay y le dio la espalda a Gaitán, con quien tampoco comulgaron con su visión antiimperialista.

 

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El santoral católico  tiene varios San Mamerto.

 

Cuando se estableció el Frente Nacional, una alianza liberal-conservadora, excluyente, en la que los dos partidos tradicionales se alternaron en la presidencia y el poder, la izquierda, hasta ese momento representada mayoritariamente por el Partido Comunista, quedó al margen. Ya se había extinguido la guerrilla liberal, surgida en los primeros años de la Violencia, en los tiempos de la tiranía de Laureano Gómez; y los amnistiados por la dictadura (otros dicen que era una dicta-blanda) de Rojas Pinilla, muchos ya habían sido asesinados.

 

Con el influjo de la Revolución cubana, el surgimiento de nuevas tendencias de izquierda en oposición al bipartidismo ya era en los sesenta un paisaje de diversidades ideológicas, como la guerrilla del MOEC, fundada en 1959 por Antonio Larrota, y después, tras los bombardeos a Marquetalia, el Pato y Guayabero durante el gobierno de Guillermo León Valencia, la aparición de las Farc en 1964. Por aquellos mismos tiempos, surgieron otras guerrillas como el Eln (con significativa presencia de sacerdotes) y el Epl. La izquierda legal seguía representada por el Partido Comunista Colombiano y, a fines de los sesenta, surgió el MOIR (Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario), como un desprendimiento y transformación del MOEC.

 

El Partido Comunista, que seguía lineamientos de la Unión Soviética, se tornó en una colectividad revisionista. En las universidades tenía la presencia de sus juventudes (la JUCO) y, por lo demás, en su táctica establecía la “combinación de todas las formas de lucha”. Su secretario general, Gilberto Vieira, y la dirigencia y militancia, participaban en elecciones, cuando el movimiento armado se había declarado abstencionista (“abstención beligerante”). Y fue entonces, ante los comportamientos vacilantes de los comunistas línea Moscú, que los de la otra calle los comenzaron a llamar “mamertos”.

 

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Gilberto Vieira, secretario del PCC, acompañado por García Márquez.

El calificativo tenía origen en que los comunistas se “mamaban” de ciertas lizas, no participaban, o eran moderados frente a lo que se consideraban las luchas por la revolución colombiana. Y entonces se les endilgó el apelativo: mamertos. Porque, como advierte la lengua popular, “para el mamón no hay ley”. Bueno, digamos que mamerto rimaba con Gilberto. Y así se estableció, entre la segregada izquierda, la armada y la no armada, esa “chapa”.

 

A veces, en las universidades y en otros espacios públicos, había literales garroteras entre los militantes del PCC y los activistas del MOIR. En sus coros y diatribas no faltaba de parte de los moiristas hacia los comunistas el término que hoy se usa para señalar a toda la izquierda; o para decir en estos tiempos, como también se ha escuchado en las universidades, sobre todo entre estudiantes facilistas y de protuberante pereza mental, que un documento o un libro gordo es toda una mamertiada (como sinónimo de aburrición, ladrillo, qué pereza leer eso tan largo, cositas así).

 

En los debates políticos e ideológicos de los sesentas y setentas, la izquierda radical y foquista, la que no participaba en las lizas electorales y estaba por la lucha armada, consideraba que la otra izquierda, la más mesurada, la que hablaba del frente amplio y la construcción de alianzas programáticas con otras tendencias, no era parte de la revolución. Eran los “electoreros”, así no más, mamertos. La palabreja se usó hasta los ochentas en esa dimensión lingüística, con el criterio de que los del PCC eran los “mamertos”.

 

No sé cuándo el sentido cambió. Pudo ser después de la caída del muro de Berlín y la Perestroika. O quizá tras la “discurseadera” de la posmodernidad y otras yerbas. Cambiaron los relatos y correlatos. Se transformó la Guerra Fría, se diluyó el socialimperialismo soviético. Surgieron otras narrativas. Y, por lo demás, muchos izquierdosos recularon y se mimetizaron en la oficialidad. Otros renegaron de sus creencias, en particular los que eran más “botafuegos”. Los cooptó el sistema, cuando no las filas de las mafias del narcotráfico.

 

Después del dos mil, con la presencia neoliberal del uribismo, con su reelección, con los procesos de la yidispolítica, la extensión del paramilitarismo en Colombia, que desde los ochenta ya era una amenaza en diversas partes del país, con el reino del “todo vale”, con la macartización que con distintos mecanismos, unos sutiles, otros abiertos y violentos, se hizo de la izquierda, el terminacho de mamerto surgió como un señalamiento hacia los que pensaban distinto a los nuevos capos de la política (mejor, de la parapolítica y otras corruptelas).

 

Burla burlando los partidarios del autoritarismo, de la vulgaridad y la cultura mafiosa devenida estilo político (o politiquero), nombraron como mamertos a los discordantes. A quienes estaban en la otra orilla. Es que ni siquiera era ya para designar a la izquierda, sino para liberales y personalidades democráticas que se atrevían a disentir. Así que si usted es un crítico del sistema, uno que disuena, que no se alinea con los caporales y los señores feudales, usted es, así no más, un mamerto.

 

La ultraderecha  colombiana, especialista en satanizar y macartizar las luchas populares

 

Y, como si no bastara, la montonera de la ultraderecha, de sus bueyes y conmilitones, le puede poner un escapulario (cuando no una lápida) con vainas como “castrochavista” y otras sandeces. Hace parte, quizá, de una cruzada regoda y retrógrada que quiere hacer ver el diablo, demonizar, satanizar, a los que no están bajo su férula. Y así como doña cabal-gata, o cualquier don tales le pueden zampar su mamertazo porque usted no se prosterna, también —nada raro— lo pueden ir convirtiendo en “falso positivo” y asarlo en la “paila mocha”.

 

Pero no os preocupéis, queridos mamertos. Porque mamerto, por lo visto, ya no es el que se “mama” de alguna pelea social, sino el que, con sus posiciones y pensamientos críticos y punzantes (¿cortopunzantes?), pone muy “agrierudos” y con rasquiña en las verijas a quienes aún creen que pueden hacer lo que les da la gana con los oprimidos y descamisados de una patria que —qué vaina pues— todavía sigue siendo muy boba y atolondrada.

 

 

13-IV-2019

 

 

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Marcha estudiantil en defensa  de la educación pública.

 

Cortez vive en un rincón del alma

(Una nota fúnebre sobre el cantautor de Un cigarrillo, la lluvia y tú y Los americanos)

 

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Alberto Cortez, cuando un amigo se va…

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

“¡Se murió Alberto Cortez!”, le grité desde la sala. Ella estaba en una pieza de atrás y de inmediato estalló en llanto, fue al equipo de sonido y puso La vida, mientras seguía llorando. “La vida llega, se va la vida / como una rueda gira que gira…”. La noticia evidenció que una época se estaba yendo, la de una serie de cantores que nos cobijó con sus letras y músicas en torno a la utopía, a un poético tiempo de ideales que talvez no hayan muerto, pero son más bien parte de un pasado lúcido, lejano, con sonoridades de cosas entrañables y días de juventud.

 

La había visto llorar, a gritos, cuando supo del asesinato de Facundo Cabral y cuando se enteró, por mi voz, como de mensajero de siniestros, de la ida de Gian Franco Pagliaro. “Cuando se va no dice a donde va / es la frontera de la eternidad, la vida”. De Alberto Cortez, que no tenía una voz “enamoradora” y que a veces cantaba igual “Cuando un amigo se va” y “En un rincón del alma”, me pareció emblemática su canción Los americanos, una sátira que Piero volvió popular en los setentas, una década en la que la utopía estaba en flor.

 

“Cuando son mayorcitos
Se visten de turistas
Y salen por el mundo
Los americanos”.

 

Cuando comenzó a imponer su voz fuerte, casi sin matices, en los sesentas, con canciones de Atahualpa Yupanqui y musicalizaciones de poemas de Pablo Neruda, Cortez (José Alberto García Gallo era su nombre original) estaba en el camino de un tiempo que era grito, bandera, solidaridad de los pueblos y el surgimiento de la juventud como protagonista de la historia. Su pieza inicial, cantada por diversos intérpretes, fue Un cigarrillo, la lluvia y tú. En una gira por Europa, en la que el empresario dejó abandonado a los músicos, entre los que estaba García Gallo, comenzó a cantar en Bélgica boleros y chachachás que eran parte del repertorio de un cantante peruano llamado Alberto Cortez.

 

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Digamos que hay en el seudónimo una mancha. Una historia de imposturas y suplantaciones. Cuando quedó tirado en Europa por un empresario sin escrúpulos, García Gallo asumió la identidad del mencionado cantante peruano. En 1964, el original Cortez, el peruano, tuvo una propuesta de grabación en España, pero quien se presentó a los estudios fue el argentino. Grabó y tuvo su primer triunfo discográfico con Sucu-sucu. Las demandas llegaron. Sin embargo, el nacido en La Pampa el 11 de marzo de 1940, se quedó con el nombre, dado que la disquera pagó una fianza. El del Perú, que se comenzó a denominar El Original, escribió un libro, Yo sí soy Alberto Cortez.

 

Es un capítulo oscuro en la trayectoria del argentino. ¿Le empaña su historia, su currículum? Quiso enterrar el affaire, poco se refería al tema cuando algún periodista le indagaba al respecto. Y entre los vaivenes de las composiciones, las interpretaciones, las giras, Cortez se erigió como una figura, un cantautor, una suerte de rapsoda de la música de América Latina, el mismo que compartió trabajos con Serrat, Facundo Cabral, El Cabrero y otros.

 

“Cuando un amigo se va” puede ser una de las canciones más sonadas de Cortez. No falta en velorios y funerales. Se volvió un lugar común. “Cuando un amigo se va / se detienen los caminos / y se empieza a rebelar, / el duende manso del vino”. Pero hay otras que han ganado un lugar en la historia de la canción latinoamericana, como Callejero, Mi árbol y yo, Canción de amor para mi patria, A partir de mañana…

 

“Si a partir de mañana decidiera vivir la mitad de mi muerte
o a partir de mañana decidiera morir la mitad de mi vida,
a partir de mañana debería aceptar, que no soy el más fuerte,
que no tengo valor ni pudor de ocultar mis más hondas heridas”.

 

Alberto Cortez, aprendiz de Quijote, grabó un álbum en homenaje a Gardel, en el que cantó, entre otros tangos y canciones, Melodía de arrabal, Silencio, Volver y Sus ojos se cerraron. También interpretó Fábula para Gardel, un poema evocativo de Horacio Ferrer y Astor Piazzolla. “Quién es
ese Carlitos, ese fantasma / tan arisco, /empecinado / con seguir guardado / en la cueva con asma / de su disco”.

 

Tal vez, para mi gusto, su mejor canción haya sido En un rincón del alma, esa donde “duelen los te quiero que tu pasión me dio…”. Queda la pena de un adiós, de un viaje definitivo, la ausencia. Y, claro, la presencia de un cantor que seguirá llenando espacios íntimos, que será parte de un tiempo en que la utopía era parte de la vida cotidiana de caballeros andantes que todavía no han sido vencidos, pese a sus oxidadas armaduras.

 

Ah, sonaron a “todo taco” otras tres canciones de un elepé de Cortez. Ella seguía sollozando. Era jueves. Las noticias decían que un cantor argentino se quedaría albergado en “un rincón del alma”.

 

(4 de abril de 2019)

 

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El cantautor argentino Alberto Cortez (1940-2019)