Almagro, Irene y la gorda del segundo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

N.B. En diciembre de 1994, me hospedé en Almagro y sobre sus cotidianidades escribí varias notas. Esta fue una de ellas.

 

Almagro es un viejo barrio, al occidente de Buenos Aires. Tiene calles adoquinadas y ventanas con jazmines. También tiene librerías de usados, tanguerías, estación del metro (del subte) y, en la esquina de Rivadavia y Medrano, la muy histórica confitería Las Violetas, inaugurada en 1884, de enormes portones y vidrieras impecables, en la cual, en medio de olores diversos de buena cocina y repostería, uno puede ver a un par de ancianas que hablan de nostalgias (eso se escuchó) alrededor de un café. Muy cerca de allí está la calle Lezica, con sus fachadas grises y sus balcones tranquilos, y una biblioteca para ciegos.

 

En Lezica, entre Gastón y Medrano, uno se puede encontrar a un tipo que desencierra a su perro los domingos, es decir, le da la oportunidad de mear en las aceras y oler los troncos de varios “palos de borracho” sembrados en los antejardines. Y a alguien obsesionado en filmar una película sobre el Che Guevara, y, de pronto, a algunos muchachos paraguayos y peruanos, que habitan una “casa tomada” (un fenómeno similar a lo que acontece en el cuento de Julio Cortázar). Ah, sí, en este caso se trata de caserones que nadie habitaba y que, por lo general, inmigrantes en la miseria, invaden. Es como un ciclo de las desventuras. Hay muchas “casas tomadas” en Almagro y otros barrios porteños.

 

En Lezica, en la planta baja de un edificio de cinco pisos que tiene una hermosa puerta cancel y un quejumbroso ascensor de rejillas, está la casa de Irene. Un farolito, a la entrada, lo recibe a uno con su media luz. Adentro, el mundo comienza a ser de otro tiempo, un tiempo viejo como el que muestran las páginas de una enciclopedia Larousse, en francés, del siglo XIX, que Irene tiene sobre un nochero. O como el de aquellos libros infantiles — también en francés — con preciosas ilustraciones litográficas. O como el que se siente al observar unos formidables escaparates que pertenecieron a los abuelos de Irene y que, cree uno, albergan fantasmas en vez de ropas.

 

La casa de Irene tiene los techos muy elevados, y desde unos rosetones de concreto se desprenden las lámparas; las puertas de los cuartitos combinan madera y vidrio, y en algún rincón un desmesurado baúl guarda las ropas de invierno y de otoño. También hay una vetusta máquina Singer con cajoncitos tallados y, en el baño, un calefón blanco junto al cual no llora ninguna biblia, como hubiera podido decir Discépolo en los días en que escaseaba el papel toilette. La casa de Irene está llena de flores de seda, flores muertas que, sin embargo, le dan un aspecto de vitalidad al “departamento”.

 

Claro que lo más importante de la casa de Irene no es la construcción añeja, ni los cuadritos del Moulin Rouge ni del puente Alejandro de París, sino Irene misma. Ni más faltaba. Es una señora solitaria, que ama a Borges (cada que relee su poesía se pone en estado de frenesí), y de joven fue una excelente bailarina de tangos, milongas y tarantelas. Ahora Irene escribe poemas, cuya escritura interrumpe cuando escucha a la gorda del segundo piso del edificio contiguo, insultar a los vecinos, a veces imaginarios.

 

En efecto, la gorda se asoma a una ventana y putea a mujeres y hombres invisibles. Irrumpe con su cara redonda, untada de cremas, y con el pelo entubado, con amarres de cintas fucsias, y expulsa una diatriba contra el mundo. Es una presencia subyugadora, sobre todo cuando camina por Lezica, ataviada de transparencias y tules, con una niña que se aferra nerviosa a su mano regordeta. Mónica —así se llama la dama de abundosas carnes— puede montar un show de insultos a medianoche, sobre todo contra los hombres del edificio, todos muy viejos y tristes. “Son unos cobardes”, les grita, y su voz rebota en paredes y vidrieras. Parece que todos le temen, excepto, quizá, una mujer de otro piso, que una tarde le aventó varios huevos.  La gorda, desde luego, respondió con otra tanda de “misiles” de gallina, que cayeron casi todos en el patio de Irene.

 

Cuando la gorda se enferma, el vecindario desea que se alivie. Necesitan su presencia opresiva. Todos se han acostumbrado a sus furiosas imprecaciones y a su vocabulario soez. Ella, sin duda, domina, no solo con su vastedad, sino con su bastedad y loca manera de agredir. Al mismo tiempo, todos (eso se dice en voz baja) desean que se largue y los deje en paz.

 

Almagro es un barrio con olor a pizza y damascos. También a pan dulce de Las Violetas, ese bar notable que albergó en sus mesas a Alfonsina Storni y Roberto Arlt. Detrás de las fachadas grises, descaecidas muchas de ellas, se esconden historias como las de la mujer desmesurada y vociferante, o como la de una señora silenciosa y sutil, que diseca flores y escribe poemas sobre el tiempo y la soledad.

 

Confitería Las Violetas, en el barrio Almagro.

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Viejo barrio

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Las flores de un día alfombran las aceras

Las mariposas vuelan al paso de los carros

Algunas quedan aplastadas, con sus alas amarillas

Estampadas sobre tela de cemento.

 

Allí, sobre la esquina de nombre hebreo,

Estuvo la casa múltiple de los Cohen

Barco de vapor de río muerto y renovado

Es su fachada de muchachas idas

 

Allá, en mitad de la enjardinecida  cuadra

Vivió una reina de belleza muerta años después

Con muchas arrugas en la cara y el corazón

En una selva oscura, como la del poeta.

 

En una encrucijada de casas preciosistas

Con torreones y ventanas sin testigos

Se chocan el descubridor del Pacífico

Con el invasor de los pueblos de la sal y de las quebradas.

 

No sé por qué me gusta caminar por estas calles viejas

Que en otros días discurrían en soledades

La gente vivía hacia adentro, con sus fonógrafos y vajillas chinas

Y sus cajas fuertes con tesoros de trabajos no forzados.

 

En la esquina de los conquistadores un caserón me mira

Adentro, me han dicho, hay piscina y un árbol de la vida

Y rosetones con vidrieras belgas y un órgano alemán.

Las ventanas tienen jardines colgantes y un miedo al exterior.

 

Es el barrio más bello de la ciudad vanidosa

En la que antes hubo chimeneas y flores todo el año

Es el más lleno de fantasmas y de rosas atardecidas

Que nadie regala porque las mozas se han esfumado.

 

En esta casa que tiene aspecto de castillo galés

Vivió una señora de hablares con acento

Que tenía una agencia de filantropías y novenarios

Y era amiga del sacerdote de la iglesia de los curazaos solferinos.

 

Pasearse por sus calles amplias es una lección de historia

Olvidada en los portones y contraportones, en las aldabas y claraboyas.

Un león dormido se estaciona a la entrada de donde vivieron los Molina

Una familia que tenía fábricas de medias y una muchacha sin habla.

 

Por aquí, en el cruce de una calle con apellido de ingeniero inglés

Con otra de nombre de república bolivariana hay un edificio breve

En lo que antes era un caserón de tejas españolas con voces de piano.

No se ve salir ni entrar a nadie. En los balcones hay cuernos reverdecidos.

 

Tantas cosas han cambiado en el viejo barrio de noches perfumadas:

Los cadmios, sin embargo, siguen, con los jazmines nocturnos

Esparciendo en la soledad de sombras chinescas aromas de otros días

Cuando las muchachas en las ventanas recibían una serenata de luna.

 

Los faroles y las fachadas y los portones que ahora cubren rejas

Se han dormido ante la ausencia de los que se fueron para siempre

Y hay puertas y ventanas que no se volvieron a abrir (ni a cerrar)

Con techos por los que el cielo mojado se filtra con lágrimas azules.

 

El viento con plumas de la mañana del viejo y nuevo barrio

Transporta perfumes de otros días, de París y New York

De señoras fantasmales que vuelan sobre los entejados de sol

Como fugadas del sueño imposible de un cuadro de Chagall…

 

Caminar por estas calles de ancianos en los antejardines

Y de tapetes amarillos que vuelan dos o tres veces al año

Es ir de súbito hacia los días de esplendor que se ocultan

En las paredes descaecidas y en las hojas de los casco’evacas.

 

Todavía por la avenida ancha que tiene nombre de batalla

Hay castilletes y rejas de hierro forjado y una torre de cristal

Y la memoria encanecida de una palomita blanca sin vals

Que se posa sobre las campanas mudas de antiguos muertos.

 

 

Imágenes de un viejo barrio, de antiguas vanidades y presencias históricas. Fotos de Carlos Spitaletta

 

 

 

¿Barrios de edificios o edificios sin barrio?

(Un recorrido por viejos y nuevos paisajes urbanos, y una agonía)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Empezando porque casi todos son unos edificios sin decoro, ni decoración. Simplones. Sin gracia, antiestéticos, y que, desde afuera, dan la impresión de ser una deplorable colección de calabozos, arquitectura carcelaria, el hacinamiento de un poco de gente que ni se conoce. Ni se saluda. Ni les interesa si los otros existen o no. No hay Juanes ni Carlitos ni doñas Leonisas. Menos Nélidas, Victorias o Azucenas. Tampoco Auroras ni Américas ni Rubielas. Que todos estos son nombres de mucho tiempo atrás, “gracias” que ya no son (¿cuál es su gracia?, se preguntaba para que alguien dijera su nombre). Y los de ahora, ni se pronuncian, no solo porque algunos son difíciles (o impronunciables), sino porque se desconocen.

 

No sé si es que lo que antes llamábamos barrio está creciendo “de pa’rriba”, a lo rascacielo, pero con menos ampulosidad y ambición. Y con mayor degradación de la arquitectura, o de las viviendas. No se me quitan las ganas de hablar de estas edificaciones, con sobrenombres de torres —que ojalá fueran una Eiffel, o, al menos, una Babel, o una de ajedrez— como unas expresiones tuguriales. Es que he visto unas tan feas, tan feas, que uno tiene que voltear la cara, como en un tango, con ganas de ponerse a llorar por lo esperpénticas, adefesios urbanos, sin casta, ni son ni ton.

 

Claro, se me dirá, no sin razón, que hay unos edificios de apartamentos de gran dignidad, con amplitudes interiores, ventanales y luz natural, pero, no abundan. Excepciones. Y para el caso, da igual. Porque lo que quiero indagar es si un complejo de torres o edificios sigue siendo un barrio. O solo una urbanización, ciudadela, conjunto y no sé qué otras denominaciones, sin otro sentido que el de la habitación, pero sin sociabilidad. No me suena por ningún lado que tal congregación de altas construcciones sea un barrio. Y es lastimoso. Porque un barrio es vitalidad, encuentro de lo público y lo privado, ejercicio de la palabra, vecindad y lugares para practicar la amistad.

 

Un barrio, para muchos de nosotros, que ya tenemos cierta edad o que, por lo mismo, alcanzamos la mayoría de edad de todas las razones, con autonomía y los sesos todavía en buen estado, digo que un barrio es la patria. O, al menos, la sucursal. Un barrio es un poco de paisaje de tienda y de ventanas abiertas, de vecina que todavía se viste con trajecitos de atrevimiento para llamar la atención, de muchachos que persiguen un balón de esquina a esquina. Es tener árboles con azulejos y carpinteros y uno que otro arrendajo. Y teja española y balcones que atardecen con golondrinas.

 

Cuando se camina el barrio, con aceras diversas, de vitrificados, de cemento viejo, con hendiduras, unas lisas, otras muy desequilibradas, con gente en un corredor, con sillas que conversan, es una aventura de las cosas simples. Allí un aviso de peluquería, allá otro de misceláneas, más al fondo una panadería con vitrinas frescas. De pronto, una sorpresa: “se reparan teléfonos antiguos”. O con un aviso “sastrería: reformas”, hecho de cartón duro o de acrílico. Y todavía hay forraduras de botones, venta de helados, la sede colorida de unos juglares, bueno, de todo como en las boticas de hace años.

 

El barrio da carácter, conciencia de estar atado a un territorio, cierta manera de enlazamiento, de pertenencia a una comunidad. Es un espacio diverso para las historias, los intercambios (de miradas, de saludos, de transacciones de tenderete…), el mundo de afuera. En cambio, los edificios son más el adentro, el aislamiento, el creer que se está seguro entre enmallados, en tener porterías y porteros, en el carecer —en general— de relación con el otro, que es más un representante de la desconfianza, un enemigo en potencia. Un extraño.

 

Hasta el fluir del chisme, las consejas, cierta maledicencia, hacen el ambiente barrial más apetecido, más humano. Y aunque hoy los muchachos son más de las interioridades, por los aparatos, por las tecnologías, en el mundo múltiple de un barrio se da la posibilidad de la reunión afuera, en una disputa futbolera (cada vez menos significativa en las calles), en una sentada de esquina para la simple conversa sin otros atributos que el estar con los demás.

 

Puede ser, claro, asunto de costumbre. De no aceptar los cambios y quedarse más con las permanencias, las continuidades. O, se podría decir, materia de resignación. Pero lo que soy yo, que ya he vivido en multiplicidad de barrios (también en uno que otro edificio) me sigue interesando la vida color ladrillo, los antejardines, las ventanas y fachadas, algunas descaecidas y vetustas. Ver los contadores de agua y de energía, los trabajadores que los van leyendo, incluso tener que toparse con la impertinencia de los que van proclamando milagrerías y anuncios de dioses. Me sigue gustando el pregón del frutero y, quién lo creyera, todavía el de los voceadores de periódicos, un elemento (el diario) que ya es más parte de una arqueología.

 

Sí, lo sé también. El barrio es una entidad que está en crisis, en agonía, aunque todavía, dice uno, le falta mucho para fenecer. Está, parece, en vías de extinción. Hace años, cuando en los barrios se erguía una construcción de cuatro pisos, era una novedad. Recuerdo algunas, con fachadas de mosaicos, con escaleras por fuera, a la vista. Pero no chillaban. Porque, de otra parte, los residentes se vinculaban con la cotidianidad. No estaban marginados. No había entonces la noción de gueto.

 

En muchos lugares de la ciudad, los viejos barrios están cediendo sus espacios al crecimiento vertical, a la vivienda en altura. Ya hay sectores “contaminados” por la irrupción cancerígena de torres, que, por lo demás, son más bien grotescas. Ah, sí, una que otra tiene buena presencia, como dirían las señoras de antes. Que las hay, las hay. Pero he visto unas groserías, que ni las cárceles (bueno, Agustín Goovaerts diseñó en Antioquia unas muy bonitas, pero qué pereza estar en una de ellas, por bellas que fueran). Dense un pasoncito, por ejemplo, por ciertas partes de lo que antes se llamó Miraflores, o por La Floresta, o por los altos de Calasanz, o lo que era una belleza de barrio como el San José Obrero, de Bello, hoy destruido.

 

Hay unos conceptos de alta dignidad, en lo que a edificios residenciales se refiere, como la unidad Marco Fidel Suárez, más conocida como las Torres de Bomboná, o los que están en La Playa o unos que sobreviven en Maracaibo, o en el parque Bolívar. Pero, en cuanto a la construcción genérica de edificios, que pululan como una peste, como una invasión de langostas, hay unos muy desventurados, inhumanos, con menos ángel que demonio.

 

En Medellín, todavía nos quedan algunas barriadas sin tantas heridas, como en partes de Aranjuez, Manrique y, sobre todo, la conservación (a duras penas, a regañadientes) del espléndido barrio Prado. Poco en Boston, poco o casi nada en Buenos Aires, en el viejo Bomboná, en El Salvador. Y nada de nada en El Poblado. En Laureles (un barrio de viejitos, como dicen los pelados) los edificios borraron los caserones, pero el sector conserva rasgos de su antiguo esplendor y belleza.

 

Soy un tipo de barrio. Soy como los tangos de los años cuarenta (y los de antes), con poesía de ladrillo y acera (vereda), con zanjones y faroles de enamorados. Como los viejos barrios parisinos, neoyorquinos, porteños, que conservaron su historia, su estructura, su espíritu original, sin oponerse a rascacielos ni deslumbradoras torres. Sí, soy del “barrio de tango, luna y misterio”, con perros que todavía le ladran a la luna. Y en los que los muros todavía nos siguen hablando.

Barrio, del arquitecto Pablo Della Torre

Padre e hijo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Al principio, una cara expectante

Observa el llanto con risa inexperta

Busca en el reciente rostro una señal

Un parecido, un rastro de un tiempo que no es más.

Con los días, ojos amarillos sonrientes

Gato en la oscuridad tanteando el suiche

Un llanto intempestivo

Pudo haber hecho inferir: un ratón lo mordió.

Más tarde, los brazos extendidos en llamado

Para caminar hacia donde se oculta el sol.

Y así, el hombre se pareció al pequeño ser naciente

Con sus cantos navegantes de Antillas lejanas

Con sus manos sin anillos ni barnices

La voz pasó del arrorró a los consejos para el después.

Festejó las primeras palabras del retoño

Murmuró al garete: “llegará a ser alguien”

Soñó con mapamundis para jugar al fútbol

Y elevó la cometa, aflojando, recobrando

En un cielo de avena que bailaba en el aire

Al final, barrilete sin control

El hijo le perteneció al mundo

—Y la cara expectante se arrugó de esperas—

Navegó a la deriva, sin timón ni gaviotas

Hasta hundirse en el olvido de una edad sin nombre.

 

 

 

Cronopios en las escaleras de mi casa

 

(Reducción al absurdo para evocar a un tal Julito y a un duende doméstico)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Los cronopios nacieron en el teatro Champs Élysée, de París, en 1952, en el entreacto de la ópera-oratorio Edipo Rey, de Igor Stravinski, con libreto de Jean Cocteau, que en aquella presentación histórica estaba haciendo el recitante. Julio Cortázar se encontraba entre los espectadores y, de pronto, se sintió solo en la sala, todo el mundo había salido a tomar café y a comentar las incidencias de la obra, cuando él, en el ambiente, flotando, sintió unos personajes “indefinibles, unas especies de globos que yo los veía de color verde, muy cómicos, muy divertidos y muy amigos que andaban por ahí circulando”.

 

Supo, en ese instante sin tiempo, que se llamaban cronopios, loquillos en apariencia, muy poetas y sensibles, sin miedos ni apuros, con cierta dosis de irreverencia. Los saludó y conversó un ratito con ellos, aunque quería quedarse a tomar el café que no había podido beber, porque, claro, se había quedado para encontrarse, sin saberlo, sin esperarlo, con los personajes verdes, volátiles, que diez años después, en un libro que causó sensación entre adolescentes y en los ánimos de uno que otro vejestorio soñador, se publicó con el título de Historias de Cronopios y de Famas.

 

A diferencia de los cronopios, brincones y carentes de vergüenza, los famas son conservadores y muy ordenados. Así que estas notas las dedicaremos a aquellos que van por el mundo haciendo bullas y declarando que aman la libertad, el absurdo y lo que puesto a la vista carece de lógica. Los cronopios andan sueltos en parques y a veces se cuelgan de las lámparas de araña de las iglesias para reírse de los que van a dormir en las bancas, y son burleteros, como Rigoletto, el duende musical que habita en mi casa y del cual ya he narrado parte de sus travesuras en otros escritos.

 

El nacimiento de los cronopios tenía que ocurrir, precisamente, en el homenaje que París le rendía a Stravinski, en un teatro en el que solo uno de los espectadores estaba listo para verlos y entenderlos, para la comunicación con unos picarillos mudables que después se introdujeron en la cotidianidad de señoras burguesas y estudiantes de colegios de monjas.

 

Los cronopios no son propiedad cortazariana, aunque a él se deba su existencia literaria. Son de los que los quieran adoptar. O, por lo menos, deseen que se les sienten en el sofá de la sala, le pellizquen el trasero a la visita y hagan aburrir a la suegra cuando llega vestida de domingo, muy atardecida y dispuesta a hablar sin frenos ni cortesía sobre lo mal que le ha ido a su hija. O que, como Rigoletto, se introduzcan en el equipo de sonido, y si lo que está sonando es de su predilección, suban el volumen a su amaño hasta llegar a límites que pueden hacer estremecer la casa y poner el corazón a punta de salirse y dar saltos por el corredor.

 

Los cronopios son capaces de ponerte zancadilla cuando estás a punto de entrar de urgencia al inodoro o en momentos en que vas descendiendo por las escaleras rumbo a aquella tortura cotidiana que denominan el laburo, o, en otras palabras, el trabajo, que por estos lares y por casi todos se volvió una manera de la virtud y la peor forma de aburrirse. Porque, se dirá, hay mejores maneras para entrar en el mundo de los seres que se aburren, como el pintor aquel que era tan alto, que la frazada que tenía (más bien: esta era pequeña) no le daba para cobijarse todo: si se cubría los pies, del pecho para arriba quedaba al descubierto. Y así.

 

Sin duda, a ese artista de la aburrición (que un tal Moravia describe con maestría) los cronopios le tuvieron que hacer cosquillitas en los pies, con plumas de gallina o con pinceles suaves. Los cronopios son expertos en dar instrucciones sobre todas las cosas: cómo besar a una vieja caliente sin perder el apetito; cómo acostarse en un colchón de blanduras de pluma sin sufrir un dolor lumbar; cómo llorar con “un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza”.

 

Como dicen ciertos pelados, los cronopios “no comen de nada”. Van a lo que van. Y vienen a lo que vienen. Sin escrúpulos. Te pueden dejar en un momento determinado sin papel higiénico en una situación de crisis intestinal. O, para no caer en ámbitos de alcantarilla, te pueden susurrar toda la noche, sí, ahí, pegaditos a las orejas, y te harán el sueño imposible. Lo dejan de hacer cuando los invitás a café caliente y bien cargado, ya sabés.

 

Una de las historias del libro, sí, de ese publicado en 1962, que tiene su modo de atraer el miedo, es aquella que comienza así: “En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere”. Los cronopios, que han adquirido una alta graduación de maldad, son expertos en alterarles los nervios a los unicornios y a algunas bestezuelas que aparecen de vez en cuando para asaltar escaparates y cómodas, y que, al querer entrar a buscar cambuche, los reciben con risotadas sorpresivas y con orines muy bien arrojados a la cara de los monstruitos.

 

Tal vez, la máxima expresión de los cronopios en el uso eficaz del sentido común, la constituyan las instrucciones para subir una escalera. Con esa guía ellos gozan hasta caer barriga arriba, muertos de las risotadas, cuando la gente las sube de frente, “pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas”. Estos seres extraordinarios, que flotan como globos de piñata en una salón de cumpleaños, comen raviolis y fríjoles con garra, aunque lo que más les agrada es la aguapanela con limón, una bebida con misterios incorporados, que hace que los tenores alcancen tres y cuatro escalas y den el do de pecho sin ninguna dificultad aparente.

 

Todos sabemos que Edipo rey, el liberador de Tebas, no pudo hacer nada contra el destino. A los cronopios, en cambio, les importan un pepino lo que les trace el sino, la fatalidad, la rueda de la fortuna. Nada de esas celadas los alteran. Se ríen del que se quedó sin trabajo, porque, dicen, ha logrado una manera de la independencia y la libertad. Y del que lo atropelló el tranvía por ir mirando el culo de las muchachas de falda corta, porque al menos se distrajo en un paisaje conmovedor.

 

Ah, y en cuanto a poner sobrenombres, son una maravilla para la invención, que no es más que ponerles cuidado a las cosas que pasan. Y a las maneras de ser. A la señora robusta, sí, la que habita diagonal a mi casa, que siempre está asomada a la reja viendo pasar los carros y el mundo, la bautizaron como Culo Rubio, al tiempo que al cuidador de automóviles, un tipo calvo y ojiazul, de dulceabrigo rojo en la mano, lo llaman “Lengua de tigre”, debido a que es un aficionado sin límites al chismorreo.

 

Los cronopios del libro de alias don Rayuelo se pasan a veces de anaquel en anaquel, provocan un ruido de demonios invitados a un aquelarre, en el que ponen patas arriba a las brujas, casi todas pelinegras y de caderas exuberantes, y se los digo, no dejan dormir. Hay, cuando lo ocasión lo amerita, que llamar al inquieto Rigoletto para que ponga orden en la casa, les programe un poco de música para insomnes y los deje roncando en gavetas y alféizares.

 

Son como niños indóciles. Se vuelan por la calle San Martín (sembrada de laureles, guayacanes y araucarias), llegan hasta donde está el busto del libertador argentino y se paran en su cabeza de bronce a reírse de todos los que pasan. Ya les han arrojado piedras y un borracho les mandó un salivazo espeso que quedó colgando de la nariz del prócer. Me parecen divertidos, pese a las molestias que en ocasiones causan, más que todo porque pertenecen a un mundo que ya no existe, sin relojes, sin paradas de buses, sin filas de bancos, y entonces quieren que volvamos a los tiempos en que uno se quedaba sentado en medio del teatro, sin café y sin músicos, viendo volar globos verdes en los que iban montados los cronopios de un tal Julito, más loco que ellos.

 

“En casa del Jacinto hay un sillón para morirse. Cuando la gente se pone vieja, un día la invitan a sentarse en el sillón…”

 

Un festivo París bajo el cono azul

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En una carta, Ernest Hemingway, un escritor tan leído como imitado, advertía a un amigo, en 1950, que “si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida”. Y al autor de El viejo y el mar lo siguió la Ciudad Luz toda la vida, porque “París es una fiesta que nos sigue”. Puede ser la ciudad más cantada (bueno, otras le disputan ese privilegio: Nueva York, Roma, Buenos Aires…), pero, en todo caso, era en otros días una de las más mentadas, por ejemplo, en el tango argentino. Y hay que recordar que cuando París dio su beneplácito a esa música tremenda, perturbadora, a fines de la primera década del siglo XX, la burguesía porteña y la aristocracia (no la del arrabal) se prosternaron ante ese fenómeno extraordinario de la cultura popular del Río de la Plata.

 

Hemingway se dejó deslumbrar y querer por París, sin caer en la tentación de naufragar en la vorágine de la bohemia. Al contrario, se burló de aquellos “artistas” que creían que la borrachera y los desórdenes de los sentidos los inspirarían y mejorarían sus producciones. Y el escritor fue fiel a su vocación, en París y en todas partes donde estuvo. Y tal vez fue en esa ciudad de prodigios donde aprendió a escribir de un modo que hiciera efectos en el lector sin que este se diera cuenta.

 

Bueno, pero para cambiar de horizonte en el viejo París, el tango, o varios de ellos, como Marión, Anclao en París, La que murió en París, Madame Ivonne, Noches de Montmartre, tienen historias que se desarrollan en esa ciudad de poesía y alucinaciones, de cabarets y vidas licenciosas. Otro, de bar de esquina, es Bajo el cono azul, de Alfredo De Angelis y Carmelo Volpe, grabado en 1943.

 

En los cafetines de Bello, dotados de pianolas luminosas, se escuchaba la versión de De Angelis con la voz de Floreal Ruiz. La música se esparcía en el ambiente de botellas y copas, y salía a la calle, a chorros. Era atrapadora y suscitaba una cierta melancolía con sus acordes introductorios. No sé en cuál de aquellos bares tenían otra versión de ese tango, con la Orquesta Típica Víctor y la interpretación vocal de Alberto Carol, quizá con más musicalidad, o un no sé qué, un sentir inexplicable, que se me quedó grabado en los tejidos de la memoria.

 

Tiempo después, el mundo del teatro me hizo escuchar (y ver, porque las palabras se ven) aquel tango de otras maneras, siempre, no sé por qué, con una luna artificial sobre el recuerdo. “Bajo el cono azul de luz bailando está Susú su danza nocturnal…”. Una imagen de una muchacha iluminada en un escenario que casi siempre estaba solo, con una soledad que nadie entendía más allá de las luces. “Sola, en medio del salón se oprime el corazón, cansada de su mal…”.

 

En esa parte, a veces me preguntaba cuál sería su mal: si una enfermedad, que hay tantos tangos que se refieren a estados mórbidos, como los hay sobre mujeres que tosen y tosen, como Margarita Gautier, por ejemplo. Su mal pudo estar más en su dolor de ausencia: “veinte años y un amor, luego la traición de aquel que amó en París…”.

 

En ese tango —me parecía entonces— había una tristeza sin límites, un vacío existencial, una relación rota que deja huecos y abismos en el alma. “¡Mariposa que al querer llegar al sol solo encontró la luz azul de un reflector!”. Había (bueno, hay todavía, que cada vez que lo escucho hay una especie de desprendimiento interior) un lado de la tragedia, la de la muchacha azulada por la luz: “Bajo el cono azul envuelta en el tul gira tu silueta en el salón…”, sí, y yo creía que el azul era el color de la melancolía. Una melancolía pegajosa, agria y dulzona a la vez, que se aferraba a la piel y a la garganta en nudos.

 

La muchacha me daba la impresión de una inestable fragilidad, a punto de romperse,  o, desde otras perspectivas, a punto de quemarse cual mariposa desorientada por el calor del reflector. “Y yo desde aquí, como allá en París, sueño igual que ayer otra ilusión…”, y en esta parte de la canción surgía otro punto de vista, y la muchacha se invisibilizaba, se iba, era parte de un recuerdo de otro: “No sé si te amé… acaso lloré cuando te alejaste con tu amor…”. Aquí podría haber confusiones, quién narraba, a quién más le dolían las ausencias parisinas. Ella, allá, bajo el cono azul, y el otro, distante, en actitud de recordaciones.

 

“¡Triste recordar! ¡Sigue tu danzar!… Yo era solo un pobre soñador”. Y en este punto, tampoco sé por qué, París estaba presente en los que iban allá a soñar, a buscar otra luz, y en las ganas de estar en esa ciudad tan literaria, tan novelada. El tango emanaba de las gramolas, con irrigación de músicas en las calles, en las ventanas, en las esquinas de muchachos a los que el amor todavía no les había jugado ninguna mala pasada.

 

Y de pronto, el cono azul se iba diluyendo, porque la muchacha ya no bailaba bajo el chorro luminoso y más bien estaba llorando en las sombras del salón. Qué drama en tan pocas palabras, qué historia sugerida con algunas pinceladas verbales: “solloza un corazón su mal sentimental…”, ella todavía en París, y el otro, quién sabe dónde. “¡Mariposa que al querer llegar al sol solo encontró la luz de un reflector!”. He ahí la verdad de ese París de melodía, un espejismo, un brillo extraviado en la noche de los desamores.

 

Hace poco, y sin anunciarse, ese tango volvió a aparecer en mi entorno, y las brumas de un tiempo de ensoñaciones se despejaron, y ahí, bajo el cono azul de luz, volví a ver aquella muchacha, llamada Susú, quemada en la luz de un reflector.

El fanático

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Primero que todo en la cara del fanático se estampa una ecuación peligrosa: no cree en nadie sino en sus creencias, en sus puntos de vista, sesgados casi siempre, en lo que lo hace inclinar, o, de otro modo, prosternar. Lo que piensa y lo que cree es la verdad, la suya, la única. No hay más posibilidades. Ve solo lo que desea ver, no hay nada más allá de él y sus gustos, sus adicciones, sus realidades, que él limita hasta dónde puede avizorarlas. No tiene horizontes, los niega. Los reduce a su modo de observación unilateral: “para qué quiero ver más allá de mis narices”, parece decir. O “por qué tengo que compartir lo que los otros piensan”.

 

No atiende a la razón, de la que reniega. Y dice, sin sonrojarse, que los razonamientos son para perder el tiempo. Lo que es, es. Y no hay más allá. Ni más acá. Él —su credo— es la medida de todas las cosas. O, por lo menos, no hay por qué estar buscando otras salidas, otras puertas, si las que él tiene son suficientes, por ahí se camina al cielo, se va a la gloria, se aleja del averno. Y, así se lo han transmitido otros fanáticos: quien no está conmigo, está contra mí. Y no cabe en mis quereres, en mis rediles. Es un peligro para mi estabilidad emocional y para las otras estabilidades, el que me contradice. O quien, para hacerme ver como un apóstol de la nada, se burla de mis dogmas y mandamientos. Así piensa. Convencido. Irrebatible.

 

Se especula en centros no especializados, que de niño el fanático se quedó en la etapa oral, porque no pudo desprenderse de la teta de mamá, y ella, la teta y la madre, lo domesticaron, le propinaron una idea de que era único, el mejor, el infalible, que vos, mi niño no cometés errores; después, en la escuela, la prolongación de la imagen inequívoca de mamá, la halló en la maestra, que además, sufrió las agresiones verbales del hijo de la verdad, sin pecado original, sin mancha. Que en su concepción se mezclaron modelos marianos, oraciones, órdenes militares, toda una parafernalia de infierno tan temido que no hubo más maneras de ver el mundo: solo con una visión, única, sin admisiones de otras posibilidades.

 

El fanático, desnaturalizando aquello de que soy el camino, la verdad y la vida, o tomándolo como una indubitable proposición, asume que fuera de él, de su círculo, de los que él sigue y de los que lo siguen a él, no hay salvación posible, no tanto en el sentido de que haya otra vida, sino de que en este mundo no es posible estar si no es con las divisas suyas, con los trazados y las líneas que apuntan solo a una visión única del mundo, que es extenso y ajeno, o de todos y de nadie, pero que solo es visto por el unanimista como una propiedad privada.

 

Tiene un aire de suficiencia, único en su especie, que le hace, aunque no lo quiera, ver a los demás como inferiores si no están en su círculo, si no son parte de su credo de majestad, de querer imponer sus condiciones y apreciaciones del mundo. Los otros, en el sentido de que son un complemento, o una contradicción, o una parte de la divergencia, sería mejor que no existieran. Así lo cree. Y, en muchas medidas, intenta que lo que lo controvierta, lo cuestione, o discrepe de su posición, no sea duradero, que pudiera estar en lo invisible, en un lugar donde no tengan posibilidades de interpretar ni criticar ni apreciar el universo con otros colores distintos a los que él quiere. Su paleta es la que hay que usar para pintarlo todo.

 

Anda con caminado de pavo real, unas veces. O, en otras, con pecho alzado y pasos de ganso. Según cree, no cabe en el mundo, necesita más espacios, más ámbitos para el ejercicio de lo uniforme. Lo heterogéneo le fastidia. Y ni hablar de lo heterodoxo. Lo asquea.

La opinión suya es la única válida. Las demás, no caben. Lo mejor sería que los demás las arrojaran al basurero del olvido y se plegaran a lo que él plantea. Así se evitaría muchas rabias, que los otros —los que están contra mí, insiste en su interior— no son sino provocadores y gente sin decencia. Enajenados. Infieles. Peligrosos. Solo él y sus adláteres son los necesarios.

 

Es proclive a las rabietas, pataleos, babeos y depresiones. Le puede dar un patatús cuando sabe que su manera de ver las cosas está montada en la cuerda floja por los críticos, a los que él califica como seres en permanente extravío. No resiste que alguno le muestre (y demuestre) lo equivocado que está y entonces puede entrar en un estado de ira e intenso dolor. O quedarse en silencio durante un tiempo que le puede parecer una larga temporada en el infierno.

 

Él y sus correligionarios se ven entre sí como los originales salvadores del mundo y sus procesos de decadencia. Califican como decadente la posibilidad del progreso mental y material de los otros y el despertar de los que han estado sometidos por los que creen tener la verdad revelada. Nada fluye, y los demás son malos y sucios y degenerados. Así es y será. El fanático no da el brazo a torcer. Y ¡ay del que se lo tuerza!

 

Imágenes del incinerador Ku Klux Klan

Una lágrima por un amor que no fue

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

La muchacha, sobre todo en las mañanas, sintonizaba una emisora que casi siempre ponía a sonar una balada de Estelita Núñez. Y la cantaba con ganas, como si fuera lo último que fuera a hacer en el mundo: “Una lágrima por tu amor, una lágrima lloraré…”, y yo, desde el segundo piso, la escuchaba. Era una muchacha blanca y rubia, que por las noches, bueno, tal vez a las seis y treinta o siete, recibía en la puerta a un pretendiente. Yo desde el balcón los veía animados en su conversa, y sentía una tristeza por no ser yo el que estaba ahí, con ella, en la puerta, recostados a la reja. Pero nada.

 

A veces, yo salía a dar una caminada a esa hora, para verla a ella de cerca, olerla con disimulo, saludar y escuchar su respuesta. No recuerdo si el tipo contestaba a mi salutación. Creo que no. Ella sí lo hacía, con risas y un dejo que a mí me parecía medio tristón. Me iba dolido, diciéndome para mis adentros qué era lo que hacía que no pudiera estar junto a la chica que, por otra parte, no era hija de la vecina, sino su sobrina, y vivía ahí no sé por qué, tal vez por no tener mamá, o qué sé yo, solo sé que ella estaba a diario en aquella casa, en el primer piso, que era la habitación de la dueña (Maruja se llamaba) una señora con cara de bruja, bueno, en el sentido de la deformación monstruosa que le propinaron a las brujas sus enemigos, que, como leí después, en realidad eran mujeres muy bellas y sabias.

 

Pero esta era una dama no solo malencarada, sino, de añadidura, mala clase. No saludaba. Estaba presionando a mamá desde la mañana en que se cumplía el mes de arriendo. Tenía dos hijas, esas sí feas, a las que pusimos como sobrenombre las Culateras. Bueno, el del bautizo fue mi papá, experto en esas lides de aplicar apodos. Abajo, en el solar del primer piso, había un inmenso tanque, del cual nosotros, con una oxidada bomba de manivela extraíamos agua, en una labor que era todo un desencanto y una aburrición deplorable.

 

Vivíamos entonces frente a una iglesia en forma de ramada de nombre Santa Catalina Labouré y a pocas cuadras de la quebrada La García, con mangas en sus márgenes, a las cuales, en ocasiones, íbamos a jugar fútbol, con el riesgo ineludible de que el balón, durante el partido, cayera varias veces a la corriente.

 

Bueno, pero lo que interesa ahora, cuando he olvidado el nombre de la muchacha, mas no su figura ni su voz matinal, que cantaba baladas y a veces también una música bailable de Los Hispanos, como la de homenaje a Cien años de soledad, que provocó que por el tumbao en el caminar cuando sonaba la tal pieza, pusiéramos la Maconda a una vecina del barrio. Pero esa es otra historia.

 

Mis mañanas eran de expectativa, y lo que más quería siempre era escuchar la voz de la chica. Me arrimaba a la parte que daba al patio-jardín de abajo y aguzaba el oído por si podía tener noción de los modos de respirar, de sus pasos, de la escoba que sonaba en sus manos. Y de pronto, se regaba por el ambiente aquello de “una flor sin rocío morirá y nunca más vendrá la primavera…”. A mí me iban dando palpitaciones. “Qué bella voz”, me decía, qué triste se escuchaba en partes esa balada: “el agua de los ríos se detendrá, el cielo no tendrá ningún color porque se terminó mi amor…”.

 

La muchacha se estremecía y me estremecía: “Fuiste el primer amor y no volverás…”, qué dolorosa era aquella declaración. Y ella parecía que lagrimeaba, o así la imaginaba, ella en primavera, ella en flor. Y yo con un nudo en la garganta, con ganas de decirle desde lo alto qué bello cantás, qué voz tan linda, cosas así, como para enamorar, pero no las dije. Me las guardé. No sé por qué. Quizá una recóndita timidez me lo impedía. O el saber (el intuir) que era, con ella, un acercamiento imposible, una distancia corta y a la vez lejana.

 

La canción —en sí era una simplonería— le brotaba con gusto a la muchacha, como si se la estuviera cantando a alguien, a un amor que tuvo, a su primer amor. Y yo a veces pensaba que era una dedicatoria que me hacía, tal vez ella también querría decirme que habláramos, que nos acercáramos, pero nada de eso sucedió. Y ella continuó por las tardes-noches, recibiendo la visita de un tipo al que yo, de pronto, comencé a odiar, o, más bien, me caía gordo, porque estaba interrumpiendo —creía yo— una posibilidad de romance entre ella y yo.

 

La flor sin rocío se murió. Nos mudamos al poco tiempo de aquella casa y no volví a saber nunca más de la muchacha. El tiempo, que en este caso es el olvido, la borró. Y la canción tampoco la torné a escuchar. Por estos días, sonó en la radio y la imagen de aquella chica de barrio volvió de súbito con su carga de melancolía. No sé por qué una lágrima se asomó en la memoria y sentí que ella estaba cantando dolores en una mañana borrosa de la adolescencia perdida.

 

                               Pintura de Gustav Klimt

Historias de ladrones y otros robos

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

I

 

Por algunas o por muchas razones, las historias de ladrones son atractivas. Solo en Colombia podrían escribirse decenas o centenas de ellas, en un país en el cual han abundado estos especímenes. Tanto de cuello blanco como de los otros. Y no se sabría aun cuáles son los más. Ladrones de ayer y de hoy, los que les han robado a los peones, a los jornaleros, a los obreros, a los ahorradores… Los que se robaron hidroeléctricas y minas y el ferrocarril…

 

Digamos, para no entrar en detalles, que en el país de los asesinos y de los mentirosos, los ladrones se han distinguido, unos por esquilmar al Estado, y otros por robarle a la gente. Cada uno puede confeccionar un catálogo —y siempre se quedará corto— sobre las hórridas celebridades que se han dedicado a tales menesteres, que parecen dar categoría, pero, más que todo, ganancias. Los hay de bancos y de tiendas, de oficinas públicas y “natilleras”, los artistas del “paquete chileno” y los que han defraudado el erario público.

 

Hay, por otra parte, ladrones en la poesía y la literatura, reales y de ficción. Genet, el de Las criadas, el santo canonizado por Sartre, podría ser uno de ellos. O el ladrón de Bagdad y los de las cuevas de Alí Babá. También se podría mencionar a Villon, el de la Balada de los ahorcados, y a todos los truhanes de la picaresca española. Hay ladrones en el paraíso y en los bancos de la Iglesia. Que robar ha sido parte de la trágica y cómica historia de la humanidad.

 

Se volvió famoso, por ejemplo, el ladrón innominado que le robó la maleta al detective y poeta y cantor popular Tartarín Moreira (le dedicó una diatriba ponzoñosa), así como los que se trastearon la espada de Bolívar. De igual modo, ha habido los ladrones de diligencias y los salteadores de caminos, como los asaltantes de los tiempos de la depresión económica en Estados Unidos, tales como Bonnie y Clyde, Dillinger y otros, muy cinematográficos y hasta heróicos.

 

Y este preludio tal vez sirva para introducir un robo de maleta que le hicieron, en un hotel francés, al escritor austríaco Stefan Zweig. En efecto, el autor de Fouché, el genio tenebroso, y de tantos otros libros, se hospedó en el Hotel de Beaujolais, al que eligió, entre otros motivos, por la vista de los “jardines cerrados al caer la noche”. Escribió que en ese hotel “se oía el leve murmullo de la ciudad, indistinto y acompasado como el incesante batir de las olas en una remota costa…”.

 

Zweig estaba emocionado en aquel lugar, en el cual habían estado en otros días, Balzac y Víctor Hugo. El caso es que el escritor estaba encantado por la soledad de “esta habitación estudiosa y romántica”, hasta cuando se dio cuenta de que su maleta había desaparecido. Un tipo se había introducido al hotel, pronunciando cualquier nombre. Tras unos minutos, el hombre volvió a salir sin contar con que el dueño del hotel lo seguiría hasta otro hotel donde el sujeto se metió.

 

Zweig y el dueño del hotel fueron a la comisaría. Luego, al cuarto del ladrón. Y allí estaba la maleta, intacta. Hubo declaraciones, detención del “maletero”, en fin. “Con los ojos bajos, temblando ligeramente, como si tuviera frío, he de reconocer, para mi vergüenza, que no sólo me daba lástima sino que sentía hacia él una especie de simpatía”, escribió Zweig, que además se negó a poner denuncia.

 

El dueño del hotel entró en cólera, gritó y advirtió que “aquel gusano debía ser exterminado”. Fue entonces cuando el escritor tomó su maleta para devolverse con ella al hospedaje, pero ocurrió algo insólito. El ladrón se acercó y con humildad dijo: “Oh, no, caballero, ¡permítame que se la lleve yo!”. Y así fue como Zweig, autor de novelas, biografías y ensayos, caminó las cuatro calles que lo separaban del hotel “mientras el agradecido ladrón me seguía, llevando la maleta”.

 

Esta historia, que la incluye la periodista Natalie de Saint Phalle en su libro Hoteles literarios, tiene un final extraño. El dueño del hotel, escandalizado, la emprendió contra su huésped, al que le hizo la estancia imposible. Ordenó que no le arreglaran el cuarto, se perdía la correspondencia, no lo saludaba. Y entonces el gran Zweig tuvo que marcharse (claro, con su maleta) “como si el delincuente fuera yo”.

 

II

 

El día que me invitaron a aprender las normas básicas del golf en un club de la ciudad, los ladrones se metieron a la casa y dejaron intactas las paredes en las que había varios cuadros originales, y la colección de música clásica y tango, pero se alzaron con el equipo de sonido (ah, se les olvidó un bafle), un televisor, varios frascos de lociones y los perfumes de mi compañera, las candongas de oro de la abuela que nunca conocí y un caso raro: la olla arrocera, con arroz de la noche anterior.

 

No recuerdo el mes ni el día en que ocurrieron los hechos, pero fue en 2002, cuando vivíamos en un barrio sin identidad (así me lo pareció siempre), en un edificio de tres pisos, con varios apartamentos. Los hampones se llevaron, además, el computador, una cajita con discos en los que tenía guardada la versión de una novela (la reconstruí después y se publicó años más tarde con el título El sol negro de papá), algunas cobijas (tal vez para tapar y envolver parte de lo robado), los pasaportes con visas “americanas”, pero no tocaron ningún libro, que estaban en estanterías repartidas por varios sectores del “apartaco”, situado en el tercer piso.

 

Del vecindario, nadie vio nada, ni sintió nada, ni escuchó ruidos sospechosos (eso dijeron). La chapa estaba reventada y la primera que se dio cuenta del episodio, fue la Mona, que al llegar del trabajo se encontró con la sorpresa malévola y, tras hacer un rápido inventario visual, me llamó a dar la mala noticia. Yo había terminado en un club situado en un morro, bueno, en un altozano, con verdores de primor, un “green” de fantasía, el curso rápido de golf que les estaban ofreciendo a algunos reporteros.

 

Del golf, sabía más de los caddies (tal vez por una novela de Faulkner y otras de Philip Roth), de los vecinos del club, que eran muchachos desclasados de El Rincón y que dominaban los secretos de un deporte elitista y del cual a mí antes (ni durante ni después) me había interesada para nada. Digamos que fui por no desatender la amable invitación de los relacionistas públicos del club aquel.

 

Los instructores hablaron de los golpes, los palos, los hoyos, el swing y sus técnicas, del drive y el bunker, del boogey y los pares, y mientras tanto, el campo se extendía con un ambiente campestre, casi bucólico, en el que el mundo exterior parecía no existir. Solo estaban las colinitas onduladas y los árboles y el cielo. Blancuras y verdosidades, que todo parecía estar atravesado por la elegancia, la distinción y el buen tono, del que se hablaba hace años.

 

Me sentí como una suerte de extraterrestre con los palos, ensayando los golpes, calculando las distancias. Digamos que había algo de ridículo en esa experiencia, en la que, para mí, había un aire de impostura, de mascarada. Lo único parecido, o medio parecido al golf que había jugado, era el “golfito”, toda una farsa. Sabía en medio de las indicaciones, que nunca más volvería a tener en mis manos un palo de golf, que son de distintos tamaños y todo según las necesidades y distancias para los golpes en las calles del campo (ah, y mientras estaba en el club, me acordé de una canción de los sesenta: Los campos verdes, el cielo tan azul, sí, Green Fields)…

 

Cuando llegué, tras la jornada golfista, a mi lugar de trabajo una llamada me alertó. Y de inmediato salí para la casa. Al llegar, ya estaban los de la policía, con sus parafernalias para tomar huellas, con gestos estudiados e ínfulas de importancia; ya habían preguntado al vecindario, en fin. Me alegró que los cuadros estuvieran todos, y los discos los libros también. Después, sentí un vacío existencial cuando descubrí que no tenía ninguna copia de la novela y de un libro de cuentos. “De algo se ha salvado la humanidad”, pensé y después se lo dije a la Mona, que sonrió con aflicción.

 

Nos reímos mucho con lo de la olla de arroz y ella dijo que entonces no era tan mala cocinera. A los pocos días, nos marchamos de esa casa en el barrio Rosales. El mundo no cambió por la pérdida. Y el golf celebró que un advenedizo no gustara de esas faenas tan refinadas y exclusivas.

 

 

 

Niño Jesús

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

—Me llaman Niño Jesús.

 

—Ajá y ¿por qué?

 

—Porque he matado a veinte.

 

—Y eso qué tiene que ver con el nombre.

 

—Le da cierta ternura al asunto.

 

—Ah, sí; si vos lo decís, así debe ser, ¿cierto?

 

—Me parece que tenés miedo…

 

—No, para nada. Tiemblo de emoción al encontrarme a un niño tan inteligente.

 

—Sí, tengo 14 años. Y ya soy alguien.

 

—¿Qué quiere decir eso?

 

—Que decido sobre la vida de los otros.

 

—Ah, sí, claro. Veinte ya son legión.

 

—¿Legión? (…) Oíste, me parece que voy a ajustar el veintiuno.

 

—Sí, entonces serás más famoso que Billy el Kid.

 

—¿Te burlás de mí o qué?

 

—No, de mí. Porque por fin comenzaré mi carrera criminal.

 

Un disparo terminó con el extraño diálogo, sucedido en los días de muchos sustos en las barriadas y de muerte en toda la ciudad.