Piratas en barquitos de papel

(Crónica en dos tiempos, con naufragios y dos tipos que cantan)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

 

Uno se montaba al barquito y ya estaba convertido en un pirata de parche negro en un ojo, bandera con calavera y cara de pocos amigos. Era una aventura en la que se corría el riesgo de un naufragio o de caer por una avenida de agua que, en una vorágine de terror, se tragaba la embarcación, catarata de vértigo en la que había que saltar antes de que la alcantarilla se zampara la imaginación.

 

Uno convocaba a una competencia acuática, cuando la lluvia había cesado pero los arroyuelos continuaban en la orilla de la calle, rumbo a los sumideros urbanos. Los barquitos, al principio en un orden de partida, se desubicaban después de soltarlos a su carrera al garete; no, qué va, iban dirigidos a control mental, remoto, con las ganas desaforadas de que el nuestro llegara a una meta que a veces estaba señalizada con piedras, o con endebles banderines, también de papel.

 

Uno deshacía los cuadernos de tareas, con mamarrachos ingenuos en las hojas, con vocales y números, con trazos a lápiz, con manchones de tinta china, en fin, y confeccionaba barquitos, que el astillero estaba a veces en casa, o en la escuela, y según el lugar, los ensayaba en los estanques del solar, o en alguna pileta casera. O los dejaba reposar hasta que un aguacero nos invitara a la navegación callejera.

 

Unos y otros en reunión de alborozo formábamos una flota de veleros, sin timón ni capitán, que bastaba la dirección de un viento imaginario para moverlos hacia el arcoíris o, mejor dicho, al lugar donde este moría o nacía, que también se proclamaba que allá quedaba el fin del mundo o el principio del paraíso. La calle, en días en que ella era el universo, se volvía río y mar, con bahías y radas, con márgenes en las cuales en ocasiones había curiosas caras de adultos, más que todo de señoras en las ventanas, en los balcones, como si miraran su infancia lejana.

 

Asistíamos a naufragios de ciudad, con barquitos desechos, deformados por la fuerza de la corriente, desbaratados por el choque contra piedras o contra el cordón de la calle. Uno sabía que una construcción de esas, tan ingeniosa y todo, estaba destinada a lo pasajero, a una corta duración, que igual nos daba la impresión de un tiempo feliz, de horas inacabables, con risas de pantalón cortico y tenis enchumbados.

 

Montarse en un barquito de papel tenía su cuento. Era cantar otra vez aquella tonada escolar de “soy pirata y navego en los mares”, o creerse un poco Morgan, o un tanto John Silver El Largo, que en casa nos relataban historias de mares e islas misteriosas. Era representar con credibilidad un capitán con motín a bordo y sentir el vuelo hambriento de las gaviotas. E izar banderas negras y ver uno que otro desconchinflado marinero con pata de palo.

 

Un barquito de papel iba siempre repleto de ensoñaciones, las mismas que no se dejaban vencer por los caudales traicioneros y turbios de las tormentas de barrio. ¿Cuántos cuadernos de tareas metamorfoseamos en esas embarcaciones frágiles y ligeras que nos llevaban sin brújula ni astrolabios hasta el fin del mundo? ¿Cuántas casitas y soles y caminos y árboles y patos iban en esas arcas nada bíblicas? En cualquier caso, así se los hubieran engullido los desagües públicos —y el tiempo asesino—, aquellos barquitos de papel continúan navegando en la memoria.

 

 

2.

 

El otro, también frágil, fue aquel que cantaba, qué digo, más bien lloriqueaba un cantor argentino, director de cine y todo, al que se le escuchaba su lamento en el traganíquel del bar de la esquina. Su voz de mugido, su voz honesta, nos decía que había un barquito de papel a punto de naufragar y una muchacha que, triste, se marchaba sin esperanzas de retorno. Era una canción melancólica.

La cantaba Leonardo Favio y solo una estrofa era la que me hacía acordar de aquellas naves callejeras que navegaban en las corrientes urbanas tras un aguacero de barrio. No había entonces quién corrigiera el timón de aquellos barquitos que, casi siempre, iban con sus sueños y tripulantes imaginarios a dar con sus velas y amarras al fondo de la alcantarilla.

Y, tal vez, el más bello barquito de papel era (es todavía) el cantado por Joan Manuel Serrat: “Aventurero audaz / Jinete de papel / Cuadriculado / Que mi mano sin pasado / Sentó a lomos de un canal”. Uno, escuchándolo, vuelve sin remedio a sus días de infancia extraviada, cuando, además de las pompas de jabón y los barriletes, los barquitos de hojas de cuaderno eran la posibilidad de un viaje a las más lejanas geografías de lo desconocido. Sí, “cuando el canal era un río, cuando el estanque era el mar”.

Un barquito de papel tiene la virtud de ser un encuentro con días que son parte de un tiempo extinguido: un buen tiempo y una buena mar, como eran las imaginativas jornadas de la infancia.

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“Aventurero audaz” de la infancia extraviada.

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La serpiente, un cuento perturbador

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Existe en los Estados Unidos una tradición de narradores que, al menos en alguna muestra de su producción, han dedicado su talento al horror, a veces dosificado; a veces, con apenas sugestiones y pinceladas. En otras, con la evidencia de que se trata de una catarata de emociones inesperadas, en las que el corazón (no el delator) palpita con aceleres y puede dejar al lector sin respiración. Desde las románticas narraciones extraordinarias del atribulado escritor de Boston, Edgar Allan Poe, hasta los muy cósmicos temores de H.P. Lovecraft, la literatura gringa ha descollado también por el tratamiento de los miedos.

 

Y eso, por ejemplo, sin hablar de otros que, con humor negro, dejaron constancia de situaciones pánicas, como es el caso, digamos, del desaparecido Ambrose Bierce, que fue a dar con sus huesos e inspiraciones a México, donde jamás se volvió a saber de su destino. O de algunos botones exquisitos de Ray Bradbury, o la truculenta Miriam, de Truman Capote, o, si se desea, la macabra señorita Emily, con rosas y todo, concebida por el ingenio deslumbrante de William Faulkner.

 

John Steinbeck, un escritor que en buena parte de su temática literaria contempla y desarrolla asuntos sociales, como puede ser en Las uvas de la ira, también en algunos de sus cuentos, como La incursión, en fin, se atrevió por los caminos del horror en una pequeña obra en la que, claro, el Valle de Salinas no puede ignorarse, como parte clave del territorio literario del autor de La perla. Se trata de La serpiente, que acaece en el laboratorio del joven doctor Phillips, en el arrabal conservero de Monterrey.

 

El lector se encuentra de inmediato con jaulas de ratas blancas y con gatos cautivos y, de pronto, con las serpientes de cascabel. Estas parecen reconocer al biólogo, porque, de modo sutil, se dice que, al verlo, dejan de exhibir sus lenguas bífidas. El ambiente, las atmósferas, la manera de situar las partes de aquel centro de experimentación, van penetrando en la imaginación del lector que comienza a respirar distinto, sobre todo cuando el hombre mete en una caja, en una cámara de muerte, a una gata callejera, atigrada, que después de muerta tendrá una cara sonriente.

 

La preparación o calentamiento para los primeros nerviosismos es corta, precisa, con descripciones de lo que comerá el investigador, el catre de lona, los crisoles, el microscopio y unas estrellas de mar. Después, unos pasos por las escaleras de madera y alguien que, con fuerza, toca la puerta. Y el hombre que expresa su disgusto porque le han interrumpido su faena de ciencia en la soledad. Luego, la visión (la aparición) es la de una mujer, traje negro, ojos negros, pelo negro, con mirada llena de destellos.

 

La visitante tiene don de mando. No se puede hacer nada distinto a aceptarla allí, en una espera sin impaciencias de parte de ella. Y que perturba al doctor Phillips en sus actividades experimentales. Y mientras él va diseccionado el gato, la mujer está observando la garganta abierta del felino, con una mirada oscura, turbia, sin ninguna expresión. Ya el lector, como de seguro el hombre, comenzará a preguntarse por qué está allí esa presencia que causa estremecimientos.

 

Y, en rigor, lo que ella busca es una serpiente cascabel macho. Sí, la quiere para ella, la compra, le ordena al científico lo que debe hacer. Y aquí, entonces, se puede pensar en la mesopotámica Lilith, considerada la primera esposa de Adán. Es una mujer del deseo, la primera, la maligna, la enigmática, la que está conectada con la noche. La que, quizá aburrida en ese monótono jardín del Edén, se escapa en búsqueda de nuevas aventuras, de una vida más conectada con emociones y suspensos. Una tentadora.

 

El cuento sugiere, con ligeras pinceladas, una relación erótica. La visitante quiere una serpiente cascabel macho y quiere ver cómo se alimenta. Esta situación, que puede ser normal en un laboratorio (claro, también en el hábitat de estos reptiles) se torna extraña, casi patológica, morbosa. La mujer quiere a toda costa presenciar cómo “su” macho se traga una rata. Ella manda; no hay remedio: el doctor Phillips tiene que obedecer.

 

Hay toda una alteración de las relaciones entre el biólogo y sus animales. Puede llegar a sentir asco, a desmoronarse en sus frialdades de experimentador, y todo por la presencia opresiva de la mujer, de esa suerte de invasora que abruma y contra la cual no hay manera de resistirse. Ella, como en un pictórico relato de mitología, puede estar sintiendo que la sierpe se enreda entre sus muslos; puede estar en una especie de sublimación, en un estado de arrobamiento, que, sin ser expreso, se podría equiparar con los momentos previos al orgasmo.

 

“El doctor Phillips puso toda su voluntad en no mirar a la mujer. “Si está abriendo la boca me pondré enfermo. Me asustaré”. La ciencia da la impresión de desmoronarse ante la súbita presencia de esta mujer autoritaria, que, por lo demás, amenaza con volver de vez en cuando al laboratorio. “Yo pagaré las ratas. Quiero que las tenga en abundancia”, dice, y después le recuerda al hombre que parece ya no estar en sus cabales que la serpiente es de ella.

 

En estos momentos, la tensión ha subido a dimensiones electrizantes. La mujer se va, se escuchan sus pasos en la escalera, mas no en la calle. Y el hombre de laboratorio a lo mejor se sienta como una rata, como un alimento de la cascabel macho. O como si hubiera sido engullido. No puede dejar de sentir en su interior aquel perentorio anuncio de que la mujer volverá. Lilith, o su representación, lo ha dejado sumido en un mundo de desconcierto. O quizá, navegando en las procelosas aguas de un deseo irrefrenable.

 

Steinbeck consigue crear en la brevedad del relato una ambientación en la que el suspenso está dado por las circunstancias de una inevitable presencia, que pudiera ser diabólica, brujeril, tal vez la aparición de un súcubo, que, al fin de cuentas, deja lleno de ganas al doctor Phillips, incapaz de resistirse ante tamaña seducción. La Serpiente es la versión de lo inevitable y de una ansiedad de lo que no se puede explicar.

 

 

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El escritor estadounidense John Steinbeck, en París. Foto de Willy Rizzo.

 

Te recuerdo, Víctor

(Crónica sobre un cantor asesinado tras un golpe militar)

 

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Pobre del cantor de nuestros días
que no arriesgue su cuerda
por no arriesgar su vida
”.

Pablo Milanés

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Preludio

 

Digamos, primero, que Víctor Jara no “cantaba por cantar, ni por tener buena voz”, ni por figurar en las carátulas de discos, o en afiches, ni por seducir a alguna dama. No cantaba por darse ínfulas ni por farándula. Nada de eso. Digamos que cantaba porque era un pájaro, libre y de canto ancho. Y porque siendo también guitarra, esta —lo dijo el cantor— tiene sentido y razón (y, por qué no, “corazón de tierra”).

 

Cantaba por los sobrevivientes, por los desaparecidos, por los que nunca volvieron. Por la esperanza. Por un mundo nuevo. Cantaba porque los estudiantes y los obreros y los campesinos querían que cantara. Y porque él tal vez sabía, a modo de presagio, que moriría “cantando las verdades verdaderas”.

 

Cantaba por el hombre del arado, por el hombre del barrio alto, y porque su destino de grillo (o de cigarra) era ese: cantar. Para dejar las penas y sembrar futuro. ¿Por qué canta un hombre? ¿Por qué llora un hombre? Son tantas las razones. Lo que sí es seguro es que a Víctor Jara no le faltaron razones ni emociones ni causas para el canto (y para el llanto). “Mi canto es de los andamios / para alcanzar las estrellas…”.

 

Víctor Jara es símbolo de una época frenética, de cuestionamientos, de derrumbe de ídolos, de luchas por la liberación nacional y por el establecimiento de una nueva cultura en América Latina. Su nombre está ligado a la politización de la música popular, a la búsqueda de respuestas (y de preguntas) a través del arte, y a la necesidad de una música nacional, con nuevos contenidos y nuevas formas, de alta calidad.

 

Ese cantor y director de teatro chileno también es un símbolo de los treinta mil muertos que produjo la dictadura militar de Augusto Pinochet. Y, con su repertorio, es parte de una memoria de Latinoamérica.

 

 

  1. Te recuerdo Amanda

 

Un hombre es mucho más que sus datos biográficos. Víctor Jara, nacido el 28 de septiembre de 1932, en San Ignacio, Chile, de origen campesino, hijo de Manuel, un trabajador agrario, y de Amanda, cantora (en los cuales se inspiraría para componer la canción Te recuerdo, Amanda), pasó su infancia en Lonquén, localidad cercana a Santiago de Chile.

 

Y, como muchos chicos pobres, hijos de siervos, su salida (u opción social) era o ser cura o militar. En efecto, su madre lo matriculó en el Seminario Redentorista de San Bernardo, donde estudió un año. Pero ya, desde muy adentro, lo llamaba el arte. Su mamá le había enseñado a tocar la guitarra, y en el seminario aprendió canto gregoriano. El menor de seis hermanos pintaba para artista, que era, precisamente, la condición vedada a un muchacho pobre. Sin embargo, también prestó el servicio militar y llegó a ser sargento primero.

 

Al terminar su secundaria entró en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile, estudió actuación y dirección teatral y, luego, participó en los cursos de canto y danza, dictador por Margot Loyola. En 1957 tuvo sus primeros encuentros con la folclorista Violeta Parra, que, al notar sus dotes, lo animó a que cantara.

 

A los 27 años pudo dirigir por primera vez una obra de teatro, Parecido a la felicidad, del dramaturgo Alejandro Sieveking. Ahí comenzó a hacerse internacional, a viajar a Uruguay, Argentina, Venezuela y Cuba, a mostrar su trabajo. El teatro se volvió una de sus pasiones. Asistió en la dirección al célebre Atahualpa del Cioppo en la obra El círculo de tiza caucasiano, de Bertolt Brecht.

 

Su primera composición musical, en 1961, fue Paloma quiero contarte, creada tras una gira por Europa. Era el principio de su carrera como juglar, que lo llevaría a grabar ocho longplays, y a cantar en peñas, universidades, sindicatos. Era ya un hombre del arte. En un encuentro con el Che Guevara, en Cuba, Jara tomó la guitarra y cantó. El Che había hablado de la necesidad de un arte popular, de elevada calidad en su forma y contenido. Cuando escuchó al chileno, lo aplaudió y le dijo: “Tú debes cantar para tu pueblo”. Y eso, exactamente, fue lo que hizo Jara durante los sesentas y hasta el día de su muerte, el 16 de septiembre de 1973.

 

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  1. Independencia y libertad

 

Ha sido usual en la historia que el artista, según el compromiso con su tiempo, sea, para los gobiernos retrógrados, una suerte de estorbo, y para los liberales, un florero, un sujeto decorativo. El uno lo reprime, el otro lo usa para sus fines. Víctor Jara, sin embargo, logró durante su trasegar político y artístico, asumir el canto y el arte con independencia y libertad.

 

Los sesentas fueron para el cantor chileno la posibilidad de aportar a las nuevas expresiones musicales, que, poco a poco, se cocinaban en la región. Los orígenes de la llamada Nueva Canción Latinoamericana, con su cuna en Chile, Argentina y Uruguay, están ligados a los movimientos sociales y políticos. La Revolución Cubana, la caída de Perón en Argentina, el surgimiento de nuevos paradigmas intelectuales, los golpes militares propiciados por Estados Unidos en distintos países, la aparición de grupos insurgentes, en fin, todos esos fenómenos influyeron en la creación de otra conciencia y en la consolidación de una canción popular, con otras sonoridades, otras formas y contenidos.

 

Al tiempo que Jara dirigía y participaba en montajes teatrales, también dedicaba su talento a la música. Chile era ya un fogón artístico, con grupos como Quilapayún, Inti-Illimani, folcloristas como Violeta Parra (se suicidó en 1967) y Patricio Manns, la Peña de los Parra (fundada en 1965), más el advenimiento de la Unidad Popular, que triunfaría en las elecciones de 1970, con Salvador Allende.

 

En 1969, Jara se ganó el Primer Festival de la Nueva Canción Chilena, con Plegaria a un Labrador. Luego, en Helsinki, participó en un Mitin Mundial de Jóvenes por Vietnam, y grabó su LP “Pongo en tus manos abiertas”. Ya su música se escuchaba en todas partes. Era el juglar que mostraba, con su poesía, otras realidades. Y la posibilidad de otro humanismo, el del “Hombre Nuevo”.

 

 

  1. Contra el fascismo

 

En 1972, Víctor Jara dirigió el homenaje a Pablo Neruda, en el Estadio Nacional, cuando el poeta retornó a Chile tras ganar el Premio Nobel de Literatura (1971). Por supuesto, ni él ni nadie imaginaban que, en ese mismo escenario, un año después sería asesinado por los militares golpistas.

 

En 1973, Chile era un hervidero social, un tinglado de luchas clasistas. La Unidad Popular y el gobierno de Allende resistían los embates de sectores que aspiraban a restablecer el viejo régimen. Las señoras de la burguesía marchaban con sus cacerolas y los camioneros intentaban paralizar el país. Jara, entre tanto, participaba en un ciclo de programas de TV contra la Guerra Civil y el Fascismo, según el llamado que, en ese sentido, había hecho Neruda.

 

Grabó dos nuevos longplays que no alcanzaron a editarse. El 11 de septiembre de 1973, Víctor iba hacia la Universidad Técnica del Estado, donde debía cantar en la inauguración de una exposición (“Por la vida, contra el fascismo”). Allí, precisamente, iba a hablar Salvador Allende, en una alocución para todo el país.

 

Había un enorme afiche —premonitorio— que mostraba a una madre y su bebé, y la sombra de ambos bañada en sangre. Jara se proponía empezar una gira nacional para alertar al pueblo contra las amenazas golpistas. La exposición no se inauguró. Allende no habló desde la universidad, sino desde el Palacio de La Moneda. Los militares rodearon el claustro universitario. Y detuvieron a los profesores, alumnos y a todos los que allí estaban, incluido el cantor Víctor Jara.

 

 

  1. Los últimos compases

 

Los prisioneros, conducidos al Estadio Nacional de Santiago de Chile, oían los cañonazos sobre La Moneda. Por una emisora (Radio Magallanes) se emitía la célebre canción de Sergio Ortega, en las voces de Quilapayún: “Y ahora el pueblo / que se alza en la lucha / con voz de gigante / gritando ¡adelante! / El pueblo unido jamás será vencido”.

 

En la universidad a Víctor lo habían cogido, con su guitarra, cuando animaba a los estudiantes. “La universidad fue rodeada por soldados en carros blindados. Toda la noche estuvieron preparándose para el ataque como si tuvieran delante una fortaleza militar. Después del cañoneo, irrumpieron en el edificio y emprendieron a culatazos a los estudiantes” (Testimonio de Cecilia Coll).

 

“Cuando me detuvieron, me llevaron al Estadio de Chile. Fue por la tarde de 12 de septiembre. Allí ya había muchos prisioneros. Junto con otros presos nos ordenaron ponernos en fila con las manos en la nuca. De repente, un oficial me reconoció: —Es el médico de Salvador Allende. El comandante Manrique, un fascista empedernido, se acercó a mí, desabrochó la funda, sacó la pistola y, apuntándome a la cabeza, dijo: ‘Ha llegado tu hora’. Y dirigiéndose a los soldados, ordenó: —Sepárenlo de los demás y déjenmelo a mí. Me apartaron del grupo y me dieron un empujón que me tiró por tierra. Vi a un grupo de jóvenes que los soldados iban arreando, apuntándoles con metralletas. Al comandante le dijeron: —Son los de la Universidad Técnica. Los pusieron en fila también. Manrique recorrió la fila y señaló con el dedo a un preso: —A ese me lo dejan también a mí. No quería dar crédito a mis ojos. Se trataba de Víctor Jara” (Testimonio de Danilo Bertulin).

 

“Dos veces oí a Víctor en el Estadio de Chile. Fueron unos encuentros breves. El 13 0 14 de septiembre, por lo visto, por la mañana, pasé cerca del pasillo donde tenían a los prisioneros aislados. Allí estaba Víctor Jara, sentado en una silla de madera, extenuado, con rastros de azotes en la frente y las mejillas. Se sonrió al verme. Al día siguiente, pasé de nuevo por allí y otra vez nuestras miradas se cruzaron. Nos saludamos. Al igual que el día anterior, su rostro se iluminó con una sonrisa que me reconfortó el alma. ¡Llevaba ya tanto tiempo en ese maldito pasillo! De vez en cuando, los guardias venían por él y se lo llevaban a no sé dónde (Testimonio de Rolando Carrasco).

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  1. Jara vive

 

A Jara, como a otros prisioneros, lo torturaron. Su cara, según otros testimonios, estaba muy hinchada por los golpes. En medio de su condición, había logrado escribir parte de un poema: “Estadio de Chile”: “¿Cuántos somos en toda la patria? / La sangre del compañero presidente / golpea más fuerte que bombas y metrallas. / Así golpeará nuestro puño nuevamente. / ¡Canto, qué mal me sales / Cuando tengo que cantar espanto! Espanto como el que vivo / como el que muero, espanto…”.

 

Antes de acribillarlo a balazos, un soldado le dio un culatazo en la mandíbula. Quizá con la esperanza de apagar su canto. Qué curioso. El canto de Víctor Jara fue más sonoro a partir de su muerte, ocurrida el 16 de septiembre de 1973, poco antes de cumplir 41 años. Por ahí, tal vez llevada por las alas del viento, todavía se escucha: “No puede borrarse el canto / con sangre del buen cantor / después que ha silbado al aire / los tonos de su canción”.

El canto de Jara fue valiente. Por eso, la suya siempre será canción nueva.

 

 

Epílogo

 

A Víctor Jara le propinaron más de cuarenta balazos. Del asesinato fue encontrado culpable, en 2016, el exteniente Pedro Barrientos, que había huido de Chile en 1989 y se quedó a vivir en Estados Unidos. Una corte federal lo condenó, además, a pagar 28 millones de dólares de indemnización a la familia del cantor. El Estadio Nacional de Chile lleva el nombre de Víctor Jara.

 

 

Fuentes:

Cronología y obra de Víctor Jara (Fundación Víctor Jara).
Entrevista a la Nueva Canción Latinoamericana, John Franklin Bolívar. Editorial Universidad de Antioquia, 1994.
Carta abierta a Víctor Jara, Ángel Parra, 1987.
Crónica de la muerte de Víctor Jara. Programa Voces, Radio Nederland.

 

Nota: Escribí esta crónica conmemorativa en septiembre de 1998, cuando se cumplieron 25 años de la muerte del cantor chileno. La reproduzco ahora, a los 85 años del natalicio de Víctor Jara y a 44 de su asesinato. “La vida es eterna en cinco minutos”.

 

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El cantautor chileno Víctor Jara.

Un papa gardeliano

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Por Reinaldo Spitaletta*

 

Que el nuevo papa haya asumido el nombre del único gran santo de la cristiandad, el hermano Francisco de Asís, puede ser síntoma de que la Iglesia se podría enrutar hacia una opción por los pobres.

 

Pero, en este punto es dónde comienzan muchos interrogantes, algunos como estos: ¿Continuará el nuevo pontífice la línea conservadurista de sus antecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI? ¿Se abrirá la institución hacia reformas de fondo y, como sugiere el teólogo Hans Küng, volverá a izar las velas del renovador Juan XXIII?

 

¿Significa que porque el papa es argentino, la Iglesia jugará un papel diferente frente a las intromisiones de los Estados Unidos en América Latina? Y así por el estilo surgen preguntas en torno a lo que será el rol de Francisco, sobre el que ahora se sabe más acerca de su novia de infancia, de su amor por un equipo de fútbol, de su entrañable barrio porteño, el barrio de Flores, que sobre su presunta complicidad con la criminal dictadura militar de Videla y compañía.

 

Uno podría decir que si Francisco escogió no solo por pose o impacto mediático el nombre del patrono de Italia, el que renunció a toda riqueza material para dar ejemplo de sencillez pero sobre todo de protesta ante la injusticia, es porque a la Iglesia la esperan momentos cumbre de transformaciones. Se sabe de sus faustos, de su historia milenaria con abundantes patrimonios terrenales, de las actividades financieras vaticanas. ¿Cambiará la correlación de fuerzas para que la Iglesia sea no solo vocera y defensora de los pobres sino una crítica tenaz frente a los poderes que son la causa de las miserias y desamparos sociales?

 

Aguardemos entonces que las prédicas contra la pobreza vayan acompañadas de cuestionamientos (¿y acciones?) contra los modelos y sistemas económicos que depredan tanto al hombre como a la naturaleza. Mientras tanto, y tornándonos más bien ligeros en cuanto a la elección del papa Francisco, un ser que montaba en subte (metro) en su natal Buenos Aires y que, según la prensa, ha hecho demostraciones de austeridad en su vida ciudadana, volvamos al hombre.

 

No sé si es por una “light culture” o porque se ha querido dar una semblanza del humano para luchar contra mitologías, que se le ha dado tanto despliegue a su gusto por el San Lorenzo de Almagro (seguro, la hinchada tendrá que poner ahora la efigie del papa en sus banderas y camisetas) y por su pasión tanguera.
Hay tres asuntos argentinos extraordinarios, que son la literatura, el fútbol y el tango. Los dos últimos, como se sabe, son una especie de religión, en particular en Buenos Aires. Francisco, el papa, el cura (“me gusta ser cura”, les dijo a los autores del libro El Jesuita), ha sido un lector devoto de Borges y Leopoldo Marechal (El de Adán Buenosayres y Megafón o la guerra). Y ni hablar de tango y su “abrazo sinfónico”. El padre Bergoglio gusta ¡claro! de Gardel, pero también de Ada Falcón, una cancionista (la Emperatriz del tango, la llamaron) que después se internó en un convento. Y seguro que bailó (o tal vez baila todavía en alguna soledad) con el compás de Juan D’Arienzo. Y escucha con admiración a Astor Piazzolla, el revolucionario del tango.

 

Saber que un papa es tanguero o un buen lector de literatura, puede dar a otros un pábulo para meterse en esos avatares. Quizá ahora algunos irán a leer (o releer) Los novios, de Manzoni, uno de sus autores italianos preferidos o ver todas las películas del neorrealismo o las argentinas en las que actúa Tita Merello, y mirarán con nuevos ojos La crucifixión blanca, de Marc Chagall y buscarán los misterios estelares en la dantesca Divina Comedia. Que los gustos estéticos de un papa son posibles de imitar. Así que habrá alguna feligresía que se dedicará a leer a Hölderlin, en hora buena.

 

La elección de un papa crea expectativas, tanto en creyentes como en ateos. Esperemos que el tocayo de Francisco de Asís sí tenga una auténtica opción por los pobres.

 

Posdata: El martes pasado murió en Medellín el máximo referente del tango en Colombia, el investigador Luciano Londoño López. Honor a su memoria.

 

*Nota publicada en El Espectador, 18 de marzo de 2013

 

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El papa Francisco

El papa a través de los binóculos *

(Luces, sirenas y banderas saludaron a Juan Pablo II en el parque de Berrío)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Mientras al papa Juan Pablo II le regalaban carriel, sombrero y poncho antioqueños, en el parque de Berrío una señora defendía una Virgen que portaba bajo el brazo, aprisionada como un tesoro. Ella, en la primera fila, separada solo por un lazo de manila de la calle, quería que el pontífice le diera su bendición, cuando pasara por allí, en su papamóvil.

 

Al mismo tiempo, en los ojos cafés de María Clara Aristizábal, una niña de ocho años, las luces artificiales del “corazón de Medellín” se encendían con su fosforescencia de mercurio. “Mi tía dice que si le logra tocar la mano al papa, se va a paralizar. Además dice que no se la lavaría en un mes”, dice la niña. Y luego, con una sonrisa de muchachita rica, afirma: “Claro que mi tía es medio loquita”.

 

Desde lo alto de un edificio adyacente, el parque de Berrío se ve igual. Solo que una multitud que hormiguea como cuando se pierde la señal de TV en las pantallas, le da un toque distinto. Algo extraordinario va a ocurrir. Una voz grita: “¡Ya viene el papa!”. El concierto informe de cabezas se mueve. Se agita. Empuja. Policías que corren. Alguien se desmaya. Falsa alarma. El papa no aparece. Arriba, en el edificio, María Clara sigue mirando. “¿Cuándo vendrá?”, se pregunta.

 

Entre tanto, Ana Cristina Aristizábal, otra niña, hermana de la anterior y mayor que esta, observa una pancarta que, colgada de un balcón, dice: “Totus Tuus”. Y entonces, me pregunta: “¿Usted sabe  que quiere decir eso?”. Le contesto que no. Y ella, con su sabiduría de Columbos  School, replica: “Eso significa ‘todo tuyo’. Mi abuelito me lo enseñó en estos días”. Él es como una enciclopedia. Y me enseña muchas cosas”.

 

A lo lejos, la multitud vuelve a moverse. Los policías tratan de ordenar la gente. Tres niñas son sacadas de la turbamulta por los agentes. Las protegen. Más allá, una señora carga a un bebé, mientras sostiene con una de sus manos a un niño. Un policía se le acera y, tras decirle algunas palabras, la convence para que se aleje de allí. Corrían peligro.

 

En lo alto del mismo edificio, algunos “privilegiados” observan con binóculos. Quieren ver al papa cerca de sus ojos. Una gringa de Massachusetts, con apellido italiano y nombre español (Cristina Casale), dice, en un castellano incipiente: “Tengo mucha suerte de estar ahora en Medellín en la visita del papa”.

 

Abajo, los vendedores ambulantes siguen gritando: “¡Papavisores a doscientos cincuenta!”, al tiempo que la multitud crece, como un turbión, como una borrasca furiosa. “¡Ya viene el papa, ya viene!”. El grito aumenta. La vocinglería es mayor que cuando un estadio lleno canta un gol. Más desmayos. Por la avenida Colombia, la serpiente humana engorda, se estira, enloquece. Las sirenas abren el camino. Los pañuelos y las banderas ondean, como un saludo de pájaros al vuelo. Ahí está. Ha venido. Y ya pasa. El pontífice lanza bendiciones, mientras algunos policías reparten bolillazos. Las tres niñas se quedan quietas. Nadie las empuja. Sobreviven. Las sirenas no callan. Y el papamóvil sigue su camino, rumbo a la Catedral Metropolitana.

 

Antes del clímax, en el parque de Berrío, alguien había dicho: “Tenemos que hacer fuerza mental para que el papa mire para acá”. Cuando Juan Pablo pasó por el frente del sitio donde los aprendices de asuntos esotéricos estaban, no los miró. Frustración.

 

Las sirenas se escuchan distantes. La feligresía, en cantidad incalculable, se disgrega. El pastor se ha ido. Ya no están María Clara ni Ana Cristina, ni sus ojos de niñas inteligentes. La gente corre, pisotea, se mueve en zigzag, hormiguea. Entre la muchedumbre, debe estar una señora, con una Virgen bajo el brazo, con una cartera ordinaria bajo el otro. Debe ser feliz. Aunque el papa, a su paso por el parque de Berrío, no le haya podido bendecir la imagen de María.

 

*(Nota escrita por la visita de Juan Pablo II a Medellín y su paso veloz por el parque de Berrío. El Colombiano, julio 5 de 1986)

 

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Avenida Colombia, Medellín.

Dos barcos navegan en una radiola

(Una historia con dos tangos de mares y otros adioses)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En casa había una radiola RCA Víctor, que el tío Salomón le regaló a mamá. Estaba enchapada en un mueble color madera, con tapa, debajo de la cual había un tapizado de terciopelo rojo. Los primeros tangos que allí sonaron fueron El barco María y Mañana zarpa un barco, que venían con el presente. Pese a mi edad (era un adolescente), esos dos tangos me sonaban lindo, tal vez porque mamá ayudaba con su voz bien timbrada a darles una nueva dimensión. Y porque tenían olas, sonidos de aguas infinitas y alguna tristeza.

 

“No enturbies tus ojos color de agua verde, / no busques recuerdos, no mires el mar”. La voz era la de Raúl Berón, ya conocida por nosotros, porque, en la esquina, en el bar Florida, sonaban tangos suyos, como Trasnochando y Tal vez será su voz, y aunque para un joven poco significaban aquellas melodías, se iban pegando de a poco, hasta hospedarse sin permiso en algún lugar de la conciencia. O la inconsciencia.

 

En casa, mamá lo ponía los fines de semana, junto a unas canciones de Alfredo Kraus y a otros discos de Juan Arvizu y Margarita Cueto.  “El barco María, quizá ya no vuelva, / no sueñes el rostro de su capitán”. A veces, uno con ganas de escuchar músicas más modernas, se enfadaba con tantas vejeces. Y entonces era mejor tomar las de Villadiego, salir a la “lleca” a buscar partidos de fútbol callejero o sentadas de atardeceres en alguna esquina de barrio.

 

“Grabó en su navío tu nombre de estrella, / te amaba y no tuvo palabras de adiós”. No sé por qué aquel tango se me fue adhiriendo, como una estampilla, o quizá como una cinta con goma arábiga, y sobre todo, me comenzó a agradar cuando una vez mamá me dijo: “¿le has puesto atención a estos tangos? Saben a mar”. Ella solía, por otra parte, cantar barcarolas tristes, canciones de náufragos y de ilusiones perdidas. Y todos esos ingredientes se juntaron en una receta imposible, porque, al cabo del tiempo, la voz del cantor argentino me atraía.

 

“Los mares lejanos marcaron su huella, / quién sabe en qué puerto sus anclas hundió”. Tenía su vaina. Ojos de agua verde y adioses de puerto, que son definitivos. Sin retorno. “Inolvidable María he de volver algún día”. Qué va. Promesas de marineros, o, como se dice en alguna pieza tropical, promesas de cumbiambera. Se pierden en el mar. En el viento.

Después, cuando lo escuché por otros cantores, como Carlos Galarce, con la orquesta de Francisco Lomuto, me seguía resonando la de Berón, grabada también en 1944. Había con esta versión un lazo de familia, un afecto que se iniciaba en una radiola, en una voz doméstica, se prolongaba en una esquina sonora y se prendía a la memoria. “Oíste, es un tango de Carlos Viván y Horacio Sanguinetti”, se decía con certeza en las señoriales charlas del bar, al cual todavía no podíamos entrar por limitaciones de edad.

 

El otro, con el que mamá parecía desintegrarse, era Mañana zarpa un barco. Supe que la orquesta era la misma de El barco María, la de Lucio Demare, con la voz de Juan Carlos Miranda. La letra, como me enteré más tarde, era de Homero Manzi. “Riberas que no cambian tocamos al anclar. / Cien puertos nos regalan la música del mar”. No sé si le traía recuerdos, o imaginaba una aventura que jamás tuvo. Sentía ella el ruido de las olas y seguro se transportaba a un distante riachuelo “donde sangra la voz del bandoneón”.

 

“Qué bien se baila / sobre la tierra firme. / Mañana al alba / tenemos que zarpar”. Hay en este tango una promisión, la confección de una esperanza y una convocatoria a desterrar la melancolía, al menos por unos momentos, por vivir el día, la jornada. El Carpe Diem. La flor del día. O de la noche. “Diré tu nombre cuando me encuentre lejos. / Tendré un recuerdo para contarle al mar”. Es un romance de ocasión. Encuentro y despedida. Con el tiempo, cuando ya el tango era parte sustancial de mis gustos musicales, las versiones de Roberto Rufino me golpearon, en particular la que interpreta con la orquesta de Carlos Di Sarli. Ah, sí, claro: linda también la de Alberto Podestá.

 

Cuando cae el telón en este tango, con música de Lucio Demare, hay un llamado a vivir el presente, a no pensar en lo que vendrá. Ni ayer ni mañana. Solo el ahora: “Bailemos este tango, no quiero recordar. / Mañana zarpa un barco, tal vez no vuelva más”. Es un tango con luna, con olas, con puertos de ausencia. “Muchacha, vamos… No sé por qué llorás”.

 

Un jueves santo, con mis hermanos y otros miembros de la gallada, nos fuimos toda la noche a visitar monumentos y a oficiar risotadas y correndillas. Tornamos a casa casi al alba. No se supo quién dejó la puerta ajustada. El caso es que, cuando el sol ya era una realidad candente, mamá, o no sé quién, se dio cuenta de que faltaba la radiola. Los cacos entraron tras nosotros y se la esquilmaron. En ella, puesta en el plato giratorio, se fue El barco María. Sin palabras de adiós. La otra pieza, sobrevivió.

 

Cuando escucho estas dos melodías, con navíos y oleajes, con puertos y viajes sin retorno, una voz de no sé dónde, me susurra: “no busques recuerdos que llenan de brumas/ el muelle desierto de tu corazón”.

 

 

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