Las tripas agoreras de Santiago Nasar

Resultado de imagen para cronica de una muerte anunciada

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Soñar con árboles, con bosques de higuerones y almendros,  y además con cagadas de pájaro, puede ser un signo aciago de una tragedia. Puede ser, también, que vestir un traje de lino blanco, en vez de uno caqui, y tener una pistola Magnum 357, con balas blindadas, sean otros síntomas augurales de un desenlace fatal. El destino, como en las tragedias de Sófocles, es ineludible, y por más vericuetos y atajos que tomes, por más intentos que hagas por no toparte con lo fatídico en una esquina, en un altozano, en la incertidumbre de una puerta cerrada, todo es inútil. Nadie podrá salvarte de lo escrito en el ininteligible libro del sino humano, solo comprensible a los dioses y a los iniciados en la interpretación y lectura de presagios.

 

Los sueños que tuvo Santiago Nasar, protagonista de la novela de Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada, en los días y momentos previos a su sacrificio, a una muerte de cordero pascual o de cerdo de navidades, no le sirvieron ni siquiera a su madre, Plácida Linero, experta en lecturas oníricas, “siempre y cuando (los sueños) se los contaran en ayunas”, para detectar lo inevitable. La suerte estaba echada. Y en aquel pueblo ribereño, tropical, con un río mítico por el que todavía navegaban barcos de vapor y pasaban obispos indiferentes, hieráticos y fatuos frente a los que se agolpaban para que les echara la bendición, un desastre de sangre marcaría la historia de sus moradores y de las familias implicadas en un asesinato de honor. Un ajuste de cuentas por una afrenta de piel y cama.

 

En un pueblo en el que todo el mundo sabía que a Santiago Nasar lo iban a matar los gemelos Pedro y Pablo Vicario, matarifes de oficio, y antiguos amigos de su víctima, todo conspiró para que el crimen se llevara a efecto, sin que ni el cura, ni el alcalde, ni la madre del descendiente de árabes, ni la tendera, ni la prostituta matrona, ni nadie pudiera impedirlo. Entre complicidades e incredulidades el desenlace se vuelve inexorable.

 

El crimen de Nasar sucede un lunes de desgracia tras la fiesta más estrepitosa, costosa y desproporcionada jamás vista por esos andurriales, y unas pocas horas después de que Bayardo San Román, un galán forastero y dueño de sonora fortuna, se entera de que su recién desposada Ángela Vicario no era virgen y entonces la devuelve a su familia. En Crónica de una muerte anunciada, escrita con técnicas del reportaje y basada en un hecho real que el novelista ficciona y con su prosa de alucinación torna en “realismo mágico”, desde el principio se notan los amarres y símbolos de la tragedia.

 

Estos comienzan a aparecer cuando la cocinera de los Nasar, Victoria Guzmán, que además tiene una hija adolescente a la que Santiago acosa con la lujuria alborotada, está descuartizando tres conejos para el almuerzo, mientras varios “perros acezantes” esperan el tripitorio, o cuando ella misma, tras decirle al joven que se dejara de estar persiguiendo a la niña, le muestra el cuchillo untado de sangre de conejo, porque “de esa agua no beberás”. Y continúan surgiendo durante las peripecias de esta novela corta, que mantiene, con control absoluto del narrador, la intensidad y la tensión hasta el final.

 

La gracia de la narración radica, no en saber desde el principio que al protagonista lo van a matar (reto que el novelista propone al lector), sino, al contrario, en una estructura que permite  ir montando un rompecabezas, con planos temporales diferentes, todos en círculo, y que, a través de voces, las voces del pueblo, se van juntado las piezas de la tragedia. En contravía de las novelas policíacas, aquí se sabe quiénes son los asesinos casi desde el principio de la obra. Y estos, los hermanitos Vicario, uno seis minutos mayor que el otro, intentan por todos los medios de que el asesinato no se lleve a cabo, pero, a su vez, saben que es la única manera de vengar una deuda de honor. O tal vez, si se mira desde otro minarete, de vengar una humillación no de la hermana de ellos, sino de haber dilapidado la oportunidad de que los Vicario salieran de su crisis económica, con un cuñado y yerno rico.

 

El rompecabezas, que se ayuda y complementa con partes del expediente del crimen, tiene un efecto de alta tensión en la novela y muestras las distintas fases y facetas no solo de un pueblo perdido en la costa Caribe, sino de sus habitantes. Y aunque en general no se puede afirmar que los personajes de esta “crónica” sean inolvidables por su caracterización sicológica, sí lo son, en parte, por la selección sonora de los nombres de casi todos, que se hacen difíciles de borrar, como si fuera la aplicación de una nemotecnia. Así que Plácida Linero, Divina Flor, Bayardo San Román, Clotilde Armenta, Ibrahim Nasar, Carmen Amador, Lázaro Aponte, entre otros, tienen música en sus nominaciones, en las que se pueden encontrar similitudes con las de los personajes de Juan Rulfo (los buscaba en lápidas de cementerio), de larga recordación.

 

A diferencia, por ejemplo, de A sangre fría, de Truman Capote, que con técnicas literarias fabrica un gran reportaje sobre un hecho aparentemente anodino para muchos periodistas, García Márquez, con técnicas del periodismo, crea una ficción en la que él mismo (en la novela coinciden autor y narrador) sin nombrarse se convierte en el narrador, con personajes reales, como su madre Luisa Santiaga, sus hermanos Luis Enrique y Margot, aparte de la que sería su esposa, Mercedes Barcha. Como si fuera un reportero, el narrador, veintisiete años después del crimen de Nasar, reconstruye los detalles, peripecias, indicios, causas y efectos del acontecimiento desgraciado. Con vestuario de periodismo se escribe una novela.

 

Mientras el norteamericano, que en 1960 atravesaba por una crisis creativa, y de pronto, en las páginas de un diario lee una corta noticia de un crimen en el pueblo de Holcomb, en Kansas, Estados Unidos, y durante seis intensos años reportea, investiga, va y viene, ayuda a prolongar la ejecución de los convictos, en fin, para producir al fin de cuentas una “novela de no ficción”, que no es otra cosa que un reportaje de gran calado, García Márquez, que para el año en que publica su Crónica (1981) ya es un reconocido escritor mundial, aprovecha sus dotes de reportero para subir su creatividad e imaginación de novelista.

 

La novela, que tiene una composición en tiempo circular, que se cierra con el destazamiento de Santiago Nasar contra una de las puertas de su caserón, permite, sin embargo, especulaciones al lector sobre si, en efecto, fue él el autor del desfloramiento de Ángela, o tal vez esta, no se sabe por qué ignotas razones, lo acusó a él en la posibilidad de encubrir al “autor”. En tan pocas páginas, el escritor incluye mentalidades sobre el machismo, comportamientos femeninos, religiosidad popular, rituales, con un destacado manejo de las arquitecturas de las casas, del clima, de la flora y de creencias y supersticiones agoreras.

 

También da cuenta, sin ser explícito, de la migración árabe, de aquella ola que, tras la Primera Guerra Mundial, llegó al Caribe colombiano, y se instaló en distintas ciudades y pueblos de la costa, desde Maicao hasta Lorica. Los denominados genéricamente turcos, procedían del Líbano y Siria, y el apelativo se lo ganaron porque, en aquellos días del imperio otomano, diluido en la Gran Guerra, los pasaportes eran turcos. Y hasta la segunda generación hablan en árabe entre ellos, como sucede con Ibrahim Nasar y su hijo Santiago, de 21 años.

 

Mentalidades e imaginarios machistas se pueden percibir y encontrar en la obra, en la que, por lo demás, los personajes femeninos están muy bien confeccionados. Tal vez hoy, en los albores del siglo XXI, parezca inverosímil que una moza recién casada sea devuelta por su marido debido a que ha perdido la virginidad, y más aún que sus hermanos asuman una vindicta contra el presunto desvirgador. Sin embargo, en la temporalidad en que está inscrita la obra todo esto era posible, y más aún en el Caribe. En aquel pueblo (como sucedió en muchos otros de Colombia) las mujeres eran educadas para el casamiento, para la reproducción y los oficios caseros. La mamá de los Vicario, por ejemplo, que de soltera había sido maestra de escuela, se dedicó a la crianza de sus hijos y a la atención al esposo. Mientras a los muchachos se los levantaba “para ser hombres”, a las hijas se les enseñaba a bordar, coser a máquina, cocinar, tejer encajes, lavar, planchar, barrer, confeccionar florecitas y algunas veces a escribir “esquelas de compromiso”.

 

Con aquellas muchachas, como las de la novela, y tal como lo declara un personaje de la obra, cualquier hombre podría ser feliz con ellas, que habían sido criadas para el sufrimiento. Así, y durante muchos años, el rol de las mujeres se limitó a lo hogareño, sin presencia en lo público, con una vida interior, de puertas para adentro. Y una de las conductas que debían asumir era la de llegar vírgenes al matrimonio. Era una manera de la dote. Un tesoro que se reservaba al “príncipe azul”. Y en los pretendientes esa mentalidad caló, como sucedió con Bayardo San Román, un tipo de “cintura angosta de novillero” y ojos dorados, que seis meses antes de la cataclísmica tragedia, llegó al pueblo, porque, según lo dijo después, andaba buscando con quien casarse.

 

En la novela que parece un reportaje hay putas y serenatas y se sienten las calenturas climáticas. Y de pronto, todo el pueblo está, cuando apenas la mañana despuntaba, pendiente del desenlace desventurado, sin poder —o no querer— evitarlo, porque, además, hay asuntos que solo el azar determina, y este está muy bien delineado en la obra como un elemento contra el cual no opera ni la voluntad ni la razón. Una de estas situaciones aleatorias puede ser la entrada de Nasar a casa de su novia Flora Miguel, que, conmocionada, lo esperaba para devolverle sus cartas y decirle en tono perentorio: “¡Ojalá te maten!”.

 

Las últimas páginas de esta Crónica son deslumbradoras, porque la tensión alcanza su cumbre y parece haber una música de fondo, con suspense, que le provocan al lector ganas de meterse en aquella realidad ficticia y salvar al pobre Santiago que parecía “un pajarito mojado” buscando un refugio para eludir los cuchillos de los hermanos Vicario. Los mismos con los que le sacarán sus entrañas, que se diluyen con el último símbolo mortuorio de la novela: el sábalo que Wenefrida Márquez estaba desescamando en el patio de su casa, al otro lado del río.

 

 

 

 

Anuncios

Reflejos en una retina desgarrada

Por Reinaldo Spitaletta

 

Tal vez, uno de los temores más angustiosos de mucha gente es a perder los dientes o a quedarse ciego. Hay miedos a lo desconocido, a la oscuridad, a las calles solitarias. Miedo a la muerte y a la cárcel. A una condena, estilo Josef K, o a quedarse sin trabajo en tiempos de crisis. Creo no tener, después de superar decenas de ellos, miedo a nada. Ni a la nada. Sin embargo, hace unos dos o tres meses, comencé a ver cocuyitos, hormiguitas voladoras, diminutas sombras flotantes. Y todo, por el ojo derecho, que es el más miope de los dos.

 

¿Me estaré quedando ciego?, me pregunté, mientras atravesaba, en caminada de recreo, el Parque Obrero, y miraba la escultura de Bernardo Vieco, junto de la cual varios muchachos hacían gimnasia y mostraban sus pectorales y bíceps hipertrofiados. La mosquitería se movía dentro de mí. Continué la marcha, intentado hacer caso omiso a los centelleos interiores. Las sombritas móviles prosiguieron, con su fastidiosa invasión.
Debido a las tardanzas en una cita médica de la empresa de salud a la que estoy afiliado, tuve que pagar una consulta particular. El diagnóstico fue el de agujeros en la retina y que había que intervenir el ojo mediante un procedimiento con láser. Después de idas y vueltas a la poco salubre entidad, de filas y esperas, de preguntas por aquí y por allá, y demoras del coordinador que jamás estaba, pude obtener, tras protestas mías y dilaciones de ellos, una cita de urgencia, una orden de remisión para una clínica especializada.
Cuando, tras los papeleos del caso, la retinóloga me examinó, de inmediato advirtió que había que operar con el ya célebre sistema de radiaciones. “Por favor, espéreme una hora”. La clínica está diseñada para clientes-pacientes con problemas ópticos. En los ascensores, voces pregrabadas de mujer dicen el número del piso y anuncian la apertura y cierre de las puertas. Uno se siente como en una nave espacial. Yo, con las pupilas dilatadas (porque me echaron las gotas pertinentes en ambos ojos), descendí del séptimo piso al primero, a esperar el momento de ingresar a la sala de procedimientos con láser. Y en algún instante, y como un advenimiento de sorpresa, recordé un cuento de H.G. Wells, que había leído hacía años: El país de los ciegos. Había un hombre que rodaba por la nieve y caía en un extraño mundo en el que su vista no le servía para nada. Su caída terminó en un territorio en el que, él, vidente, era allí una suerte de discapacitado, un limitado, un inválido al que el sentido de la vista lo perjudicaba. Era un estorbo. Y ahí comenzaba el drama del tipo.
También recordé, cuando una enfermera salió de un consultorio y me echó otra dosis de gotas para dilatarme aún más la pupila y, además, me dio a tomar un analgésico, recordé, digo, la vez que visité en Buenos Aires, en el barrio Almagro, una biblioteca para ciegos. Tenía a la entrada un aviso dorado, refulgente, para llamar la atención de los que sí pueden ver. Pero lo que me deslumbró no fueron aquellos brillos, ni los portones grises, ni la construcción antigua de siete pisos con balconcitos enrejados, sino el encontrarme en un enorme salón abarrotado de estanterías en la que descansaban libros, casi todos de un rojo oscuro, que yo no podía leer. Estaban escritos en braille, un sistema de lectura y de escritura para ciegos, que se puede aprender en pocas semanas.
Subí al entrepiso por unas escaleras de mármol blanco. En el camino, casi me tropiezo con dos invidentes. Creí que se habían reído de mi torpeza. Me agarraba al pasamano como si el ciego fuera yo y no ellos. En un pasillo vi un cuadro con la efigie de alguien sin ojos, y más allá, el busto del creador de la biblioteca, el ciego español Julián Baquero.
En la sala de espera de la clínica yo veía todo borroso. Escuchaba voces, veía, o mejor dicho, intuía bultos sentados. No sé por qué recordé que Shakespeare había escrito no sé en cuál de sus obras una frase que me intimidó: “La oscuridad que ven los ciegos”. Aquella tarde, era ya como la una, mis recordaciones eran muy literarias. Repasé imágenes del Ensayo sobre la ceguera, de Saramago, y supuse qué pasaría a esa hora si en Medellín, una ciudad atiborrada de vehículos, contaminada y calurosa, sobre todo en su parte central, todos los que iban manejando quedaran ciegos de súbito.
Volví a los distantes espacios de la biblioteca porteña, que había sido la primera en su género creada en América Latina. Me puse a detallar anaqueles y mesitas y fue cuando advertí que una ciega avanzó a una velocidad insospechada. Venía directa hacia mí. “Nos chocaremos”, pensé, pero, de pronto, cuando ya estaba muy cerca, hizo un giro veloz, me esquivó y continuó con sus pasos afanados hacia una estantería. Tomó un libro y comenzó a leerlo con las manos.
En aquella biblioteca, los volúmenes en braille ocupan más espacio que si estuvieran escritos en la forma tradicional para videntes. Se quintuplican, porque solo están escritos por un lado de la hoja. Esa entidad tenía copistas voluntarios y había una imprenta computarizada, que para aquella época, 1994, era un avance, con la que publicaban tres revistas: Hacia la luz, Burbujas (para niños ciegos) y Con Fundamento (para jóvenes). También había libros parlantes (hoy denominados audiolibros) y una revista oral (La rosa blanca), que grababan las mejores voces de la radio de Buenos Aires.
Mientras esperaba el momento de la intervención, pensaba también en mi desgarre retinal, en que, además, la especialista, de nombre Diana Hernández, al momento del examen, me había dicho que el otro ojo, tarde o temprano,  también iba a agujerearse. Mejor dicho, el temor de la ceguera me estaba asediando. La asistente se acercó de nuevo y me ofreció otra pastilla, porque era mejor, según ella, prevenir molestias. El agua del vasito desechable me cayó bien.
Recordé a Zoraida Vélez, personaje de La casa de las dos palmas, mujer que reinventa el mundo a través de los sentidos, una ciega que ve hacia adentro y aprende a recorrer los espacios como si en realidad pudiera ver. También recordé a Manuel Mejía, autor de la novela, cuando en su casa-finca nos contó que para poder diseñar aquel personaje, que era como el resplandor extinguido de un arrebol, “tuve que hacerme el ciego y caminar a tientas por cuartos y pasillos”, dijo.
No sé cuánto tiempo transcurrió. De pronto, escuché mi nombre. La asistente me mandó a pasar. Me senté frente a un aparato óptico. La muchacha me decía que si estaba tranquilo, creo que sonreía. “Sí, estaba recordando una biblioteca para ciegos y a una ciega”. Se rió y pudo haber pensado que yo estaba un tanto corrido de la cabeza. Al rato, apareció la oftalmóloga. Saludó con cortesía. Se sentó al otro lado de los enormes binoculares. Explicó en qué consistiría la intervención. Y luego comenzó su labor. Tal vez pasaron unos quince o veinte minutos, quizá mucho más. Y yo sentía que mi ojo se quemaba, dolía, ardía. Las descargas me hacían imaginar que, por ejemplo, si me parara bruscamente de allí, qué podría suceder, ¿quedaría ciego o qué?
Como una manera de escaparme de aquel escenario, torné a los recuerdos de la biblioteca. Había muchos libros que yo no podía leer. Allí yo era un analfabeto. Y mis manos estaban ciegas. Me estremecí. No sabía si en aquel espacio estaría el relato de Wells, que tanto me había impactado. Igual, de haber estado, de nada me hubiera servido, a mí, un pobre vidente, un homo videns, un tipo que ve.
“Listo, por ahora”, dijo la retinóloga. “Revisión en mes y medio”, agregó. Se despidió y salió por otra puerta. Tras una corta espera, me levanté y caminé despacio. La luz de afuera me golpeó. A la entrada de la clínica, tomé un taxi. En ese momento, volví a preguntarme con aprensión qué pasaría si en Medellín todos (o casi todos) quedaran ciegos. Comencé a lagrimear. Los rayos del sol me estaban hiriendo.

Pintura de James Christensen, una revisión de la Parábola de los ciegos, de Brueghel el Viejo.

El imaginativo aviador de El principito

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hace ya tantos años de aquella suerte de aventura nocturna, cuando, en las noches claras y despejadas, buscaba en cada estrella la figura de aquel pequeño príncipe, que me perturbaba tras la lectura de la obra de un aviador, que para desgracia del mundo se había perdido en la mar océana, después de que, en pleno vuelo de reconocimiento, una nave enemiga lo derribó. No sé cómo llegó el librito a casa y quién lo dejó ahí, junto a mi cama, tal vez como una manera de la sorpresa o de la seducción.

 

Era casi lo más normal, en una casa en que las palabras eran un modo de sobrevivir a ciertas carencias e inestabilidades, como las de estar mudándonos cada seis meses, cada año, cada tanto, a otras residencias; la de tener uno que otro libro, aparte de revistas como O Cruzeiro, Time, Bohemia, Cromos; más tarde, en plena juventud, China Ilustrada y Pekín Informa, o más atrás, una llamada Luz, que mamá y una hermana de ella leían con avidez, encerradas en un cuarto, y que por eso mismo, después abordábamos mis hermanos y yo con cierta inquietud y ansiedad. También estaba la anticomunista Selecciones del Reader’s Digest, que incluía reportajes condensados y una que otra historia de guerra, aparte de algunos chistes fríos y secciones de curiosidades.

 

No abundaban los libros, pero sí, de a poco, fueron teniendo una presencia importante en casa (lo de casa es un decir, más bien, en las numerosas casas en las que pasamos la infancia y la adolescencia), con distintas literaturas, como unos libros que sacábamos de la biblioteca de un tío, que la había dejado abandonada en su casa, tras haberse ido a vivir al Canadá, y entonces nos apoderamos de novelas y ensayos de Stefan Zweig, de Schopenhauer, de un poco de novelas de Editorial Tor, de la Divina Comedia y unos folletos de teosofía y rosacrucismo. Después, en los estantes de una biblioteca que armamos con tablas ordinarias, se agruparon Kafka y Faulkner, Poe y Chejov, que cada uno de nosotros conseguíamos o de segunda en La Anticuaria y otros “agácheses” de la Plazuela Uribe Uribe de Medellín, o nuevos, comprados en librerías.

 

A la casa (otra vez, es un decir) iban muchachos, compañeros de estudio de mis hermanos, y uno que otro revoltoso, que aquellos días eran de agitación social y huelgas y marchas estudiantiles. Ya había escuchada hablar de la obra de Antoine de Saint-Exupéry cuando estuve en Copacabana, al final de mi adolescencia, en un club juvenil regido por un cura pelirrojo y amanerado, y en el que confluían muchachos que, aparte de bachillerato, estudiaban música y artes plásticas. Alguno de ellos, en una exposición semanal, habló de la obra y de su autor.

 

Cuando el libro apareció en mi cuarto, como si se tratara de una conspiración, lo primero que captó mi atención fue la ilustración de portada (que, por lo demás, tenía rasgos de haberse mojado, como si el libro hubiera sobrevivido a un aguacero, a una borrasca, a un naufragio callejero, quién sabe). Aparecía sobre un como peñasco la figura de un muchachito rubio, manos en el bolsillo de su pantalón verdoso y con un corbatín rojo, con estrellas amarillas y soles alrededor. Recuerdo, no sé por qué, que era una edición de Emecé de 1951. En la contraportada, el mismo muchachito, con un florete en la mano izquierda, vestido de sacoleva azul y rojo, botas azul oscuro y unas estrellitas amarillas sobre los hombros. “Es un libro para niños”, pensé con cierta obviedad y no lo leí de inmediato. Seguí, eso sí, inquieto por su origen.

 

Después, tras hojearlo y ver las huellas de las aguas en sus páginas, algunas tostadas, rígidas, lo puse sobre el nochero. Cuando leí la dedicatoria, ya no había duda de que se trataba de un libro infantil. Cuando me puse a leer el resto, ahí sí las dudas surgieron en abundancia y no me pareció entonces que fuera un libro escrito para pelados, sino para adultos, claro, muy sensibles, y con imaginación y ganas de sentir en la piel y más adentro qué es la poesía. La boa que se tragaba una fiera, una ilustración amarilla, me sobrecogió; sin embargo, aquello que los adultos, según la narración, veían como un sombrero, yo, de inmediato, lo observé como una serpiente que está haciendo la digestión. Lo que en efecto no esperaba era que adentro del reptil hubiera un elefante. Y sentí una enorme lástima por él.

 

Cuando avancé en la lectura, supe que el autor, o por lo menos el que narraba, era un aviador, que se había varado en el desierto del Sahara y en ese punto, vaya coincidencia, un pelado que parecía venir del espacio sideral, estaba en un arenal, con una vocecita que imploraba que le dibujaran un cordero. El libro, de una aparente sencillez, me fue revelando que para escribir una historia de ese modo, había que tener mucha inocencia interior, capacidad de sorprenderse, y haber viajado alguna vez en un asteroide, como el avistado por un astrónomo turco en 1909, el B612, y del cual el narrador creía que era en el que habitaba el principito.

 

Tal vez, tras leer el librito, supe de dónde procedían mis tristezas cuando veía ponerse el sol, porque me hacía sentir la presencia del tiempo, del cual supe, muchos años después, que era infalible para arrugarle a uno la frente y el corazón, y que, como lo advirtió un vate de no sé dónde, era la única verdad. No sé por qué avatares y circunstancias, relacioné este libro, hallado por mí al final de los años felices, con unos libros viejos que durante buen tiempo nos acompañaron en las mudanzas, y que, por ello, o no sé por cuales otras razones, se fueron esfumando.

 

Eran  unos libros decolorados, amarillentos, con los que mamá había crecido y que quiso conservarlos después de casada y de haber pasado hacía ya mucho tiempo por un colegio de monjas, a las que ella odió porque eran tiranas y mandonas, además de hipócritas, según sus palabras. Había uno, sobre las ruinas de Palmira y otras historias de la vieja Babilonia, de Asiria, de reyes como Asurbanipal, de ciudades como Nínive y otras atracciones históricas. Había otro de química orgánica, con ilustraciones, y una geografía del mundo, y todas las cartillas de Alegría de Leer, y varios textos de aritmética, y muchos de colecciones de la Editorial Bruño, aparte de los cuentos de ediciones Calleja. También, algunas selecciones de poesía de Bécquer, Amado Nervo, Rubén Darío y la ortografía en verso de José Manuel Marroquín. Desde luego, no era clara, ni siquiera remota, la conexión entre esos libros viejos, que mamá hospedó en casa muchos años, y el de Saint-Exupéry.

 

Uno de los libros que después desapareció fue precisamente el de El principito, que nunca supe, como lo dije antes, quién lo llevó a casa. Pero la historia escrita por el aviador tenía su misterio y su salero. A veces, pensé que había mensajes cifrados, crípticos, en su narración. Que había asuntos secretos en las rosas, la flor de tres pétalos, el zorro, los asteroides, los volcanes, en aquello de expresar que lo esencial es invisible a los ojos. “Los ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón”. Tal vez, con aquella lectura, supe que las estrellas sonreían y susurraban.

 

Me pareció tras su lectura, que esta obra está atravesada por una honda melancolía, que es portadora de una tristeza que agrada, una tristeza dulzona. Hiel con miel. Y así, mucho tiempo después, se la leí a mi hijo en voz alta, aunque no supe hasta ahora qué efectos hubo en él, y a lo mejor, ahora esté él pensando en leérsela a su vez a su pequeña hija, que El principito va de boca en boca, vuela más que su creador, como que lo han traducido a más de doscientas lenguas y es, junto con Historia de dos ciudades, de Dickens, uno de los libros más vendidos de todos los tiempos.

 

Por el momento, abandonemos las peripecias del muchachito celestial y pasemos un poco a las de su autor, nacido en 1900, en Lyon, Francia, y uno de los pioneros de la aviación y del correo aéreo en Europa, África y América. Cuando tenía 26 años, entró a una empresa aérea de correo postal, que viajaba a Senegal con encomiendas y cartas, y de cuya experiencia escribió el relato El aviador. En 1929, inició su relación con la Argentina, en la que será clave en el desarrollo de la empresa aeropostal de allí, viajará a la Patagonia, abrirá nuevas rutas, se sorprenderá con los picos nevados de los Andes y escribirá novelas como Correo del sur y Vuelo nocturno.

 

En la Patagonia es donde, según se dice, concibió su historia cumbre, su personaje universal, el mozalbete peliamarillo que sabía que solo los niños encuentran lo que buscan. Tras la quiebra de la empresa de la que él fue su motor en el Cono Sur, se dedica a hacer vuelos a Vietnam, Moscú, España, y a su vez, se convierte en cronista, y da cuenta de los tiempos de desastre y los vientos de guerra que se agitan en el mundo. Cuando estalló la Segunda Guerra, su país lo movilizó y vinculó a la Fuerza Aérea, en la que se desempeñó en una escuadra de reconocimiento aéreo. Cuando los alemanes invadieron a Francia, voló a Nueva York.

 

En Estados Unidos, donde participó en las negociaciones del ingreso de ese país a la guerra, se erigió como uno de los intelectuales más destacados e influyentes de la Resistencia. En Nueva York escribió El principito, publicado en 1943, con ilustraciones suyas. Al año siguiente, vivirá su última aventura aérea. Se le envía a sobrevolar Cerdeña y Córcega a bordo de un P-38 con el fin de proyectar un posible desembarco del ejército francés en Provenza. El 31 de julio de 1944, su avión desapareció sin dejar rastros y dio comienzo a la leyenda. Hubo versiones que indicaron que el piloto y escritor se había suicidado. Que lo había derribado la aviación alemana. Que había fingido su muerte y había cambiado de identidad. Y hasta se llegó a insinuar que había volado hacia un planeta literario para reencontrarse con su principito.

 

El misterio sobre la suerte de Saint-Exupéry duró varias décadas. En el año 2000, un buzo halló en el fondo del mar, frente a las costas de Marsella, restos de un P-38 Lightning, que se recuperaron en 2003 y al año siguiente se confirmó que pertenecían a la nave que pilotaba el escritor. Lo que sigue es todavía más sorprendente y tiene que ver con el piloto alemán que derribó el avión francés, sin saber, claro, quién era el que lo manejaba. “Si hubiera sabido que era él, no hubiera disparado”, confesaría años después Horst Rippert.

 

Una ráfaga de ametralladora derribó la nave de Saint-Exupéry, escritor que no alcanzó a saborear las mieles del éxito que tuvo su relato. En Francia, por ejemplo, El principito se publicó póstumamente. El piloto alemán que lo tumbó, declaró más tarde que durante toda su vida lamentó el hecho, sobre todo porque él era un lector de las obras del novelista, periodista y aviador.

 

“Para mí fue una auténtica catástrofe. En mi juventud había leído toda la obra publicada en Alemania hasta ese momento. Yo adoraba sus libros, sus aventuras en América del Sur y en otros sitios del planeta. Saint-Exupéry sabía como nadie describir el cielo, las sensaciones y los sentimientos de los pilotos. Su obra despertó gran cantidad de vocaciones en la Luftwaffe. Desde entonces esperé y sigo esperando que no haya sido él quien cayó en el mar ese día. Pero ¿qué podía hacer? Durante todos estos años me he repetido esa pregunta”, le dijo al diario argentino La Nación en 2008, después de sesenta y cuatro años de silencio y pesar.

 

El piloto de la aviación nazi relató que cuando llegó a su base, se enteró de lo que había hecho, porque todas las frecuencias de radio, incluida la francesa, señalaban que el avión de Saint-Exupéry había sido derribado. Sin que fuera parte de su voluntad, el militar germano había matado a su ídolo. “Si hubiera sabido que era él, no hubiese disparado. Eso es seguro. Desde entonces me digo que ese día abatí al más amigo de mis enemigos”, dijo.

 

Su porción de eternidad (y la frase pertenece a Vuelo nocturno, con el héroe Rivière, adorado por André Gide), la ganó Saint-Exupéry al caer al mar, pero toda la eternidad la obtuvo con sus novelas y relatos, en particular con El principito, un despliegue de poesía, de belleza y sensibilidad. Lo dijo tiempo después Julio Roy: “Saint-Exupéry nos ha abierto el cielo, exactamente como Melville y Conrad nos han revelado el mar. Creo que si el avión no hubiera existido, Saint-Exupéry lo hubiera inventado”.

 

Este piloto de la poesía y de la imaginación, que tuvo una musa en su esposa Consuelo Suncin (que es la rosa de El principito, y que además fue mujer de José Vasconcelos y amante de Gabriel D’annunzio, que la inició en las prácticas sadomasoquistas), sigue navegando por la literatura, el mar y el aire. Su obra cumbre, que es también una burla al poder y ciertas autoridades, como se puede apreciar, por ejemplo, en el pasaje del rey, es una reivindicación de la sinceridad, que es una potestad infantil.

 

Desde algún lejano lugar (o tal vez, no-lugar) del espacio sideral, el principito estará viendo la tierra y sus desventuras, y acaso llorará por la desaparición de aquel hombre que una vez, en un desierto, le dibujó una cajita en la que había guardado un cordero.

 

Virginia Woolf y un perro de orejas largas

Por Reinaldo Spitaletta

 

Le han dicho de todo: la madre del feminismo moderno; la primera narradora que, en un atrevimiento sin par, manipuló el tiempo y el discurso literario con el monólogo interior, una técnica procedente de la sicología; la más grande novelista lírica de la lengua inglesa; una mujer que disfrutó de la libertad sexual y en su época, en la que si bien la moral victoriana era historia, no se había extinguido del todo. Virginia Woolf, un nombre nada virginal ligado a la creación literaria con altas dosis de innovación y ruptura con la tradición novelística no solo de Inglaterra natal sino de Europa.

 

Dama atrevida, si las hubo. Tanto, que en Tres guineas (1938) osó enfrentarse al fascismo, a sabiendas, claro, de que su marido (por ser judío y un intelectual de izquierda) y ella misma podrían estar en las listas negras de Adolf Hitler. Mucho antes, y en una suerte de confrontación al predominante machismo cultural, había expresado en su ensayo Un cuarto propio, en el que habla, entre otras, de Emile Brontë, Jane Austen y George Eliot, que “para escribir novelas es necesario que una mujer cuente con dinero y un cuarto propio”. Una revolución. Su talento iba más allá de las posibles reivindicaciones sexistas y se convirtió en una escritora que propuso nuevas formas de hacer literatura.

 

El ensayo Tres guineas surgió de una pregunta que, a la escritora, le hizo en una carta un caballero sobre, en su opinión, cuál era la forma de evitar la guerra. Y entonces, la novelista se dejó venir con una tanda acerca de la historia de las reivindicaciones femeninas no solo en Inglaterra, sino en otras geografías, con un despliegue de ironía y humor negro.

 

Las depresiones la asediaron. Adeline Virginia Stephen, su nombre de soltera, nació en Londres en 1882. Educada por institutrices y profesores particulares, no estuvo en colegio alguno y recibió una encumbrada cultura. Su casa primera era visitada por gentes con ilustración y, después, cuando la familia se mudó al barrio bohemio de Bloomsbury, el lugar de habitación se transformó en una centro de ideas, con visitantes de la intelligentsia inglesa como Bertrand Russell, Katherine Mansfield, Duncan Grant, E.M. Forster, J.M Keynes y otros que integraron el Círculo de Bloomsbury, intelectuales con sentido crítico de la historia y la sociedad. Uno de ellos, Leonard Woolf se casó con Virginia, y ambos fundaron una editorial (Hogarth Press) que no solo publicó las obras de la perturbadora escritora, sino, por ejemplo, de Freud y T.S. Eliot.

 

Con la poetisa y escritora Vita Sackville-West, Virginia, prosiguiendo las premisas libertarias del círculo de Bloomsbury, sostuvo una amistad larga y relaciones amorosas, que influiría en la confección de una de sus creaciones más celebradas: Orlando, dedicada precisamente a su fémina amante. En sus obras, la novelista presentó una “visión maravillada de la realidad” y tuvo, como debe ser, una disciplina rigurosa y muchas ganas de estar escribiendo, tanto que su diario personal consta de más de veintiséis volúmenes, no todos publicados todavía.

 

“El diario da, durante veintisiete años, constancia consecutiva de lo que Virginia Woolf hacía, de las personas a las que veía, constancia acerca de sí misma, acerca de la vida, y acerca de los libros que estaba en trance de escribir o albergaba esperanzas de escribir”, dice Leonardo Woolf en el prólogo al Diario de una escritora. Lo empezó a escribir en 1915 y tuvo anotaciones hasta cuatro días antes de su decisión fatal tomada en 1941, cuando llenó con piedras los bolsillos de uno de sus abrigos y se internó en el río Ouse, tal vez pensando en ninfas y nereidas, o quizá en nada. Sus últimas impresiones tienen que ver con los bombardeos sobre Londres y acerca de los guisos de róbalo y de la carne de salchicha.

 

A Leonard le escribió una carta de despedida, en la que dijo, entre otros asuntos, “ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer (…) No puedo luchar más (…) No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo”. Al final, escuchaba voces y era incapaz de concentrarse.

 

 

A Virginia Woolf, renovadora de la escritura en el siglo XX, la empecé a leer, muy a grandes rasgos, con curiosidad de novato lector de complejidades (ya me había integrado al final de la adolescencia con Faulkner y Estos Trece, El Villorrio y Los invictos), con un libro que un mi hermano (que gustaba mucho de escritores como Heinrich Böll y Kafka) había llevado a casa, en la que ya se iba engordando una fraternal biblioteca, con tablas de madera ordinaria que después destruyó el comején, y que era un fondo común de los cuatro hijos de papá y mamá: Las olas, de difícil acceso para los que estábamos acostumbrados a novelas de aventuras, con intriga y peripecias. Y después, Al faro y La señora Dalloway, que son clásicos de la dama inglesa.

 

Digamos que durante no sé cuánto tiempo dejé de visitar los escritos de doña Virginia, hasta cuando hace unos veinte años pude conseguir el Diario de una escritora, de Editorial Lumen, una edición preparada por el viudo Woolf y traducida por Andrés Bosch. Leer un diario, como se sabe, es como actuar de voyerista y hay que tener intereses predeterminados para no aburrirse. Pasa con muchos, como los de Thomas Mann, por ejemplo. Es como con los archivos históricos: hay que tener preguntas para ellos, porque, de lo contrario, se corre el riesgo de perderse entre tantos avatares.

 

La autora de Orlando, libro que ella comenzó a manera de broma, advertía que la literatura “nos mantiene dulces y cuerdos”. Y también decía que la única vida excitante es la vida imaginaria. “Estoy tan harta de Orlando que no puedo escribir. He corregido las pruebas en una semana; y no puedo escribir una sola frase más. Detesto mi propia fecundidad. ¿Por qué hay que estar siempre soltando palabras a chorro?”, consignó en su diario el miércoles 20 de junio de 1928.

 

La brillante Virginia, la que introdujo en muchas de sus obras el monólogo interior, el flujo de la conciencia, preocupada por los pensamientos de sus personajes, la que en Las olas suprime los personajes, mejor dicho, la que una vez dijo de esta obra tremenda que era difícil y agotadora, escribió una novela-divertimento, una biografía de un perro, una nouvelle en la que es capaz de asumir en muchos momentos el punto de vista de su protagonista, un spaniel aristocrático, de nombre Flush. Y en ella, publicada en 1933, conserva, claro, su magistralidad en la escritura, aunque es una obra “menor” dentro del repertorio de la inglesa.

 

Después de la fatiga que le dejó la escritura de Las olas, la novelista asumió a Flush como una especie de distensión, de ayuda quizá a su depresión creciente, en un ejercicio singular en la que, entre bastidores, hay cuestionamientos y burlas a la aristocracia, y muestra un Londres todavía parecido al de Dickens en aspectos de rufianes y bandas de delincuentes, en un lado de la ciudad, mientras en otras partes de la misma, se notan la elegancia y la flema de los de clase alta.

 

A Flush, una obra de frescura, tal vez terapéutica, la fue reduciendo en su dimensión. Al principio, tenía unas sesenta mil palabras y la labor de poda (escribir es podar, decía Chejov) le permitió una obra corta, con intensidad y tensión, que es todo un juego de delicias en solo treinta mil. Aunque para la escritora, la pieza no era de lo mejor, ni de lo más logrado de su ingenio y creatividad. “Debo hacer constar la tristeza y el abatimiento que me dominan, ya que acabo de leer las treinta mil palabras de Flush, y he llegado a la conclusión de que son malas. ¡Qué pérdida de tiempo, qué lata!”, dice el 23 de diciembre de 1932.

 

La novela del cocker spaniel inglés, narrada en tercera persona pero con el punto de vista del can y con apuntes del diario de la poetisa Elizabeth Barrett y de su posterior marido Robert Browning, es una obra que transcurre en Inglaterra e Italia, y comienza con un recorrido mítico-histórico de los orígenes de los Spaniel, con genealogías y andares geográficos. Se muestran en la obra, mediante los símbolos y el lenguaje, las distancias abisales entre las clases sociales, en este caso vistas a través de los perros, unos de rancia estirpe, otros de calle y sin pedigrí.

 

A diferencia de otras obras de la escritora, Flush está radicada en la intriga, en las peripecias, en los recorridos, algunos de ellos desventurados, del perro. Hay, sin duda, un conocimiento de estos animales, de sus comportamientos y angustias, de sus pesadillas y ensoñaciones. A diferencia de, por ejemplo, Buck, el de Jack London, aquel perro que obedece tras tantas desgracias el llamado de lo salvaje, Flush en buena medida es un can de la civilización.

 

Flush comienza su existencia en una casita de campo, en Reading, y luego cambia de dueños (lo regalan a la primera poetisa de Inglaterra) y llega a la ciudad, donde sigue aprendiendo de las emociones humanas y donde después será secuestrado, humillado, vilipendiado por sus captores, pertenecientes a lo más bajo de una sociedad dividida y con muchos desajustes.

 

Esta novela, muy olfativa, también instintiva, pero inteligente y plena de sentimentalidad, es una muestra del talento de la Woolf, de cómo no caer en trivialidades, de apuntar a las esencias tanto humanas como animales. No hay igualdad entre los perros como tampoco existe entre los hombres. Y la obra lo asume y desarrolla. Después, a través del spaniel, lo critica y desbarata. Cuando Flush llega a casa de Miss Barret, su vida dará un cambio radical. Es una existencia de encerramientos, de pocos paseos, una vida burguesa, o más bien aristocrática, pero sin horizontes, sin paisajes.

 

“Flush no era un perro cualquiera: animoso y, al mismo tiempo, reflexivo; canino, sí, pero a la vez extremadamente sensible a las emociones humanas”, que va sintiendo los cambios del tiempo, las estaciones, las fluctuaciones de ánimo de su dueña; y más tarde, los celos, la rabia por la presencia de un hombre que él cree va a alterar la relación entre Miss Barret y Flush. Narrada con sutilezas, con detalles, la obra discurre cronológicamente, con momentos cumbre, como la pérdida, o de otro modo, el robo que hacen del perro cuando Miss Barret iba con él de tienda en tienda, en un sector elegante. Después, el lector podrá acompañar la narración en una parte de Londres, deprimida y peligrosa, con prostitutas, ladrones y gentes sin fortuna, en una “verdadera metrópolis de la miseria”.

 

El pobre Flush, prisionero y triste, se da cuenta de estas mismas miserias, de cómo es tratado como un cualquiera, en un lugar en el que para nada importan su ancestro, su posición social, su vida muelle y de lujo. Ahora, en esa cloaca de desventuras, es un perro sometido, que lo castigan las pulgas y el hambre. En esta parte de la obra, Miss Barret sabrá de otras esferas del mundo, y pensará más en Flush como si fuera un humano, un ser imprescindible, y se enfrentará a los secuestradores del animal. “Miss Barret, después de todo, solo había visto un momento las caras de aquellos hombres, y aun así, los recordó toda su vida. Flush había estado a merced de ellos, viviendo en aquel ambiente durante cinco días enteros”.

 

Flush tornó a su vida de cojines y comodidades. Sabría entonces de los amores de la señorita con su novio; en el viaje a Italia, se daría cuenta de la nueva situación de su ama, casada y preñada y luego visitada por un bebé, pero conocería un asunto trascendental: en ese país había igualdad entre los canes. Una igualdad perruna, de pura fraternidad, y en la que la calle era clave para los intercambios y relaciones. En Pisa, por ejemplo, no había categorías, aunque “Flush tenía algo de esnobismo”. Y en Florencia supo que todos los perros del mundo eran sus hermanos.

 

En esta breve obra, la sociedad, la de Londres, la de Italia, es vista por un perro, analizada por él, diferenciada y asumida con distintas expresiones y rituales. Se enterará de las modas espiritistas entre las clases altas de Londres y sabrá de pulgas y sarna en ciudades italianas. Y aunque Virginia Woolf lo consideraba un “libro tonto”, una “pérdida de tiempo”, es, a pesar de su autora, un libro más que simpático, una mirada honda a la condición humana  a través de un perro.

 

Desde luego, la escritura de esta pequeña joya no alivió la depresión de la escritora. Es más, algunos comentarios de prensa, que decían que la creadora de Orlando, Las olas y Flush estaba acabada, muerta,  y que hubiera podido ser una gran novelista, aumentaron sus desazones. Sin embargo, según su diario, no se arredró. “Lo importante es liberarse a una misma: hallar nuevas dimensiones, no permitir la imposición de límites”, escribió el 29 de octubre de 1933.

 

Después, la novelista y poeta lírica, la amante de Shakespeare y los griegos, la lectora de francés, escribiría Los Años, Tres Guineas, Roger, y ratificaría un lugar de alturas en la literatura universal. Tal vez perdida entre sus obras maestras, Flush es apenas un juguete en el que la Woolf reconstruye parte de la época victoriana y hace un esfuerzo singular al observar el mundo a través de la mente y la lente de un perro de raza, de clase alta, que después se vuelve hermano de todos los caninos. Una obrita en la que el lector sensible, en algún momento dejará escapar algún sollozo.

Días felices de fútbol atardecido

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era un poco estar en un cielo urbano, sin pensamiento en futuros, sin agobios porque mañana qué será de ti, solo con la felicidad de la diversión que parecía no tener fin, la de jugar sin relojes un partido, mejor dicho, dos o tres o cuatro, en uno solo, hasta que la noche era alta y el tiempo de dormir se hacía imprescindible.

 

El partidazo se alargaba en la sonrisa de todos, en la rabia de alguno al que un túnel u “ordeñada” lo humilló y aspiraba al desquite, en el decir sin convicción o con muchas ganas de que el límite no llegara nunca: “se acaba a los doce goles”. En la pasión y la fuerza y el goce de estar viviendo solo para patear con clase una pelota, dócil a nuestros deseos.

 

Unas veces, era, claro, un estadio en media calle o en la calle entera. La plazoleta era el lugar indicado, porque se anchaba y el horizonte eran las aceras distantes, las fachadas de las casas, algunas en obra negra, y no había gramado, sino asfalto, o apenas la sugerencia de este con brea y piedras sobresalientes, que algunas, las más protuberantes, nos servían para diseñar la portería. No había redes ni palos. Solo dos piedras y un portero, en este lado, y lo mismo en el otro, allá. Y más allá, el mundo no existía. O de otra forma: el mundo era ese pedazo de barrio transmutado en cancha, jardín de las delicias.

 

Qué bello era el encuentro. Primero, reunión tras el medio día. Íbamos llegando, sin cita previa, solo porque el juego llamaba y reclamaba. Saludos de mano, intercambio de palabras en torno a cualquier cosa, pero todo con la meta del juego: quién tiene la pelota, por qué no aparece todavía el Gordo, y Chucho qué se hizo que siempre estaba el primero en esta acera de llegada. Y después, la barra y el balón y la escogencia de los equipos, con aquel “pico y monto”, un pie tras el otro, pico-monto-pico-monto, y al que le quedara el pie sobre el del rival, escogía primero.

 

Y la selección, casi siempre, buscaba un equilibrio, que el partido resultara emocionante y reñido, sin mansalvas, aunque a veces quedaba recargado, y había que parar el juego para volver a escoger, para intercambiar la nómina. Nada como un cotejo parejo, intenso, con toques aquí y allá, con gambetas y esguinces de unos y otros, con la hechura de bicicletas y taquitos y rabonas, con la confección de paredes, con la alegría de un amague aquí y otro acullá, que había ingenio y muchas ganas. Talento e inteligencia. Alborozo general.

 

No había cansancio. El mundo nos pertenecía, y era solo una cuadra, o un poco menos, atiborrada de muchachada, de carreras hacia allá y hacia este lado, que el fútbol era una manera excelsa de la vida. Los fines de semana, emprendíamos viaje a otras canchas, a mangas (potreros) que en la parte de las porterías estaban peladas. O a otras que quedaban a orillas de quebradas y había una interrupción larga,  a veces, porque la pelota navegaba aguas abajo y había que correr tras ella por la orilla y después meterse a la corriente para salvarla del naufragio. Moisés metamorfoseado en balón.

 

También, en plena faena futbolera, en algún peladero o en cualquier descampado, pasaban otros muchachos de otras calles, de otros barrios, y entonces nacía el animoso grito de “¡selección!”, que en buen romance significaba un desafío, una contienda en la que entonces el honor sí estaba en disputa. El honor del barrio, de la gallada, de la barra. Y se entraba a chocar con fuerza, y se sacaba el mejor repertorio de picardías y dribles, se exhibía la técnica adquirida, la sapiencia de manejar con categoría el balón, de volverlo un corozo, porque era una cuestión de dignidades.

 

El fútbol era un ritual de niñeces y adolescencias. Una misa contenta en media calle o en un potrero, todos éramos sacerdotes, todos feligreses. Todos, una hermandad que adoraba la pelota, a veces de trapo, otras de “carey” y en menos veces, porque no abundaba el metal, era un balón fino con cascos blanquinegros, que inflarlo era también parte de una odisea, de una peripecia solo comparable al “tecniqueo”, a la hechura sabrosa de treintaiunas, a los preliminares del picado.

 

El fútbol de barrio era estar en el paraíso (el infierno llegó después); en aquel dirimir a punta de palabras (y palabrotas, claro que sí) el cobro de una falta (foul decíamos entonces), la aceptación o no de una “mano-penalti”, era un intercambio de argumentos, de gritos y razones, a veces de sinrazones, que animaban la liza y daban tiempo para ir a tomar agua.

 

Era lindo jugar de memoria, con Chucho, con La Chinga y Fito, y provocar al rival con mostrarle la pelota, corrérsela, movérsela, dejarlo turulato, impotente, y uno hacia adelante, dominando la esférica, dueño del mundo, rey del universo, una pared, un pase atrás, un amague a la derecha y salida por la izquierda, lenguaje armónico del cuerpo, comunión con el balón, y después, la gloria del gol, abrazo colectivo, grito cósmico. Y todo, por el placer de jugar y ejercer la imaginación y la riqueza de los años mozos.

 

Quizá en aquellos días, no hubo momentos más contentos que los de la jugarreta de fútbol, un viaje interplanetario, una expedición a lo desconocido, porque cada partido era una aventura distinta, un descubrimiento (y un deslumbramiento), un modo de vivir sin preocupaciones. Éramos los dueños de la calle, de la manga, y los súbditos del balón, al que después sometíamos a nuestras querencias. Y nos obedecía.

 

La pelota de plástico, la de cuero, la de trapo, era la novia de todos. Amada por su disposición a dejarse acariciar. Ella y nosotros. Una unión de dicha que pervive en el recuerdo y a veces nos conduce a soñar con los días en que el mundo era un carnaval. La fiesta terminó hace rato. Sus ecos distantes nos hacen sonreír. O brotar un ineludible lagrimón.

 

Fútbol e infancia, una pareja imaginativa (imagen tomada de internet)

Domingo con hedores y tres cabezas

Por Reinaldo Spitaletta

En la quietud de la mañana de domingo, el travesti atravesó con paso de demostración el parque de Bolívar. El atrio de la Basílica Metropolitana abundaba en palomerías. En sus bancas, uno que otro parroquiano parecía no esperar a nadie. Un tipo de unos sesenta años, solo, miraba un enorme hueco abierto en la calle Caracas en el cruce con Junín. El Libertador, sobre su caballo de bronce, seguía con su vista al sur.

Cuando llegué a la plazuela Nutibara, un poco antes de las nueve de la mañana, la gente escaseaba. Era un domingo sin abundancia de sol y con noviembre montado en las viejas palmeras del sector. Me aventuré por Boyacá y miré hacia las tres cabezas del escultor Bernardo Vieco, en los altos del edificio Bedout,  a ver si todavía estaban observando la histórica callejuela que en la colonia se llamó la Calle Real. Y sí, ahí proseguían, impertérritas y como si pertenecieran a otro mundo.

Cerca de la Ermita de la Veracruz, recostadas a portones y sentadas en escaleras de hospedajes, cuatro prostitutas exhibían su cansancio y miserias. Otra, contra una pared, mostraba sus nalgas desparramadas bajo un breve calzón de colorines. En una cercana acera, un tipo malencarado parecía vigilarlas, sin mucho interés en sus anatomías desmirriadas. Por Calibío, hacia donde derivé, más por tener una visión más próxima de la plazoleta de Botero, que por ganar terreno, los jardines y los arbustos encerrados con verjas, refrescaron la mañana.

Antes de llegar a Tenerife, las aceras estaban llenas de sobrados de comida, vómitos resecos y olía a meados. Doblé para pasar por la restaurada casa del prócer Francisco Antonio Zea y continúe hacia el occidente, por Boyacá, que es el corazón del ya destartalado barrio San Benito, el primero que hubo en Medellín, y que con la creación de la plaza Minorista José María Villa en sus alrededores, dejó con lentitudes de ser residencial. Muy cerca de ahí, por el Paseo de la República, viven centenares de “habitantes de calle” o indigentes. Pero esa es otra cara de la realidad de una ciudad desconchinflada.

El pasaje peatonal Boyacá estaba desolado. Crucé por Salamina; más adelante, de pronto, apareció una pareja desconcertante: él, de traje café con leche, zapatos marrón, con un portafolio en la mano derecha; ella, de vestido largo, entre fucsia y mandarina, de algodón fresco, tacones altos, que en un momento la hicieron tropezar levemente. “¡Cuidado!”, le escuché decir al señor. Pasé por su lado, sin mirarlos y entonces me quedé alelado con una fachada que todavía tenía huellas de un antiguo esplendor. Pese a su descaecimiento, había en ella una elegancia aún no extinguida, un aferramiento a un pretérito que pudo haber sido glorioso. Cornisas, rosetones, grabados borrosos en el cemento viejo, mugre en la antigua pared. Era un frontis llamativo y entonces imaginé su belleza de otros tiempos.

La iglesia de San Benito, abierta, dejó ver una cantidad de feligreses que no alcanzaba a llenarla. La vista fue fugaz y de súbito ya estaba atravesando el puente peatonal sobre la Avenida del Ferrocarril, que conecta con el edificio del Sena. Al otro lado, cuando bajé las escalas, un vendedor de cigarrillos y confites, sentado junto a su chaza, me miró con curiosidad. Levanté las cejas en señal de saludo. Sonrió y su figura quedó atrás. Transitaban pocos vehículos por la avenida que hace años era un corredor para el tren. Mis pasos me condujeron hacia las inmediaciones del Puente Colombia, que con cambios y todo, es uno de los más viejos de Medellín.

Y en este punto, cuando estaba atravesando la oreja del puente, comenzó el hedor. En la manga, en la que hay unos cuantos arbustos, estaban acostados varios “habitantes de calle”. Uno, que venía hacia mí, procedente del pasillo derecho del puente, cargaba un costal con desechos. Me miró casi sin ningún interés y pareció notar que yo percibía con disimulado asco los olores alrededor. Era una penetrante hedentina a excrementos humanos. Subí por el estrecho paso peatonal. “Los que diseñaron la reforma del puente solo pensaron en los vehículos y no en los caminantes”, pensé, mientras observaba las aguas turbias del río Medellín.

Cuando estaba en lo más alto del puente, vi que en sentido contrario venía otro hombre, que acababa de patear hacia la calzada una botella de plástico, tras hacer unas treintiunas con ella. Portaba un costal. Cuando pasó a mi lado, percibí sus humores de tipo que hace rato no prueba baño. El edificio de la Biblioteca Pública Piloto, con sus vidrios azules, me evocó antiguas jornadas de lecturas en su ámbito. Al terminar mi paso por el puente, todavía se sentía en el aire el olor de la mierda. “Menos mal —me dije— que la fetidez no se queda adherida a la ropa”.

Doblé hacia el barrio Carlos E. Restrepo y ya había un aire más limpio, con brisas leves que movían las hojas de almendros y otros árboles. Eran las nueve y cinco minutos cuando llegué a mi destino en un café, el único abierto a esa hora, en el que venden empanadas argentinas, pan batido y galletas de mantequilla. Pedí un jugo de guanábana y esperé a que llegaran los de la cita. Afuera, en una mesa, una señora rubia le leía un cuento infantil en inglés a un muchachito también rubio. El domingo todavía era una promesa con pedazos de cielo azul.

Edificio Bedout o Boyacá, más conocido como el edificio de las Tres Cabezas (foto tomada de internet)

La mantequera

Por Reinaldo Spìtaletta

De joven tenía las piernas gordas y el busto redondeado. Saltaba a la cuerda con muchachas menores del barrio y quería tener dos hijas delgadas, que no fueran la mofa del vecindario. Su mal genio le alejó pretendientes, que apenas se estaban acomodando para saber si la chica embarnecida y de cabellos dorados que fruncía el ceño a cada instante, les podía interesar, más en búsqueda de pasar un rato, de ver si era posible sonsacarle algunas monedas o entrenar el magín conquistador que después les sirviera como un manual de triquiñuelas para seducir a las que ellos en el fondo sí estaban interesados en que fueran sus novias de ocasión.

Sus ganas de casamiento la llevó a enamorarse —o tal vez a gustarse, o tener un arrebato de juventud— de un carpintero, que al principio no mostró su cara auténtica de borrachín empedernido ni de caza-muchachas para engrupirlas y luego dejarlas regadas en la vía, según contaron después vecinas del tipo, cuando ya la regordeta y blancuzca muchacha estaba preñada. Y aunque cuando nació la primera hija, blanca y ancha como la mamá, le aconsejaron que dejara al irresponsable y bohemio conquistador (así lo calificaron en el sector), no hizo caso de las recomendaciones y continuó abierta a los requerimientos del sujeto, que daba la impresión de ser irresistible. La segunda nena, morenita y delgada, con nariz puntiaguda y un lunar rojo alrededor de la oreja derecha, era enfermiza y daba la impresión de tener hambre a toda hora. La madre, que engordó más, se tornó irascible. Por todo maldecía y llegó, incluso, a insultar con permanente desdén a las dos niñas, que crecieron con un vacío de padre, del cual renegaron después e insultaron en sus recuerdos, y con un inexplicable amor exagerado por su mamá, a la que a veces, en charlas de barrio, la llamaron la loca, sin que ella, claro, se enterara.

Con el tiempo, la cara de mujer rabiosa se tornó amarga. Se decía en los corrillos que sufría una pena porque había perdido la juventud en dejarse llevar por los instintos (así dijo uno, muy culto) y en levantar sin tener con qué a dos hijas que, como ella, tenían el ceño fruncido y odio en la mirada. En ocasiones, preparaba empanadas, que las muchachitas ofrecían en ollas de aluminio por el barrio. Más por lástima que por gusto o porque quedaran de rechupete, se las compraban.

La Mantequera, que así comenzaron a denominarla, iba de vez en cuando a casas de amigas de sociedad a arreglarles el piso y los trastes, y ellas, por no hacerla sentir como sirvienta, la invitaban a la media tarde a tomar chocolate con bizcochos y huevos revueltos con tomate y aliños. Creía que al ir a esas casas, de señoras que ella había conocido cuando vendía perfumes que le daban en consignación, había subido de nivel. Así no solo lo decía, sino que lo demostraba con gestos estudiados para que los demás creyeran que tenía mucha clase.

Las dos hijas, a las que nadie llamaba por el nombre sino como las hijas de La Mantequera, estudiaron en la Escuela Normal y se dedicaron a enseñar en escuelitas de pueblo. Así se desprendieron de la presencia llenadora de su madre, aunque por teléfono, día y noche, la tenían en los auriculares. Cuando se inventaron las cámaras para adherir a los computadores, se conectaban, o, de otra manera, la mamá las mantenía agobiadas con su presencia virtual. Sin embargo, ellas se mostraban dulces y aspiraban siempre a encontrarse cada quince días en la casa materna, para conversar sobre cómo podían lucir con distinción y gastarse el dinero en buhonerías.

La Mantequera desarrolló una manía: la de ir a bazares y cacharrerías a comprar inutilidades. Sentía un placer sin límite al observar vitrinas y tocar artículos en los ventorrillos: lámparas de cristal, relojes de péndulo, porcelanitas de imitación, pulseras de oro golfi (una deformación en la pronuncia de gold-filled) y de fantasía. Su placer de veterana, ya frisando por los cincuenta, era el del comprar chucherías (muy emocionante, según su decir),  para acumularlas en un apartamentito que consiguió a punta de ventas de frituras y de trabajar en casas de sus amigas de caché. Era una miniatura, con dos piezas, sala, cocineta y un comedor de barra americana. Estaba en un edificio, en la segunda planta, con un balcón en el que cabían dos materas.

En diciembre, el espacio se trastrocaba como en una sucursal de los almacenes de bombillerías y guirnaldas. En las paredes ella fijaba moños y otros ornamentos verdes y rojos, con bolas brillantes, y tenía un árbol de navidad que tocaba el techo, que, valga decir, tampoco era tan alto. Todo estaba poseído por el “espíritu decembrino”, con cintas y luces, estrellas y villancicos. Se decía en el edificio, que tal vez la señora de las nalgas protuberantes y piernas con gemelos enormes, no había tenido una infancia venturosa y con gracias, y al “cabo de las quinientas”, como señaló la vecina de enfrente en una reunión de propietarios, venía a desquitarse de las carencias que padeció en la niñez.

La Mantequera, pese a las risas que suelta con sus amigas cuando la visitan en su pequeño amoblado, es una señora triste. A veces, los porteros la han visto pasar cabizbaja y con lágrimas largas. No faltan quienes la adviertan como una mujer con ojos de demente, porque los fija en la nada y se ha dicho que es sonámbula. Tal vez porque muy tarde de la noche, camina por los corredores, con las manos al frente o sobre la cabeza, como si el mundo fuera a venírsele encima.

Pintura de Elena Núñez (tomada de internet)

Cara de Letrina

Por Reinaldo Spitaletta

Uno lo ve venir y de inmediato dan ganas de eludirlo. Camina como chencha; a veces, como un cerdito ancho y esponjoso, que tarda en sus movimientos y quisiera, en lugar de movención, permanecer en quietud olisqueando pantanos y aguamasas. No es que uno tenga aprensiones y no se atreva a esperar que pase, que transcurra y se pierda en la distancia, sino que su rostro siempre da la impresión de estar esperando que viertan sobre él toda la porquería del mundo. Cuando ya uno lo tiene a pocos metros, le advierte en su cara insana mohos y amarilleces, como si fuera un depósito de cochinadas que jamás se limpia. Él parece no percatarse de cómo los otros se apartan cuando camina hacia ellos. O puede ser, también, quién quita, que se haga el bobo, el elevado, el inocente, porque, así, puede no sufrir tanto, si es que sufre.

No sé si él presiente, o escucha, no lo creo, porque se trata más de un susurro, una murmuración, cuando lo pillan en su venir, que todos dicen con guasa: “viene Cara de Letrina”; hay sonrisitas, disimulos, una patética mascarada que se disuelve cuando el hombre (¿sí será un hombre?) comienza a alejarse.

Aunque, de veras, uno no sabe si se está yendo o viniendo. Y es probable que, por eso, se dé cuenta de nuestras burlas y desdenes. No nos gusta. Porque, hace años, cuando fue alcalde de esta población en la que hay asnos de dos patas, no atendió los ruegos, las peticiones y demostraciones de protesta de los habitantes, casi todos sometidos a una falta continua de agua, que eran apenas aguas turnadas, que llegaban en la alta noche, o a punto de alborear, por una o dos horas, y había en las tuberías domésticas un ruido como de monstruo que escupe, de prolongado ronquido de canillas. El martirio de la sequía causada por el desgreño duró hasta que llegaron otros burgomaestres, que también se robaron los fondos del acueducto, pero alguno, nadie recuerda cuál, hizo un contrato con los del pueblo vecino, y a estos corrales, en los que hace años habitaron vacas y caballos, nos llegó agua limpia. Porque en los tiempos de Cara de Letrina por los tubos viajaban gusarapos, lombrices, pantano, hierbas muertas y otros sedimentos.

De aquellas calendas desvergonzadas, nos quedaron a muchos mártires de por aquí, no solo eternos daños de estómago, parásitos y ganas de defecar a cada momento, sino una sensación de náuseas y picazones anales. Las mangas y baldíos de entonces abundaban en excrementos al lado de las higuerillas que proporcionaban hojas para la limpieza tras los depósitos de abono, que atraían moscas, moscardones, cucarrones verdes y a uno que otro perro vagabundo.

Cara de Letrina se burlaba de nuestros gritos (“¡abajo el alcalde que huele a mierda!”) y articulaba frasecitas como que él carecía de olfato y que todo, en consecuencia, le daba igual. Imaginábamos cuando, abierto de piernas, apuntaba su tiro de heces al fondo del excusado de su despacho. “Ah, qué bueno sería obrar en su cara”, se oía decir en corrillos, en esquinas, en las agazapadas sombras. Era un deseo general, una especie de ansias de venganza, que no llegaba.

Era (es todavía) narigón, con arrugas pronunciadas al lado de su apéndice nasal, pelilamido, y por eso alguno, gozón de cafetería, lo bautizó como “pelitriste”. No pegó el apelativo, porque ya se había extendido el otro, que daba cuenta no solo de la forma del rostro del granuja, sino de su hedor a marranera. El tipo estaba bien dotado para que habitara chiqueros. Para los lugareños era inconcebible que estuviera, o, mejor dicho, medrara en un despacho con tapete rojo y escritorio con vidrio encima. ¡Cómo un puerco de estos es habitante del palacio de gobierno!, pensaban los parroquianos, que luego lo decían en las tardes de los cafés del parque.

El parque tenía almendros y en la mitad un piñón. En este, los perros callejeros alzaban la patita y meaban en abundancia. Cuando Cara de Letrina pasaba por allí, los canes corrían con desenfreno, muertos del susto. O tal vez del asco, no se supo. Como una manera de la ofensa, o del desquite, algunos conspiradores (así les decía el alcalde) se tapaban la nariz cuando lo veían venir.

Cuando lo cambiaron del puesto, y sus ínfulas se desmoronaron, el sujeto intentaba sonreírle a algunos moradores, pero nadie le devolvía la cortesía. Y más bien, lo ignoraban o escupían al piso. El hombre (bueno, no hay certeza de que lo sea) aumentó de peso. La barriga le creció. La nariz también. (“Por mentiroso”, decía la voz popular) Y perdió agilidad en la caminada. Engordó para los lados. A veces, el botón de la camisa que daba a la altura del ombligo, no encajaba en el ojal y entonces la abertura dejaba ver el mantequero.

Cara de Letrina no parece un ser infeliz. Va por ahí diciendo que los de este pueblo miserable (el calificativo es suyo) son unos desagradecidos. Nadie —agrega— le reconoce las magnas obras que hizo en estos breñales, como el trazado de un puente sobre una quebrada seca, en la que durante años se vertió la porquería de piaras que pertenecían, preciso, a su padre. “Este pueblo no me merece”, se le oyó decir una noche, en medio de la borrachera. No se sabe quién le mandó dos o tres cagajones de los caballos que esperaban a sus dueños en las afueras de un bar de mala muerte, que impactaron en su muy particular fisonomía.

No se distingue a ciencia cierta quién fue el autor del sobrenombre, pero todo el mundo sostiene que ha sido uno de los aciertos más significativos del ingenio de este lugar en el que ya hay agua e inodoros modernos. Da la impresión, a veces, que al pretencioso exburgomaestre nadie lo determina. Y esto ocurre sobre todo en las fiestas patronales de la Virgen del Chorro, a la que se atribuye el milagro de que en este pueblo el agua ya no haya que hervirla, porque ni siquiera hervida, como se decía antes, servía para trapear o echarla a las letrinas para que corrieran los desechos.

Ahí viene Cara de Letrina. Y hemos acordado los que aquí estamos, los conspiradores, corrernos al mismo tiempo, como haciéndole el quite, para que sienta cuánto desprecio sentimos por su arrogancia perdida… Se opina con insistencia por estos pagos que el tipo —que con su presencia ofende a los marranos— debía habitar en un pozo séptico.

Literatura y política: ¿incompatibilidad de caracteres?

(Un ensayo sobre la inteligencia, la creatividad y la mentira)

Por Reinaldo Spitaletta

Desde la epopeya sumeria de Gilgamés, pasando por la Ilíada, la Anábasis (o La retirada de los diez mil), el Satiricón, la Divina Comedia y el Quijote, por sólo citar algunos hitos, la política ha estado presente en la literatura, como una manera de leer e interpretar los mitos y las realidades, y de dar cuenta de la condición humana, que se ha expresado, también, en lo político, como bien lo atisbó Aristóteles. Uno pudiera decir, sin temor a fallar en el aserto, que son más los escritores que han desarrollado temas políticos en su literatura, que políticos que hayan sido grandes creadores literarios. Porque, si bien recordamos, el estratega Winston Churchill, en una jugada incomprensible de la Academia sueca (como también fue incomprensible que jamás hubieran premiado a Borges) recibió el Nobel de Literatura, más por sus libros de historia narrativa y biográfica, que por trabajos de poesía o ficción. Quizá hacer la guerra pudiera ser parte de una creación literaria.

La política y la literatura, que cuando se reúnen en un solo ser parecen incompatibles, han ido de la mano en tantas obras que uno pudiera aventurar alguna hipótesis, como la que ha habido escritores, enormes creadores, que se han vengado de sus enemigos políticos o de otra índole, escribiendo ficciones, poetizando la realidad, como puede ser el caso de Dante y su Comedia. En ese mismo sentido, se pudiera hablar de casos ejemplares como el del Arcipreste de Hita y su Libro de Buen Amor, Francisco de Quevedo, Jonathan Swift, Shakespeare y Víctor Hugo.

Quién que haya visitado las novelas de guerra no puede asegurar que en esas obras no hay una visión política del mundo, en la que además el lector puede comprobar el aserto de un antiguo tratadista del arte de la guerra, que observó que ésta —la guerra— es la continuación de la política por otros medios. Una de las novelas más impactantes del siglo XX ha sido Vida y destino, del periodista y escritor ruso Vasili Grossman, en la que pinta un enorme fresco sobre la segunda guerra mundial, y en la que, además de la política, que es el telón de fondo, se involucran las ciencias, la educación y la cultura. Es una muestra de dos sistemas, de dos visiones del mundo, que a veces se confunden. Así se muestra con todo el rigor la invasión alemana a la URSS, en especial a Stalingrado, al tiempo que se da en otro plano una muestra de lo que pasa en Alemania bajo el régimen de Hitler. O qué tal obras como Cristo se detuvo en Éboli, de Carlo Levi, o las muy venturosas y a la vez desventuradas obras de otro italiano, el sobreviviente de Auschwitz, el químico y escritor  Primo Levi. Sería largo el catálogo o el muestrario de lo que ha sido la literatura de guerra y en la que uno puede ver las diversas posiciones políticas, no sólo del escritor, sino, y principalmente, de los protagonistas y demás personajes de las mismas. A quién que ha sido lector de estas ficciones no le ha acontecido sumarse a las filas republicanas al leer Por quién doblan las campanas, de Hemingway, o ponerse del lado de Robert Jordan, María y el viejo Anselmo.

Cómo no decir, de otra parte, que hay una visión política del lado de los que han sufrido los desastres de la depresión económica del capitalismo, en novelas como Las uvas de la ira, de Steinbeck, o El camino del tabaco, de Caldwell;  y si nos ponemos a caminar por las calles polvorientas del condado de Yoknapatawapha  nos  encontraremos con una apreciación política, con la misma que William Faulkner lee e interpreta el sur de los Estados Unidos. La literatura también está hecha para dar cuenta y razón de los marginales, de los que padecen las opresiones del poder, de las víctimas de la economía, o de aquellos que se encuentran en medio de la guerra y no saben en un momento dado si convertirse en desertores o en héroes, como sería el drama que narra Stephen Crane en La roja insignia del valor.

La literatura, entonces, también se ha nutrido de la política, aunque a la mayoría de los políticos poco les ha interesado la literatura, como puede ser el caso de Colombia, con contadas excepciones, entre las que podrían señalarse unas pocas, como la de Jorge Isaacs, escritor, soldado, político y explorador, hasta la de José Eustasio Rivera, uno de los que inicia en el país la novela social, con denuncia incluida, sin perjuicio de la estética literaria. Hace algún tiempo, un escritor argentino, Mempo Giardinelli, autor de una maravillosa novela, que también tiene mucho de política, Santo oficio de la memoria, advertía que en su país, caracterizado por ser un país de lectores, ya nadie leía. “Ni los docentes, ni los gobernantes, ni los economistas, ni los sindicalistas, ni los empresarios”, y recordaba con el Talmud que solo se puede construir la paz a partir de la justicia. Y aquí en este punto huelga recordar una de las más grandes novelas de todos los tiempos y que, según algunos escritores, como el mismo García Márquez, es la novela más importante de la historia: Guerra y paz, de Tolstói.

Si la literatura, como afirma, por ejemplo, Vargas Llosa, es la verdad de las mentiras, la política sólo sería la utilización de la mentira con fines de poder. Si se separan las dos disciplinas, se verá que la literatura, que ha tratado temas eternos como la soledad, el desamor, la muerte, el desarraigo, en fin, siempre dará cuenta de la condición humana, incluida la condición política. En cambio, la política, se ha acostumbrado a mentir, a utilizar estratagemas, a violar la ética. Hace algún tiempo un candidato a la alcaldía de Medellín declaró que la ética era solo para los filósofos. Decía el gran Enrique Jardiel Poncela que el “que no se atreve a ser inteligente, se hace político”. Y a su vez, el dramaturgo irlandés George Bernard Shaw afirmaba que “A los políticos y a los pañales hay que cambiarlos seguido… y por las mismas razones”.

Cómo no decir, por otro lado, que en ese monumento de la literatura francesa, que Víctor Hugo comparaba con una suerte de Biblia moderna, Los Miserables, no se encuentre una concepción política y que sea todo un fresco de los tiempos y las guerras napoleónicos, la restauración monárquica, la justicia, la religión, la sociedad, la arquitectura, el urbanismo,  las luchas sociales, las barricadas, la presencia de los niños en la sociedad, y, claro, el amor. En ella, el escritor da cuenta de las profundas contradicciones de una sociedad que viene de hacer tal vez la revolución más importante en la historia política, para seguir siendo una sociedad de exclusiones y desafueros.

El tema de la relación literatura y política es tan vasto, como amplias son cada una de esas disciplinas por separado. Pero, me parece, que la literatura lleva ventajas a la otra, porque no está concebida ni hecha para manejar al hombre, volverlo autómata, o siervo, obrero, esclavo, partidario, militante, miembro de la grey, sino, al revés, convertirlo en ser pensante, reflexivo, deliberante, conocedor a fondo de lo que se ha llamado la condición humana. Leer es un acto de inteligencia y, en el caso de la literatura, también un acontecimiento de la imaginación. Y del conocimiento.

Volviendo al mapa de la Argentina, uno no deja de sorprenderse con novelistas como Roberto Arlt y Leopoldo Marechal. El primero da cuenta de ciertos sectores de la sociedad, que a veces lindan con lo lumpesco, pero siempre con una visión política de sus universos. Esto se puede notar en obras como El juguete rabioso, Los siete locos y Los lanzallamas. Al tiempo que Marechal, poco leído en los tiempos de Perón, mezcla en su Adán Buenosayres lo alto y lo bajo, lo culto y lo popular, el boxeo y el fútbol, lo cómico y lo serio, la utilización de la parodia y la polifonía. Y digo, además, que en ese país van a aparecer novelistas que le van a conceder importancia suma al tema político, porque, además, es una nación en la que lo político aparece hasta en la sopa. Hay dos casos, entre muchos, que sería interesante mencionar: uno, el del escritor Manuel Puig, que aprendió primero en el cine lo que serían las técnicas literarias que iba a usar en sus novelas: planos secuencia, primeros planos, pero, además, la utilización de espacios en blanco, silencios, los diálogos, que le otorgaron a su literatura el marbete de ser una de las más novedosas de América Latina. Otra de sus características es la inmersión en la cultura popular, sobre todo en la música, y una más, incluir lo político, como sucede, por ejemplo, en El beso de la mujer araña, una obra que conecta a un preso político de izquierda con un homosexual en una cárcel porteña. El casi perpetuo diálogo entre Valentín y Molina es una de las experimentaciones literarias más tremendas de la literatura latinoamericana y una muestra estética de la relación entre literatura y política.

Otros botones de muestra podrían ser dos libros de Tomás Eloy Martínez, como son Santa Evita y La novela de Perón. Los dos pueden ser considerados mezcla de historia, periodismo y literatura, con un trasfondo esencial: la política. En Santa Evita la ficción se torna realidad e historia, al tiempo que en la de Perón, se vuelve documento ficticio y memoria. Esta última obra tiene como fundamento —y antecedente— un extenso reportaje que el periodista y escritor le hizo al dirigente político (Las memorias del general) y que luego va a convertir en literatura. Estas pueden ser, también, expresiones interesantes y contundentes de la relación entre política y literatura.

La literatura, asimismo, ha generado la posibilidad de hacer visibles a los dictadores, en tanto los representa, los simboliza, los desmitifica y les da dimensión terrenal, con toda esa carga de humanidad, llena de despotismo y arrogancia, pero también de abundantes soledades. Sucede, por ejemplo, con Gaspar Rodríguez de Francia, el paraguayo que se volvió leyenda, pero que Roa Bastos aterriza en Yo el supremo, en la que no sólo el lenguaje se convierte en protagonista, sino también los métodos para hacer literatura histórica, la investigación, los archivos. Es una narración que asume los veintiséis años de dictadura del personaje, al que se le da una perspectiva relatada también por las víctimas de su régimen, y es una novela en la que se aprecian críticas al poder y a la represión.

Las novelas de dictadores son, en América Latina, una manifestación de que la literatura es clave para los procesos de toma de conciencia, de tener noción del territorio, de la historia, de la identidad. ¿Qué hemos sido, quiénes nos han expoliado y mantenido en una larga noche de horrores y oscuridades? Así florecerán obras como las de García Márquez, Vargas Llosa, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier y Eduardo Zalamea, que tuvieron su arqueología o ancestros en las novelas sobre caudillos del siglo XIX.

La literatura en este continente ha sido la mejor expresión de lo político, de aquello que nos ha hecho tener un territorio, la búsqueda de una identidad, el proceso de construcción de una cultura. Los panfletos de Vargas Vila, las reflexiones de Fernando González, el gran tratado mítico sobre lo que es América Latina que García Márquez volvió universal, tantas obras, poemas, relatos, novelas, ensayos,  nos han proporcionado una manera de leernos, de ser distintos, de tener un lugar en la tierra. Incluso muchos escritores nos han proporcionado métodos de cómo no hacer caso a los políticos y más bien dedicarnos a leer a aquellos que nos siguen dando claves para entender el tremendo despelote  del trópico y también la manera de escapar del olvido y ubicarnos en las intrincadas tramas de la memoria. La literatura, a diferencia de la política, siempre ha sido la mejor forma de entender los infiernos (casi siempre creados por los políticos) y de elevar alguna escalera al utópico paraíso. Sin embargo, aquí, para que caiga el telón, habría que recordar a Mark Twain: “Al paraíso lo prefiero por el clima y al infierno, por la compañía”.